domingo, 14 de diciembre de 2014

La batalla de Ciudad Mier, de Pueblo Mágico a Pueblo Fantasma PAGINA 4

  • domingo, 14 de diciembre de 2014
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    El cuarto de los prisioneros se llama Miguel López Rodríguez y es del puerto de Veracruz. Cuenta que después de un enfrentamiento fue capturado en Ciudad Mier. Tenía once días de estar de guardia ahí y se movía por las carreteras de los alrededores, junto con otras tres decenas de hombres, a bordo de siete camionetas. Cuando sus captores se lo llevaban, de reojo vio que atrás quedaba un reguero de muertos, tiesos como el cuero. Saldo mudo de la batalla.

    Tras dieciocho minutos de proyección, el video acaba abruptamente, sin que hasta la fecha se sepa el destino de los prisioneros. Por el momento hay que agregarlos al número de las desapariciones forzadas en la región, y preguntarse si sus restos aparecerán algún día, cuando sean desenterradas las fosas comunes cavadas por ambos grupos para maquillar el horror de su lucha encarnizada.

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    Aunque aquí suelen matar a alguien a diario, casi no hay muertos. Tamaulipas, una de las regiones más violentas del país, tiene reservada la palabra muerte para otras cuestiones espirituales (algo curioso si se toma en cuenta que el mundo que se ve hoy por estos rumbos no incita precisamente a ser espiritual). En lugar de muertos, se habla de acribillados, encajuelados, encobijados, rafagueados, entambados y sobre todo de ejecutados. El verbo matar casi nunca se conjuga: más bien se dicen —y se practican— sus sinónimos. Piensas en eso mientras viajas por la carretera que va de Monterrey a Ciudad Mier, considerada una ruta algo más que peligrosa, donde a veces recorres tramos tan largos y solitarios que se podría jugar en ellos un partido de futbol en pleno lunes al mediodía.

    Recuerdas un viaje lejano, allá en la adolescencia, cuando de repente al coche lo asaltaba por las ventanillas el sonido de una polka norteña o el olor denso de arracheras asándose sobre el carbón y chiles serranos tostándose entre las brasas. Ahora no hay nada de aquello. Oyes las roncas combustiones emitidas por el motor del coche y el aire te parece asfixiante.

    Marín, Doctor González, Cerralvo, General Treviño son los nombres de pueblos sin vida que quieres dejar atrás cuanto antes, mientras te diriges a Ciudad Mier enumerando cada uno de los 158 kilómetros de esta carretera que la guerra convirtió en un camino de sombras.

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