domingo, 14 de diciembre de 2014

La batalla de Ciudad Mier, de Pueblo Mágico a Pueblo Fantasma PAGINA 16

  • domingo, 14 de diciembre de 2014
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    El día del viaje con Santos la mayor parte de la carretera estaba recubierta por neblina. Gotas de lluvia ligera perlaban el cristal del coche, pero de cualquier forma se podían ver los llanos dorados de la orilla del camino. Santos y tú suspendieron la conversación abruptamente en la gasolinera de Cerralvo, donde un grupo de veinte soldados, en dos camionetas, montaba guardia, con los dedos muy cerca del gatillo, listos para el combate.
    La situación los devolvió a la realidad del camino: hasta para ir a cargar combustible había que hacerlo preparado para la guerra.

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    Alberto González nunca había tenido ningún cargo de elección popular hasta que fue electo alcalde de Ciudad de Mier a media guerra. La disputa no obsequió saldo blanco a la clase política local: una semana antes de los comicios celebrados el 4 de julio, fue asesinado el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la gubernatura, Rodolfo Torre Cantú, quien prácticamente tenía ganadas las votaciones. Alberto González, un hombre de pelo cano y lentes de profesor de Biología, era el supervisor escolar de la zona comprendida por Ciudad Mier. En 2010 aceptó ser el aspirante priista a la alcaldía de un pueblo que nunca ha sido gobernado por otro partido que no sea el PRI. Para las elecciones del 4 de julio de 2010, Ciudad Mier ya estaba semivacío debido a los enfrentamientos. Ochenta por ciento del padrón registrado no votó; de los 6 009 electores empadronados, apenas acudieron a las urnas 1 486 y, de esos, 1 210 eligieron al candidato priista. Sólo cincuenta y cuatro habitantes votaron por el aspirante del Partido Acción Nacional (PAN).

    A principios de 2011, Alberto asumió el cargo de presidente municipal. Una de las primeras cosas que hizo su administración fue organizar cuadrillas de albañiles que remozaran los impactos de bala —miles de ellos— que había, principalmente, en las casas del casco y en los monumentos de las tres principales entradas al pueblo. Por esos días acompañé al alcalde en un recorrido a bordo de su camioneta. Fuera de las calles principales, el panorama lo componían casas abandonadas, calles tristes, sin personas ni perros, y comercios cerrados con los neones apagados.

    Justo cuando el nuevo presidente municipal me explicaba que ya habían remozado la mayor parte del pueblo, pasamos a un lado del Hotel El General, la construcción favorita de los francotiradores, la cual se veía todavía muy dañada.

    —Bueno —dijo el alcalde antes de que yo comentara algo—, en esta parte, pues el edificio fue destruido y fue quemado y ahora presenta como quiera otra cara, pero bueno, se siguen llevando a cabo obras de reconstrucción.

    El edificio más afectado por la batalla de Ciudad Mier fue la comandancia municipal, cuya construcción era atacada constantemente, pese a que desde el inicio de la guerra ya no había policías dentro de ella. Durante el último enfrentamiento que se registró, el cual incluyó un ataque con lanzagranadas, ocurrió algo curioso: el edificio se incendió y de la fachada principal cayó material de estuco que estaba sobrepuesto en la pared. La fachada original, con arcos, columnas y un águila republicana en el centro, quedó así a la vista, dándole un aire histórico y más solemne al edificio en ruinas, cuya antigüedad era de casi ciento treinta años.

    Le conté después el hallazgo de este "tesoro" en medio de la guerra al escritor tamaulipeco Martín Solares, quien me dijo que para él la caída de la fachada de la comandancia de Ciudad Mier era la metáfora perfecta de lo que pasaba en el país: las balas estaban haciendo que cayera el barniz de la realidad que durante muchos años había sido ocultada superficialmente, y que ahora se estaba desmoronando porque no aguantaba un balazo más.
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