miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir en México, Historia de los muertos en la Narcoguerra PAGINA 16

  • miércoles, 17 de diciembre de 2014
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    Sería un error pensar que México es el lugar principal o un campo de batalla aislado en un mercado global de narcóticos ilegales ferozmente competitivo. Así como el narcotráfico y las políticas de prohibición son transnacionales, el mercado de narcóticos también lo es. La posición actual de México en la llamada guerra del narco sólo se puede entender en el contexto global, considerada en conjunto con los países donde se originan ciertas drogas y con aquéllos donde se venden a usuarios y consumidores, o sea Colombia y Perú por un lado y los Estados Unidos por el otro, pero también países tan distantes de México como Argentina y Australia. Siempre que las drogas son prohibidas por ley y al mismo tiempo cultivadas, transportadas, vendidas, fumadas, tragadas, inhaladas o inyectadas, la zona de la narcoguerra extiende su alcance.1

    En la lógica de la narcoguerra, morir en México es ser culpable de tu propia muerte. Pero la cruda realidad —cuando puede rescatarse del olvido— destroza los sórdidos mitos de la narcoguerra de policías y ladrones, de capos Robin Hood, de un Estados Unidos de América honesto y un México corrupto. A través de las historias de los muertos y de aquéllos que resisten las leyes del silencio podemos empezar a acercarnos a una comprensión de las muertes y a buscar una salida.

    nota

    1 Tomo prestado el término “zona de la narcoguerra” (“drug war zone”) de Howard Campbell, profesor de antropología en la Universidad de Texas, en El Paso, que define la zona como “el espacio cultural transnacional y fluido en el que fuerzas opuestas se disputan el significado, valor y control de las drogas”. El libro de Cambell, Drug War Zone: Frontline Dispatches from the Streets of El Paso and Juárez, de 2009, contiene entrevistas extensas con participantes directos en lo que hoy es el rincón más sangriento de la zona de la narcoguerra global. Campbell habla con narcomenudistas, mayoristas, traficantes, policías, consumidores y testigos de ejecuciones, todos de diferentes contextos sociales y con diferentes experiencias de vida. Su introducción ofrece una definición lúcida de varios conceptos clave de la zona de la narcoguerra, un discernimiento inusual que es útil para adentrarse a un universo donde, como escribe Campbell, “El conflicto se da a veces abiertamente, pero con más frecuencia en un mundo clandestino y subterráneo, un espacio social donde la verdad es huidiza y relativa y donde la paranoia, el miedo y el misterio son la orden del día”.

    Primero, consideremos la propia noción de “narcotráfico”, que, como escribe Campbell, “es una forma ilegal de acumulación capitalista. En algunos casos, es casi una celebración caricaturizada del consumismo y la riqueza […] facilitada por el neoliberalismo y el contubernio con elementos del Estado. […] Yo sostengo que en última instancia el comercio de drogas es parte de los sistemas económicos de Estados Unidos y de México”. Esto no debe sorprender, pero es útil recordarlo como una definición sencilla y clara de un fenómeno transnacional complejo y deliberadamente ofuscado. Campbell también ofrece descripciones muy útiles —que vale la pena citar por extenso— de dos categorías fundamentales y poco entendidas de la narcoguerra: los cárteles y su forma particular de control territorial. Para él, los cárteles deben ser pensados como “alianzas cambiantes, incidentales y transitorias entre traficantes cuyos territorios y miembros evolucionan y cambian debido a conflictos, encarcelamientos, muertes, cambios en las circunstancias políticas, etc., y cuyas fortunas y poder crecen o decaen o sucumben con el tiempo. […] Además, muchas de las funciones de los cárteles son realizadas de hecho por células, grupos subcontratados de productores, empacadores, choferes, guardias de bodegas, sicarios, vendedores callejeros, etc., que tienen poca o ninguna conexión con la organización narcotraficante más amplia […] y cuyos servicios se contratan y se pagan en efectivo o con drogas”.

    Para entender el extraordinario éxito de las organizaciones narcotraficantes mexicanas en transportar su producto, recoger los pagos en efectivo y depositar miles de millones de dólares de dinero en efectivo ilegal en la economía legal a pesar de una guerra multinacional contra ellas, hay que tener una comprensión clara del concepto de “plaza”. La sucinta descripción general de Campbell de este concepto fundamental de la narcoguerra es excelente.

    “Las rutas de transporte y los territorios controlados por cárteles específicos en contubernio con la policía, el ejército y funcionarios de gobierno”, escribe Campbell, “se conocen como plazas. Controlar una plaza le da al capo y al comandante de la policía de un área el poder de cobrar cuotas, llamadas ‘pisos’, a traficantes menos poderosos. Generalmente, un cártel principal domina la plaza en cualquier momento, pero este control con frecuencia es desafiado o subvertido por conflictos internos, puede ser disputado por varios grupos y está sujeto a cambios súbitos. Los intentos de cárteles rivales de transportar drogas a través de una plaza o de tomar una plaza controlada por sus enemigos [han] conducido a buena parte de la violencia reciente en México. El cártel que tiene más poder en determinada plaza obtiene la protección de la policía o del ejército para transportar la droga. Las autoridades proporcionan documentos oficiales para aviones, camiones y coches cargados de droga y permiten que los narcotraficantes circulen libremente en aeropuertos y pistas de aterrizaje, autopistas de cuota y carreteras desiertas, puestos de control y cruces fronterizos. “Generalmente el cártel compra la lealtad del jefe de la policía o del comandante militar en una zona determinada. Este oficial proporciona policías o soldados para proteger físicamente las cargas de droga en tránsito o en los almacenes, y a veces para servir como guardaespaldas de altos miembros del cártel. Los policías pagados por el cártel intimidan, secuestran o asesinan opositores de la organización, aunque también pueden extorsionar al cártel con el que están asociados por pagos más altos. Además, los miembros de los cárteles establecen relaciones [o] conexiones con gobernadores estatales o presidentes municipales de las ciudades principales, funcionarios de alto nivel de las fuerzas policiales, oficiales del ejército y de la marina y comandantes y otros políticos y burócratas poderosos. Estas conexiones nacionales facilitan el uso de rutas de transporte y el control de determinada plaza. Además del tráfico internacional en gran escala, los cárteles distribuyen inmensas cantidades de drogas para el consumo doméstico.”
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