miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir en México, Historia de los muertos en la Narcoguerra PAGINA 8

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    El territorio bajo el control de un cártel se conoce como plaza. Los asesinatos siempre han sido una forma de ajustar cuentas por negocios fallidos y de disputar el control de una plaza. Las personas detenidas en operativos policiales y que se presentan ante las cámaras de televisión como culpables son aquéllos que cayeron en desgracia y que fueron entregados a la policía o que fueron traicionados —por funcionarios federales interesados en vender la plaza a alguien más o por antiguos aliados interesados en apropiársela. Producir arrestos es un aspecto imprescindible de la industria, y por lo tanto éstos se vuelven, como los asesinatos, una forma de ajustar cuentas o de invadir territorios. Oficiales federales de alto nivel de los Estados Unidos saben todo esto y se hacen de la vista gorda, entre otras razones porque la economía estadounidense también se beneficia con el influjo de dinero del narco. Las industrias de defensa lucran cuantiosamente con la venta de armas al ejército, las policías y los propios cárteles; la policía estadounidense es adicta a las leyes de decomiso de activos; los sindicatos de custodios son adictos a los aumentos presupuestarios; y la criminalización de las drogas se ha convertido en un duradero pretexto para encarcelar a la “gente de color” en un país aún aquejado por el racismo.

    La llamada “guerra del narco” en México es en realidad dos guerras: una guerra entre organizaciones narcotraficantes disciplinadas, organizadas y sumamente bien financiadas en las que el Estado también participa, y un espectáculo mediático que presenta los combates y los arrestos como productos de operativos asiduos de aplicación de la ley. Las imbricadas narcoguerras actuales en México datan del llamado período de transición democrática, entre 1994 y 2006. Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988–1994), el Cártel del Golfo floreció de un grupo mal organizado de traficantes a una de las empresas criminales transnacionales más poderosas del hemisferio, capaz de competir con los más antiguos cárteles de Sinaloa basados en Tijuana, Guadalajara, Culiacán y Ciudad Juárez. Ernesto Zedillo, sucesor de Salinas, furioso con él por haberle heredado la crisis del peso de 1994 que devastó la economía mexicana, atacó al Cártel del Golfo. Su administración arrestó y extraditó a los Estados Unidos al capo Juan García Ábrego. Zedillo también encarceló al propio hermano de Salinas, Raúl, por “enriquecimiento ilícito” (bancos suizos congelaron casi 100 millones de dólares en cuentas abiertas por Raúl con nombres falsos) y por su participación en el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. El entonces secretario general del PRI y futuro coordinador de la mayoría en la Cámara de Diputados, Ruiz Massieu también era ex cuñado de Raúl y Carlos Salinas. Cuando el PRI perdió las elecciones presidenciales de 2000 y Vicente Fox y el PAN obtuvieron el control de la presidencia, Fox y el PAN también favorecieron al Cártel de Sinaloa sobre el Cártel del Golfo. El Chapo—el supuesto líder del Cártel de Sinaloa — huyó de un penal de máxima seguridad en una canasta de ropa seis semanas después de la toma de posesión de Fox. O quizá simplemente salió caminando por la puerta. La administración de Fox instrumentó la captura y extradición a los Estados Unidos del sucesor de García Ábrego, Osiel Cárdenas Guillén, el capo y autor intelectual que creó la unidad paramilitar Zetas en 1997, reclutando a sus miembros de entre un grupo de fuerzas especiales del Ejército mexicano, creadas por Zedillo como tropas de choque contrainsurgentes y encargadas de matar a Cárdenas Guillén. Pero en 2004 las organizaciones narcotraficantes débilmente aliadas en La Federación comenzaron a dividirse y antiguos aliados se enfrentaron entre sí, disputando la supremacía territorial e iniciando una guerra civil del narco que se expandió por el país. Al final del sexenio de Fox, en 2006, la guerra estaba en su auge y, literalmente, las cabezas rodaban. Calderón tomó posesión en diciembre de ese año tras extensas acusaciones de fraude que desembocaron en meses de protestas multitudinarias. Calderón se rehusó a aceptar un recuento completo de votos y tuvo que entrar a escondidas al Congreso a media noche para su toma de posesión, para evitar los bloqueos de los manifestantes. Pero las protestas electorales no fueron un fenómeno aislado. En 2006, México se vio sacudido por movimientos sociales pujantes como la Otra Campaña zapatista y la rebelión magisterial de Oaxaca. Calderón apostó su presidencia en la presencia del ejército en las calles para emprender una “guerra” contra el narco y mandar un mensaje inequívoco de poderío militar a los movimientos sociales masivos que surgieron en el país en los meses anteriores.

    Sin embargo, la “guerra” de Calderón se ha dirigido sobre todo al Cártel del Golfo, los Zetas, los Carrillo Fuentes o el Cártel de Juárez, el Cártel de los Beltrán Leyva y la Familia Michoacana, dejando al Cártel de Sinaloa más o menos en paz.

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