viernes, 16 de enero de 2015

Acapulco entre turismo y narcotrafico "La Batalla por Acapulco Golden" PAGINA 2

  • viernes, 16 de enero de 2015
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    Dejamos atrás la avenida Cuauhtémoc y Berna me cuenta que los taxis azules tienen prohibido subir más allá de donde estamos. "Los contras creen que son halcones, por eso al que sube lo matan; en las colonias sólo rifan los taxis amarillos y los rojos". Los que tampoco se acercan al Acapulco de los barrios son policías y militares. "La estrategia federal sólo se ha dedicado a cuidar al Acapulco turístico", me dirá mañana Luis Walton, el alcalde acapulqueño que, cuando sale de su casa, se desplaza en una camioneta a prueba de balas que le heredó el presidente municipal anterior, Manuel Añorve.

    Pero como la entrevista con Walton será hasta mañana, ahorita vemos a los primeros autos con engomados de Ferrari o de una amapola. Dicen que sin esas calcomanías nadie puede moverse en territorios hostiles. "Nomás pocos carros las traen —me dice Berna—, por eso la gente supone que esas calcas se las dan a pura raza que anda bien metida". Paramos en una miscelánea. El tendero es Ricardo Cortés y tiene algo qué decir: es cierto que su patrona, Clemencia Figueroa, tenía mala fama de apropiarse de los terrenos, pero no debieron haberla matado. Ocurrió hace apenas una semana. Un taxi se apareció cuando Clemencia jugaba con cuatro niños. Tres tipos se bajaron y, enfrente de los chicos, la ejecutaron. A uno de los niños le tocó un balazo en la espalda. Ya está recuperado, pero su madre se endeudó de por vida para pagar el hospital. "Aquí ya no sabes si te mata el narco o cabrones que nomás se aprovechan de tanta muerte", me dice Berna cuando nos trepamos de nuevo a su Tsuru. Me cuenta, además, que ya cualquiera en Acapulco roba, extorsiona, secuestra, mata y viola a nombre del crimen organizado. "El otro día unos batos estaban pidiendo la cuota en comercios del centro y nada, eran nomás unos pobres pendejos", me dice Berna, y yo pienso en los números que la procuraduría del estado tiene del río revuelto : más de quince mil robos, setenta y cinco secuestros y trescientos cincuenta violaciones. Pero también sé que los números son resbalosos, porque acá la gente no habla y cierra los ojos.

    Entonces llegaremos al ejido de San Isidro, que de santo no tiene nada. Hasta hace unos minutos Fabián Pantaleón era un vendedor de pescado. Pero hace rato se encontró con la máquina de la muerte y hoy sólo se sabe que es el cuarto asesinado del día y que será borrado por el siguiente.

    Si alguna vez vienes a Acapulco en autobús, seguro conocerás la escandalosa avenida Cuauhtémoc. Con toda probabilidad, cuando salgas de la central camionera, el taxista te llevará hacia abajo, hacia la costera, donde está el Acapulco del parachute y el bungee. Pero, ¿qué tal si decidieras ir camino arriba? Si eso fuera, pasarías por el concurrido mercado, las pensiones económicas y las prostitutas que han dejado lo mejor de ellas. Luego avanzarías por la calle Michoacán, darías vuelta a la derecha por Coahuila y entonces llegarías al corazón de la colonia Progreso. Ahí, sobre la calle Vicente Guerrero, verías autos baleados y a decenas de motocicletas que alguna vez fueron usadas por sicarios para cumplir con su trabajo. Aquí es una delegación de la procuraduría del estado. Lo comprobarías apenas observes esa enorme puerta a prueba de balas que pusieron en el 2012, después de que dos policías fueron asesinados en la entrada. Ya adentro, caminarías por el estacionamiento donde los agentes le construyeron un templo a San Judas Tadeo. Y seas creyente o no, seguro sentirías su vacío. Cuando llegues al final del estacionamiento, podrías acercarte a uno de los trabajadores del Servicio Médico Forense (Semefo) que se encarga de recoger los cadáveres. El desdentado Esteban te contaría que veintinueve es el mayor número de muertos que ha levantado en un solo día y que hoy, dos de la tarde, ya lleva tres de los siete que recogerá. "Antes eran muchos los muertos, ahorita ya estamos calmados", te diría Esteban, como si pocos muertos ahora fueran meros detalles. Te platicaría, además, de la vez en que unos sicarios los pararon para llevarse un cadáver, del día aquel que bajaron a otro con la única intención de descuartizarlo, de aquella ocasión cuando le tocó ir a La Quebrada por una veintena de desmembrados, de que el truco para no sentir nada consiste en olvidarse de los asesinatos, y hasta te enseñaría que un "11 con 32" es un ejecutado, justo lo que le estarían avisando a Esteban por la radio.

    Pero en Acapulco hace treinta y cinco grados y las cervezas están bien frías. Así que ni te preocupes, dile al taxi que te lleve a la costera, lejos de esta portentosa máquina de matar.

    Había un jovencito que cantaba en las pozolerías de toda la avenida Ruiz Cortines. Los narcos lo contrataban mucho. Un día le dijeron que los acompañara y él se subió al carro porque pensó que iba a cantarles en una casa. Subieron hasta uno de los cerros y ahí sacaron a un hombre que venía en la cajuela, todo golpeado. "Te toca matarlo", le dijeron los narcos al jovencito y le dieron una pistola. Como no pudo hacerlo, uno de los sicarios le quitó el arma, mató al hombre aquel y le dijo al jovencito que era un cobarde. Pero ahí no acabó la historia…

    (De pronto el padre Jesús Mendoza comienza a llorar y yo me siento un buitre por haberle preguntado qué caso, de la delirante y asesina colonia La Laja, es el que nunca ha dejado de perseguirlo.)

    Cuando mataron al que llevaban encajuelado, sacaron un machete y le dijeron al jovencito que, por no disparar, le tocaba el trabajo más difícil: descuartizarlo. "¿O a poco te quieres morir?", le dijeron y él lo hizo. Yo hablé muchas veces con él antes de que se fuera de Acapulco, pero nada pude hacer. Ya le habían desgraciado la vida.
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