miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir en México, Historia de los muertos en la Narcoguerra PAGINA 4

  • miércoles, 17 de diciembre de 2014
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    Dos sombras se alejan, una de cada lado. Se escucha un disparo y cae hacia adelante. El video apareció en Internet el jueves en la noche. La mañana siguiente oficiales federales detuvieron a Margarita Rojas Rodríguez, la directora del Cereso de Gómez Palacio, y a otros tres oficiales del penal. El domingo, el portavoz de la Procuraduría General de Justicia anunció los arrestos y la responsabilidad del escuadrón de la muerte por las masacres recientes en Torreón, pero no mencionó el video en el sitio web blogdelnarco.com.

    Una muerte sin nombre. Una muerte que extingue lo que fuiste junto con lo que eres. Una muerte que te deja frente al mundo como testamento sólo de la propia muerte. Lo único que queda es tu cuerpo destruido en un terreno baldío, colgado de un puente o encerrado en la cajuela de un coche. Tu nombre es cercenado, desprendido y descartado. La única historia que permanece unida a tu cuerpo es la de tu muerte particular: agujeros de balas, quemaduras, cortaduras, contusiones, miembros mutilados. Los verdugos de este campo de muerte destruyen a cada persona dos veces. Primero aniquilan tu mundo; si tienes suerte, lo hacen con una ráfaga de balas. Pero después, cuando ya no estés, transformarán tu cuerpo: del de una persona al de un mensaje. Aparecerás como un destello en una pantalla de televisión. Saldrás impreso a todo color en las primeras planas de periódicos amarillistas y te exhibirán en las laterales de puestos de revistas en ciudades de todo el país, tu cuerpo desfigurado colgando al lado de jugadores de futbol y modelos en bikini. Perderás tu nombre. Perderás tu pasado, el registro de tus amores y miedos, triunfos y fracasos, incluso los pequeños detalles. Aquellos que te miren verán sólo a la muerte.

    Pero los nombres viajan demasiado lejos para ser completamente borrados o destruidos. Los nombres siempre dejan un rastro. Aun cuando te matan, descuartizan tu cuerpo o lo enrollan con cinta adhesiva y dejan tus restos al lado del camino, tu nombre espera.

    José Humberto Márquez Compeán. Fue encontrado como tantos otros: torturado, asesinado, envuelto en una cobija (“encobijado” es el nombre de ese arte) y desechado en un terreno baldío en las afueras de San Nicolás de los Garza, cerca de Monterrey, Nuevo León. A primera vista, parecía ser sólo una muerte más que se sumaba a las 22 mil ejecuciones del mundo del narco en México entre diciembre de 2006, cuando el presidente Felipe Calderón del Partido de Acción Nacional (PAN) lanzó su autoproclamada “guerra” contra el narcotráfico, y finales de marzo de 2010, cuando un reportero local fotografió el cuerpo de Márquez Compeán muerto y encobijado en un pedazo de tierra árida. Esos eran los hechos: muerte, un cuerpo golpeado, un campo desierto en San Nicolás de los Garza. Tras esos hechos, se vislumbran las intenciones de aquéllos que mataron a Márquez Compeán y desecharon su cuerpo en ese lugar: acabar con su vida y transformar su cuerpo en una masa de muerte sin nombre.

    Pero hubo una falla imprevista. El reportero asignado para cubrir el caso vio más allá del mensaje de muerte. Por pura coincidencia, Francisco Cantú, un reportero de 37 años de Multimedios en Monterrey, reconoció una camiseta café con una letra B bordada en el pecho. Cantú había visto la camiseta y al hombre que la usaba, José Humberto Márquez Compeán, unas horas antes. De hecho, había fotografiado a Márquez Compeán.

    Cantú acababa de empezar su turno a las 5:30 de la mañana ese lunes cuando su editor le avisó que había una balacera en San Nicolás de los Garza. Cantú se dirigió hacia allá pero recibió una llamada cuando ya estaba en camino. No había balacera, sólo un cuerpo encontrado en un terreno baldío, dijo su editor. De todos modos valía la pena tomarle unas fotos. Cantú siguió manejando y fue el primer periodista en llegar. “Tomé las primeras fotos de lejos”, me dijo Cantú, “y después me acerqué lentamente para ver si las autoridades decían algo.” Cuando vio que los policías no prestaban atención, se acercó hasta el cuerpo para tomarle más fotos. “Tomo la foto y cuando la miro veo la B en la camiseta y me digo: ¡Uta! Es el mismo tipo de ayer.”
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