viernes, 16 de enero de 2015

Acapulco entre turismo y narcotrafico "La Batalla por Acapulco Golden" PAGINA 5

  • viernes, 16 de enero de 2015
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    —No te voy a mentir —me dice Walton, apenas terminé de enumerarle los últimos muertos—, la violencia en Acapulco volvió a arreciar.
    —¿Y usted qué está haciendo?
    —Hace poco no tenía secretario de Seguridad Pública. Nadie quería y el que quería, ya te imaginarás. Pero apenas llegó el que nos mandó la Policía Federal (Jesús Cortez), hicimos el antidoping a los municipales y seiscientos no pasaron la prueba.

    Walton es un tipo bonachón que a veces, cuando se le entrevista, sus respuestas no dicen mucho. A veces, incluso, hasta parecen no agobiarle los números rojos con que recibió el ayuntamiento: la deuda pública de poco más de ochocientos millones de pesos y el segundo lugar de la ciudad más violenta en el mundo, sólo detrás de San Pedro Sula, Honduras. En ambos números, para ser francos, no hay para cuándo recuperarse. "Si el presidente Peña Nieto no le mete dinero a Acapulco, esto va a estar muy, muy difícil", me dice, y yo pienso que quiere que entienda que no habrá entonces creación de empleos, que el poco turismo extranjero que aún se atreve a venir, dejará de hacerlo, que no habrá cómo seguir con los programas sociales, que cerrarán hoteles, que no podrá comprar armamento, que nunca podrá tener una policía confiable, que los barrios van a tener hambre, que el narco ganará la batalla…

    —La estrategia federal también ha fallado —me dice porque no quiere cargar con toda la culpa—; hasta ahora sólo se ha dedicado a cuidar al Acapulco turístico, pero yo les digo que hay que ir a las colonias.

    En las colonias, a estas horas en que hablo con Walton, la policía ha encontrado el cadáver de un hombre en un avanzado estado de descomposición. "Si Miami superó la mafia cubana, si Chicago venció a Al Capone y si Nueva York derrotó al crimen, Acapulco también puede salir adelante", me dice el alcalde y se encoge de hombros, como quien sabe que eso ya no está en sus manos.

    Por lo regular, los taxistas y los camioneros son la última opción que tiene un reportero para contar una historia. Acapulco, sin embargo, debería ser la excepción a la regla. Debería, porque al menos a la semana matan a dos de ellos, porque algunos trabajan para los narcos, porque muchos son extorsionados y porque en un camión que aún recorre la avenida Ruiz Cortines han matado a cinco choferes. De ahí que escuche a Felipe, el taxista que me ha traído al hotel. Regresó a casa y eso, en estos tiempos, es un hecho histórico.

    La maña nos tiene prohibido subir a las colonias, por eso, cuando la señora con un bebé en los brazos me pidió que la llevara a la Zapata, le dije que no. "Ándele, todavía hay sol", me rogó y yo dije: chingue a su madre, vamos pa' la Zapata. En todo el camino nos fuimos platicando. Ya ni me acuerdo de qué, pero creo que algo hablamos de los hijos. Cuando pasé la Comercial Mexicana, eso no se me olvida, la señora habló por teléfono. "Ya acércate, pa' que me recojas, el taxi me va a dejar sobre la avenida", le dijo a alguien y yo me fui por la lateral. Y apenitas me estacioné, que se me cierra una camioneta. "¡Órale, cabrón, bájate!", me dijo un bato que venía armado y luego regañó a la señora. Le dijo que se había tardado o algo así. O sea, eran del mismo grupo. Llegué a decirle al bato que me estaba confundiendo, pero comenzó a pegarme para que me subiera a la camioneta. Me llevaron hasta Chilpancingo, a una casa donde tenían a harta gente. Me pusieron la pistola en la cabeza, se reían de mí. Después llegó un joven y les dijo que se habían equivocado, que yo no era halcón, pero como ya estaba ahí, vieran qué podían sacarme. Yo traía las llaves de un Tsuru que apenas había comprado, así que no sólo mi familia pagó treinta mil pesos de rescate, sino que también les firmé la factura de mi coche. Ah, y se quedaron con el taxi, nomás me dieron para el camión.

    Muchos peligros acechan al que camina por las calles de la colonia Santa Cecilia. Sin darte cuenta, puedes estar en medio de una balacera. Puede que un sicario, con pistola en mano, te pregunte si has visto pasar a "una morena chichona". Puede que encuentres un cadáver tirado sobre la calle. O puede que saliendo de la escuela te secuestren. Esto último fue lo que les pasó al maestro Gilberto Moreno y a su sobrina, Tiaré Juárez, afuera del Colegio de Bachilleres número 7. Lo que siguió después fue muy triste: alumnos, profesores, padres de familia, pero sobre todo los familiares, juntaron el rescate de dos millones de pesos y, aún así, mataron a los secuestrados. Eso sucedió el 1 de marzo pasado. Desde entonces, nadie ha vuelto al Cobach y las clases para 950 alumnos se volvieron nómadas. Se han impartido, por ejemplo, en una unidad deportiva en el centro, de donde los echaron porque los de Liconsa iban a tener fiesta, y también en el zócalo, donde me recibe Ángel Pérez Brito, el portavoz de los profesores.

    De entrada, Pérez Brito me dice que no están negados a regresar al plantel, pero se queja de que los funcionarios del gobierno del estado no los hayan vuelto a recibir, después de que les prometieron reubicarlos. "Esa gente nomás está jugando con nosotros —sigue disgustado—. Y nuestra seguridad no es un juego". Pérez Brito no exagera. Antes del secuestro de Moreno y su sobrina, a dos maestros les robaron su auto, a unas alumnas las violaron y a tres chicos más se lo llevaron y nunca regresaron.
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