miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir en México, Historia de los muertos en la Narcoguerra PAGINA 7

  • miércoles, 17 de diciembre de 2014
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    Y sin embargo la gente habla, o a veces murmura. El afán de entender, el afán de comunicarse, es imparable, aunque se le pueda obligar a esconderse, a escabullirse a los incontables rincones de la vida privada. En casi cualquier lugar adonde uno viaje en México, se puede escuchar a la gente hablar, lamentarse, debatir y asombrarse de los últimos titulares de la narcoguerra.

    El silencio raras veces busca como su víctima a los murmullos del rumor y a las conversaciones triviales. El silencio —esa variedad peculiar de narcosilencio paramilitarizado— apunta sus armas a una forma particular de palabra que en general tiene dos características: muchos la pueden escuchar y enuncia hechos que perjudican los negocios.

    Pues el silencio de la narcoguerra no es sólo la ausencia del habla, sino la práctica de no decir nada. Puedes hablar todo lo que quieras, siempre y cuando evites los hechos. Los titulares de los periódicos anuncian el número cotidiano de muertes, pero los artículos no dicen nada sobre quiénes son los muertos, quiénes pudieron haberlos matado o por qué. No contienen descripciones detalladas basadas en testimonios de testigos. No hay investigación. Lo mismo sucede con los agentes encargados de investigar los asesinatos. Llegan al lugar de los hechos, cuentan los cartuchos de bala, toman algunas fotografías del cuerpo y archivan todo. Los políticos pueden denunciar la violencia en abstracto, pero evitan mencionar los nombres que se disputan el territorio en sus zonas.

    Y sin embargo hay gente en todo México que sigue desafiando este reino del silencio. Como resultado, muchos terminan mirando los ojos del silencio al fondo del cañón de un fusil.

    Periodistas, activistas de derechos humanos, parientes de los asesinados, guerrilleros rurales y, a veces, funcionarios públicos honestos, son los que más frecuentemente se encuentran en la mira del silencio. Su palabra es una táctica de combate en la batalla contra la muerte anónima; su lucha es una batalla real, no contra las plantas y aquéllos a quienes les gusta usarlas para doparse, sino contra el régimen perverso de ilegalidad e impunidad que hace que el narco sea tan buen negocio y que impone la muerte y el silencio necesarios para que lo siga siendo. Son gente que, a pesar de la sangre y las promesas incumplidas, sigue creyendo en una forma de justicia; si no en la justicia del Estado, de la ley, de la policía, de las cortes y los legisladores, sí en la justicia del saber, pues hablar y contribuir al saber son formas de rebeldía contra el silencio y la muerte. Los exorbitantes lucros del mercado ilegal de narcóticos requieren que una vasta y compleja red de actividad humana —cultivo, procesamiento, embalaje, transporte internacional, almacenamiento, distribución y ventas, tráfico de armas, vigilancia, lavado de dinero y extensa protección política—se mantenga sumergida en un ámbito nebuloso de palabras constantes e ignorancia perpetuamente impuesta.

    Las historias y las voces de aquéllos que se rebelan contra el silencio y la muerte anónima son el corazón de este libro.

    Esto es lo que no quieren que digas: El ejército mexicano y la policía federal han administrado el narcotráfico desde hace décadas. El dinero del narco llena las cajas fuertes de los bancos de México, penetra la economía nacional en todos los niveles y, con ganancias estimadas de 30 a 60 mil millones de dólares anuales, compite con el petróleo como la mayor fuente de ingresos del país. (Y México no es el único país donde esto sucede). Los principales capos de México no son sólo los narcos más buscados del momento —como Joaquín “El Chapo” Guzmán—, sino también generales del ejército mexicano y comandantes de la policía federal. Los cuerpos policiales federales son la principal fuente de reclutamiento de operadores del narco de medio nivel. El ejército y las policías estatales son las principales fuentes de reclutamiento de personal para las unidades paramilitares encargadas de los asesinatos y de la protección armada de las drogas y de operadores de medio y alto nivel. Según los cálculos del propio gobierno federal, más de la mitad de las policías municipales del país han sido infiltradas directamente por personas que trabajan para los diversos negocios ilegales del narco. Durante el reinado de 71 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el ejército mexicano controlaba la división del territorio para la producción de drogas y las rutas del tráfico, asignando subdivisiones a concesionarios locales llamados familiarmente cárteles.

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