viernes, 16 de enero de 2015

Acapulco entre turismo y narcotrafico "La Batalla por Acapulco Golden" PAGINA 3

  • viernes, 16 de enero de 2015
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    El padre Jesús es un hombre canoso de piel morena y de una bien llevada mediana edad. Vive en la ladera de un cerro, donde construyeron la parroquia de San Nicolás. Toda la gente que conocí no tiene más que alabanzas para él. Para unos es el mejor sacerdote que ha tenido La Laja. Para otros es el cura que visita a los enfermos, el que presta dinero a los necesitados, o el que siempre tiene una solución para cada problema y una cita de la Biblia para cada ocasión. Para mí, ahora que lo he conocido, me parece uno de los pocos hombres que no ven a Acapulco por encima del hombro. Es decir: desde que todas las colonias que cruzan la avenida Ruiz Cortines dejaron el machete por la bala y conjugaron el verbo matar, el padre Jesús decidió que él iba a hablar con los familiares de los muertos, que iba a recuperar espacios públicos y que iba a llorar a los difuntos.

    "Acapulco está al borde de lo incontrolable —me dijo el padre apenas nos saludamos—. Su violencia es una crisis humanitaria". Durante casi una hora, el cura me contó por qué cree él que en Acapulco uno puede matar a alguien y nunca pasa nada: por el involucramiento directo del Estado. "Siempre vemos que arrestan a un narcomenudista, a un sicario, a un halcón o a un narco de baja monta, pero nunca detienen a los políticos que los protegen", me dijo y seguramente ha de haberse acomodado por enésima vez sus anteojos para la miopía. También me platicó que muchos familiares de víctimas han ido a buscarlo y que otro tanto igual se ha largado de los barrios, después de que los amenazaran por buscar al curita éste. Me habló de cómo, cada semana, sale a recuperar las calles de la bala: levantando cruces de cinco metros de altura en parques o en peligrosos callejones. Me dijo que a muchos jóvenes los están obligando a enrolarse en la infantería del narco y que, en el mercado, la maña le cobra veinte pesos diarios a cada locatario. Ah, porque aquí, como llegó a decirme Berna, el que no paga, no vende.

    —¿Y a usted, padre, no quieren matarlo?
    —Pues mira, no sé. Pero puedo decirte que me pusieron de guardia a un halconcito.

    La relación con el halconcito no está muy clara. El padre Jesús no sabe muy bien si lo vigila, si quiere matarlo o lo está cuidando.
    —A veces lo veo a todos lados donde voy y enseguida se me desaparece. A veces he discutido con él. Y otras ocasiones se para debajo de las escaleras y él, por sus pantalones, dice quién pasa y quién no —me dijo el padre y soltó la única sonrisa que le vi en el día.
    "Esperanza sí hay, carnal —me dijo Berna después—. Nomás que tanto pinche muerto la opaca".

    Quién sabe si uno salga predispuesto a la calle, pero pareciera que en Acapulco la violencia es parte de la misma vida, como la brisa en el aire. La ciudad, por ejemplo, está construida contra la gente, tiene un tráfico como para maldecir el invento de la rueda, y los federales y soldados le apuntan a quien los mira feo. En las calles ves al camionero que salpica a la chica bonita, y ésta le grita: ¡Hijo de tu puta madre, pendejo, vas a amanecer cortado en pedazos!; ves cómo peatones y conductores se retan a chingadazos, escuchas cómo las sirenas hienden el aire, sientes que el sol anda encabronado; te enteras del tipo que acaban de matar afuera del colegio Guajardo, cuando dejaba a sus hijas en la puerta; te cuentan las cifras del desempleo, miras negocios cerrados porque sus dueños no pudieron con la cuota, recuerdas que Acapulco es el lugar número uno en México para la prostitución infantil; el de la gasolinera se enoja contigo por no darle propina; conoces barrios en donde los niños parecen comer tierra, ves toda esa basura amontonada en las esquinas porque es tal la deuda del ayuntamiento que no hay camiones recolectores, miras a una señora poner una cruz nueva sobre la avenida; te platican que aquí la maña suele vengarse y que, por eso, han ido a rematar a los heridos al hospital y los matones siempre han salido muy campantes.
    Quién sabe si uno salga predispuesto, pero este Acapulco poco tiene del que uno conoció de niño.

    En Acapulco, los vivos saben muy bien adónde buscar a sus muertos: al Semefo de la calle Vicente Guerrero, dentro de las instalaciones de la delegación de la procuraduría. Me pregunto cómo en pleno día, con todos estos policías alrededor, han venido sicarios a rescatar cadáveres de la morgue. El doctor Ricardo Berlanga, director del Semefo, tampoco se lo explica, pero tiene la seguridad de que no será la última vez que lo hagan. "Y cuando vengan, pueden llevarse lo que quieran, aquí no nos vamos a arriesgar", me dice Berlanga en actitud zen. La serenidad del médico, sin embargo, es diametralmente opuesta al trabajo que tiene a diario. "En un día se juntaron treinta cuerpos —me cuenta—. Y tuvimos que amontonarlos, porque ni modo que los dejáramos en el estacionamiento".

    Desde hace un mes han dejado de apilar los cadáveres como si fueran reses. Alguien en el gobierno del estado entendió que la muerte se había rebasado a sí misma y autorizaron la urgente remodelación del Semefo de Acapulco. "Ya no cabíamos y a eso súmale que varios días tuvimos cuarenta y cinco cuerpos sin reclamar", me dice Berlanga y se peina el bigote espeso con los dedos, como si tuviera controlada la situación. Tanto cadáver regado en las calles, pues, orilló a que este Semefo cuente ahora con tres refrigeradores para guardar quince muertos en cada uno (antes tenían uno y era muy pequeño). Ocasionó, también, que hoy se trabaje sobre siete planchas en vez de tres, que hayan puesto ventilación y que tenga recursos para contratar a antropólogos, porque por estos rumbos no hay semana que no encuentren osamentas. "En lo que va del año llevamos cuatrocientas necropsias —me dice Berlanga—. Así que trabajo, tenemos; ni modo que pongamos un letrero que diga: 'Favor de morirse'".

    Cuando el doctor me lleve adentro de la morgue, o como me dijo Berna: "El pabellón de la guerra", le preguntaré si puede dormir sin tener pesadillas. "Si te dijera que ya ni siquiera pienso en el balón ése al que le pegaron la cara de un desollado, seguro pensarías que perdí el interés del asombro, y vas a tener razón: con todo lo que ha pasado en Acapulco, a mí ya no me sorprende nada", me contestará con parsimonia y luego se inclinará sobre el sillón como diciendo: Uno tiene que buscar ganarle a la muerte.
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