sábado, 27 de febrero de 2016

Amar a dios en Tierra de Zetas ,Historia del Padre Pantoja

  • sábado, 27 de febrero de 2016
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    Éste es uno los testimonios que hemos recopilado entre gente metida contra el Narco que forman parte de Los Narco Relatos un proyecto que recopila las historias que se cuentan a diario en México son la huellas de la Guerra contra el Narcotrafico y que damos cuenta aquí.

    POR EMILIANO RUIZ PARRA 
    TEMPORALES
    La tierra es seca y rugosa como la piel de un elefante. Sin una gota de lluvia que levantara las milpas, no quedó más remedio que desmoronar los cerros y expurgarles la arcilla. Y de tanto rascar aquí y allá, los montes quedaron achatados, cuadrados como ladrillos cocidos por la luz granate del atardecer. Árido y polvoriento por la voluntad del cielo; rojo y poligonal por las manos de los hombres, a este lugar donde no llueve se le llamó Temporales, Rancho Temporales.

    Acá llegaron los Zetas a asesinar a dos jóvenes.

    Eran los días posteriores a la Navidad de 2010, una familia cenaba en casa y los sicarios irrumpieron sin más y ejecutaron a dos primos carnales que rondaban los treinta años. Unos cuantos tiros y vámonos. A los temporaleros les quedó claro: el pueblo pertenecía a los Zetas, como pertenece lo que el ojo del hombre alcanza a ver en este paisaje geométrico y rojo como la superficie de Marte.

    Algo bueno trajeron los Zetas: caminos. Se aplanaron los chipotes de tierra y se pavimentaron las terracerías: el paso criminal de las camionetas se redujo de tres cuartos de hora a unos quince minutos desde Saltillo.

    Sobre esa carretera avanza la camioneta Estaquitas del sacerdote Pedro Pantoja. En la caja viajan cuatro adolescentes del Círculo de Estudiantes Cristianos que se reúne en el templo de la Santa Cruz. Uno de ellos toca la guitarra y canta una canción: "El teléfono parece carpintero, porque aserrín, porque aserrín".
    El 6 de enero, Pantoja viene a este rancho a celebrar la Epifanía. Se viste las ropas sacerdotales sobre el pantalón de mezclilla y la camisa a rayas. Rebaja con cinco partes de agua el chorrito de vino de consagrar que vierte en un vaso de plástico y dedica su homilía a los jóvenes asesinados un año atrás. Le explica a la gente por qué hay que ser solidarios con los transmigrantes centroamericanos. Las guitarras y las voces de los adolescentes musicalizan el rito.

    Los escuchan quince adultos y diez niños. La tez de los hombres está seca y rugosa como la epidermis de Temporales. Los niños se emocionan porque han visto las piñatas y los dulces que llegaron en el vehículo del cura. Al término de la misa, la comunidad agasaja a las visitas con tamales y champurrado(Atole de maiz saber chocolate).

    Los niños rompen una piñata. Pantoja invita a las madres a que quiebren la segunda. Las primeras en tomar el garrote dan golpes tímidos, titubeantes.

    "¡Ándele, como si fuera su marido!", anima Pantoja y todos ríen.

    La señora rompe la piñata.

    Pantoja se permite pocos placeres. A veces pareciera hosco y hasta sus esporádicas bromas tienen significado político. De los sacerdotes y las monjas que se han volcado a la defensa de transmigrantes centroamericanos, Pedro Pantoja Arreola es quizás el política e intelectualmente mejor preparado. Formado durante cuatro décadas como dirigente obrero —tarea que desempeñó al mismo tiempo que era párroco—, Pantoja Arreola ha propuesto que las casas de migrantes no sólo brinden comida, techo y protección contra los secuestros, sino que fomenten la conciencia política de los migrantes y los transformen, de ese modo, de víctimas en protagonistas de su propia liberación.

    De sesenta y nueve años, Pantoja pertenece a la Teología de la Liberación, una corriente católica latinoamericana que vio pasar sus mejores días en los años setenta y que se enfrenta a una crisis generacional: sus grandes figuras están muertas o en el límite de los setenta años, sin que aparezca con certidumbre un relevo generacional. Los liberacionistas, como se llaman a sí mismos, persiguieron durante décadas la Revolución social. En el camino, sin embargo, se toparon con los Zetas.

    Los liberacionistas encontraron significado a su lucha con los transmigrantes, a quienes identifican como las víctimas más oprimidas del neoliberalismo actual. Hoy están en el frente de guerra contra el crimen organizado, que encontró en los migrantes —y en la complicidad gubernamental— una industria de explotación por medio de los secuestros, el reclutamiento forzado de sicarios, la trata de blancas y el tráfico de órganos.
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