lunes, 24 de noviembre de 2014

Historia: Un narco sin suerte, Quiso ser narcotraficante y no le fue bien. PARTE 7

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    PARTE 7

    Donde estábamos era una playa, y pa' subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. "Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar", le reclamé. "¿Cómo cree?, aquí todo está controlado". De andar por la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y decir que trabajaba pa' unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque, una mañana, llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. "¡No he dicho nada, no he dicho nada!", decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa, y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. "Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido", y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales.

    Y luego luego le hablé a mi socio: "Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy". "¿Cuánta mota ha juntado?". "Tonelada y media". "Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya".

    Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. "¡Trépese, compa, trépese!", me dijo el panguero, y ai te voy. En ese momento, la verdad, no me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ai fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale.

    Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar: veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar y, cuando creímos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos, y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a veinte horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio.

    Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa' vender la mota porque ya se estaba poniendo café, y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres.

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