lunes, 24 de noviembre de 2014

Historia: Un narco sin suerte, Quiso ser narcotraficante y no le fue bien. PARTE 6

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    PARTE 6

    El pistolero. Komander: Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho. Erick Estrada: Hace un rato lo estoy esperando. Komander: ¿Por qué trae bastantes pistoleros? Erick Estrada: Yo prefiero bastante dinero. Komander: No comprendo de qué estás hablando. Erick Estrada: Me pagaron por asesinarlo.

    —La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos, y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea, esos batos nomás saben una cosa: que van a morir y que no será una muerte fácil.

    Intento número cuatro. Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa' que te den en la madre más pronto, y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ai te va pa' que me entiendas:

    Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. "No, compa, siempre salgo jodido", le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Lleva las de ganar, y sin tanto riesgo porque en ese entonces, como el 2006, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ai te voy tendido como bandido a mi pueblo pa'comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa' trescientas avionetas, y que iban pa' los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. "¿Sabe qué compa? —le dije a mi socio—, este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota". "¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?". "Se lo juro por la tumba de mi padre". Mi socio hizo unas llamadas. "Ya está compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay". Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale.

    Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla.

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