domingo, 14 de diciembre de 2014

La batalla de Ciudad Mier, de Pueblo Mágico a Pueblo Fantasma PAGINA 11

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    Sabes que a Pepino lo mataron sin que nadie hiciera nada y en silencio. Uno de los hombres que oyó todo —y que lo vio al día siguiente colgado antes de entrar a misa— te contó que desde entonces no ha podido dormir bien. Ese hombre ha entrado ya al laberinto negro de los insomnios que producen todas las guerras.

    La batalla de Ciudad Mier, de todo Tamaulipas, es sobre todo una batalla contra el silencio.

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    El 2 de noviembre de 2010, cuando los Zetas lanzaron una contraofensiva para recuperar el control de Ciudad Mier, Matilde González Puente estaba en la sala de su casa viendo la telenovela de las cuatro de la tarde. Al escuchar los primeros balazos se levantó de la silla para ir a cerrar primero la puerta principal y luego la del patio. Los balazos se siguieron oyendo e imploró: "¡Virgen, líbreme!", mientras lamentaba en sus adentros que hubiera gente con una piedra en lugar de corazón. Después dos balas pasaron cerca de ella y se estrellaron al lado de un viejo ropero, dejando un par de hoyos. Matilde González se apresuró a entrar a una pequeña bodega dentro de la casa, donde había un colchón, el cual se colocó encima para tratar de sentir menos miedo y calmar el temblor de su artritis. A sus ochenta y dos años, Matilde no había podido abandonar el pueblo como la enorme mayoría lo había hecho ya. Uno de sus hijos vive en Monterrey y sus dos hijas en Estados Unidos, una en California y la otra en Texas. "Vivo de milagro, por pura cosa de diosito", me dijo el día que la conocí. Matilde nació el 18 de diciembre de 1928, cuando no tenían mucho de haber menguado las batallas revolucionarias en México y estaba en pleno auge la lucha cristera. Fue una de las pocas personas que nunca abandonaron Ciudad Mier, y me dijo que ya estaba resignada a morir como nació: en medio de la guerra. Creía que lo sucedido al pueblo tenía una explicación divina y que los responsables recibirán algún día lo que merecen: "Dios sólo espera el momento indicado".

    Pasaron varias horas hasta que amainó la tormenta de pólvora ocurrida ese Día de Muertos que Matilde González pasó encerrada. Toda la noche hubo humo saliendo de la esquina norte del pueblo, y en las calles del acceso a Reynosa quedaron los esqueletos de tres camionetas calcinados y un camión recolector de basura volteado tras ser improvisado como barricada. En algunas paredes aparecieron pintas de grafiti con mensajes como: "Su plaza Ja ja ja", "Sálganle Golfas, ya llegamos" y "Pónganse vergas porque ya llegamos los zetas a quedarnos".

    Otro hombre, de ojos color avellana, Gregorio Olivo Salinas, nacido por los mismos años que Matilde González, también estuvo cuando sucedió la batalla del Día de Muertos. Mientras platicábamos, a varias semanas de los sucesos, unos albañiles trabajaban en Hidalgo, una de las calles principales donde había fachadas de casas que tenían las paredes negras por el fuego y otras que guardaban todavía tantos impactos de bala en el concreto que parecían estar enfermas de sarampión.

    —¿Cuántos balazos se habrán disparado ese día? —pregunté.
    —¿Aquí? Millones de cartuchos que se recogían ahí. Hasta para venderlos por kilo, pero no se mataba tanto porque todos estaban bien escondidos, arriba de las casas.

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