lunes, 24 de noviembre de 2014

Historia: Un narco sin suerte, Quiso ser narcotraficante y no le fue bien. PARTE 3

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    PARTE 3

    —Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.
    —¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa' trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven te darían más lástima.

    —Pintas una vida muy distinta a la que aparentan.
    —Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un setenta por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa' una inversión.

    Intento número dos. "Quihubo bato —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno". Y que me suelta que quería mis servicios pa' mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ai me tienes yendo a su cantón pa' que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa' guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. "Ni modo —me dije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa' que apestara".

    En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. "Es que tenía deudas, pero pa'l siguiente cargamento tiene su dinero", me prometió.

    Ese segundo cargamento fue en Semana Santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto, que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa' decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Decidimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzó a ver a un bato prendiendo un cigarro. "¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!", les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa' los pangueros y, ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa' qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. "¡Policía judicial, párate cabrón!", alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. "Compa —le dije—. Me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo doscientos litros de gasolina, son tuyos si me ayudas". Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio.
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