miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir en México, Historia de los muertos en la Narcoguerra PAGINA 13

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    No deberíamos olvidar que los Estados Unidos invadieron México en 1846 y conquistaron la mitad de su territorio nacional. Los mexicanos no lo olvidan; mucha gente en los Estados Unidos nunca se entera.

    Después, los Estados Unidos invadieron el puerto de Veracruz en 1914 durante la Revolución Mexicana para apoyar a Venustiano Carranza en su guerra contra La División del Norte de Pancho Villa y el Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata. Las intervenciones de Estados Unidos en México son simultáneamente una bien fundamentada actitud histórica de miedo-y-odio en la población; un instrumento retórico utilizado por todos los sectores de la clase política para incitar un sentimiento nacionalista; y un hecho brutal de la realidad cotidiana mexicana. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte y la narcoguerra son ejemplos de lo último.

    La sangre y el caos que acompañan al tráfico de drogas de México a Estados Unidos están consustancialmente relacionados, al mismo tiempo, con la demanda por parte de la población estadounidense de los clásicos productos ilegales que se pueden usar para drogarse o buscar el olvido, y a la insistencia por parte de los políticos de ese país en mantener un compromiso ideológico con una prohibición que pretende ocultar el uso de esa misma prohibición como forma de control social.

    ¿Control social? ¿No será esto una exageración o una teoría de la conspiración? La defensora de derechos humanos y abogada litigante Michelle Alexander publicó recientemente un estudio del impacto de la narcoguerra en la “gente de color” en los Estados Unidos, sobre todo en los afroamericanos, intitulado The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness. Ella argumenta que la esclavitud en ese país evolucionó a través de la Reconstrucción para convertirse en un sistema de castas basado en la discriminación racial, el cual a su vez evolucionó durante el Movimiento de Derechos Civiles y más allá para transformarse en las políticas de la narcoguerra de encarcelamiento masivo de la población negra. “No acabamos con las castas raciales en Estados Unidos; simplemente las rediseñamos”, escribe Alexander. Las condenas por felonías, nos recuerda, abren la puerta a todo tipo de discriminación legal: negación del derecho a votar, a participar en un jurado o a recibir beneficios de educación pública y sometimiento a la discriminación en el acceso al empleo y a la vivienda. “Me di cuenta demasiado tarde”, escribe Alexander, “de que el encarcelamiento masivo en los Estados Unidos había surgido de hecho como un sistema de control social racializado extraordinariamente extenso y bien diseñado, que funciona de manera similar a Jim Crow”. Este surgimiento se dio por medio de la narcoguerra.

    El presidente estadounidense Ronald Reagan declaró su Guerra contra las Drogas en febrero de 1982, en un momento en el que el uso de drogas en los Estados Unidos declinaba, las prisiones parecían estar desapareciendo, Miami rebosaba de dinero y sangre de la cocaína y Centroamérica se convulsionaba con revoluciones de izquierda. La narcoguerra cambió todo eso. Entre 1980 y 2005, el número de personas en las prisiones y cárceles estadounidenses con penas relacionadas a las drogas aumentó mil 100 por ciento. En 2010, había ya 2 millones de personas en prisiones y cárceles de todo el país. Los Estados Unidos tiene ahora la tasa de encarcelamiento más alta del mundo. En 2009, Marc Mauer del Sentencing Project escribió: “El número de personas encarceladas por crímenes de drogas es mayor hoy que por todos los [demás] crímenes en 1980”. ¿Y cómo es esto una forma de control social racializado? De nuevo según el Sentencing Project, los afroamericanos representan el 14 por ciento de todos los usuarios de drogas y el 56 por ciento de las personas en prisiones estatales por delitos de drogas; los afroamericanos cumplen penas en prisiones federales por delitos de drogas casi tan largas (58.7 meses) como las de los blancos por delitos violentos (61.7 meses). Más afroamericanos están tras las rejas hoy que los que estaban esclavizados en 1850. Además de la discriminación racial por parte de las fuerzas policiales en las calles, durante 20 años poseer cinco gramos de crack resultaba en una sentencia obligatoria de cinco años de prisión; había una disparidad de 100 a 1 entre las penas para el crack y para la cocaína, o sea que se necesitaban 100 gramos de cocaína para recibir la misma sentencia mínima obligatoria que se recibía por 1 gramo de crack. (Esta ley se modificó el 3 de agosto de 2010: se requiere ahora la posesión de 28 gramos de crack para provocar la sentencia obligatoria de cinco años.)

    El uso de la prohibición como forma de control social racializado es el origen de la era moderna de prohibición de las drogas. La primera ley de prohibición de drogas de la historia fue un decreto de la ciudad de San Francisco de 1875 que prohibía el opio y, al mismo tiempo, criminalizaba a los inmigrantes chinos de clase obrera al atacar su economía local. La ley llegó después de dos décadas de leyes discriminatorias promulgadas en California contra los trabajadores chinos y seis años antes de la Ley de Exclusión de Chinos de 1882. La guerra contra las drogas tiene sus raíces más profundas en el racismo.

    En 1900, la gente en los Estados Unidos podía comprar opio, morfina, heroína, marihuana y cocaína sin permiso en farmacias o directamente de los productores por medio de catálogos por correo. En un lapso de 20 años, todo eso cambió. Aunque los blancos de clase alta consumían opiatos, cocaína y marihuana, el fervor prohibicionista vinculaba cada una de esas drogas a diferentes “grupos de color” de la clase trabajadora: el opio a los chinos, la cocaína a los afroamericanos y la marihuana a los mexicanos. El historiador Richard Davenport-Hines escribe en La búsqueda del olvido: Historia global de las drogas, 1500-2000: “La fantasía de negros de las plantaciones y las construcciones drogados con cocaína cometiendo actos descontrolados de violencia sexual contra mujeres blancas pronto provocó un pánico racista. Un escritor en Medical Record, por ejemplo, advirtió que ‘negros que hasta entonces eran inofensivos y respetuosos de la ley’ se transformaban con la cocaína en una ‘amenaza constante’ cuyos ‘deseos sexuales aumentan y se pervierten’”.

    La Ley Harrison de 1914 requirió el registro, cobro de impuestos y receta médica para casi todas las drogas. La Ley Volstead de 1919 inauguró la Era de la Prohibición que incluyó el alcohol y que duró hasta 1933. Harry Anslinger fue el primer “zar de las drogas” estadounidense de la historia y dirigió la Oficina Federal de Narcóticos de 1930 a 1962. Anslinger impulsó y defendió la criminalización de la marihuana a partir de 1937 por medio de la desinformación, las mentiras y la intimidación. Atacó a los investigadores médicos que publicaron un informe que revelaba que la marihuana “no conduce a ninguna degeneración física, mental o moral”, acusándolos de ser “personas antipáticas involucradas en el comercio ilícito de marihuana” (citado en La búsqueda del olvido). La postura de Anslinger coincidió con lo que quizá sea la primera vez que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) financió y armó conscientemente a narcotraficantes, en este caso grupos corsos, para que atacaran a sindicalistas y comunistas que organizaban a los estibadores en Marsella.

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