lunes, 24 de noviembre de 2014

Historia: Un narco sin suerte, Quiso ser narcotraficante y no le fue bien. PARTE 8

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    PARTE 8

    Plebitas chacalosas. Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas.

    —Esta música del movimiento alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre, ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esa música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven débiles, pero consiguen cuernos y se vuelven poderosas. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto.
    —Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia.

    Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los treinta años, sale y saluda a Jota Erre.
    —Compa: ¿cuánto llevas en el jale?
    —¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía.
    —¡Contesta, cabrón!, ¿cuánto? —interviene Jota Erre.
    —Ya voy pa' los ocho años —le contesta.
    —¿Y tienes dinero?
    —Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre.

    Jota Erre acelera y me dice:
    —¿Wachaste cómo está el pedo?

    Intento número cinco. Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que darme cuenta que el traficante termina trabajando pa' pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas y cuando iba a cobrarle a la gente me salía con la pistola, diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa'que le lavara un kilo de la buena. Y ai me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa' pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ai me tienes consiguiendo quince mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

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