domingo, 11 de enero de 2015

Amar a dios en Tierra de Zetas ,Historia del Padre Pantoja PAGINA 2

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    LAS VIDAS DE PANTOJA: EL CONTAGIADO
    Si se le pregunta por su niñez, de inmediato hablará de su madre, Ramona Arreola, que asumió la atención pastoral de los presos de la cárcel de Parras, en Coahuila. El solo hecho de verla confortar a los presos con el evangelio le habría dejado una huella imborrable, pero la cárcel era tan pobre que la Palabra tenía que volverse carne, alimento no únicamente para el espíritu sino para el cuerpo. Por ello, Ramona Arreola se hizo cargo de llevarles comida, de que no les faltara ropa y enseñó a leer a los analfabetos.

    La pobreza era la hermana mayor de los ocho hijos del matrimonio Pantoja Arreola. Ramona lavaba y planchaba ajeno, tejía y remendaba, horneaba pan e iba a los ranchos a comprar leña para revenderla en la ciudad, con tal de abatir el hambre de sus hijos. A pesar de sus propias penurias, su tarea como apóstol de la cárcel se extendería por cuatro décadas, con la ayuda de su esposo, quien fuera campesino y, después, empleado del sistema de aguas de la ciudad.

    La migración tocó a Pedro Pantoja desde el primer año de edad, cuando su familia huyó de la pobreza de San Pedro del Gallo, en Durango (en el ultimo censo registró setecientos habitantes en el pueblito), para instalarse en el valle de Parras, fértil en uva y algodón. A los diez años migró de nuevo, pero ahora solo, a Saltillo, al seminario menor; a los quince cruzó la frontera para continuar los estudios sacerdotales en Nuevo México. Pero la experiencia clave que le mostraría la migración como un fenómeno que cambia la historia mundial la tuvo a los veinte años, cuando conoció al líder migrante más célebre en la historia de Estados Unidos, César Chávez —aunque también ampliamente controvertido por su autoritarismo y megalomanía.

    Con un pequeño grupo de estudiantes de Teología del seminario de Montezuma, Nuevo México —entre ellos el hoy obispo de Toluca, Francisco Javier Chavolla—, Pantoja llegó en 1966 hasta Delano, California, el campamento desde donde Chávez dirigía el movimiento de emancipación migrante, y se contrató como bracero durante tres meses. Chávez, entonces un enérgico dirigente de treinta y nueve años, marcó a Pantoja como luchador social. El ahora sacerdote recuerda el movimiento migrante dirigido por Chávez como un milagro social y revolucionario, al insurreccionar al grupo más oprimido de Estados Unidos.

    Hoy, la vida de Pantoja gira exclusivamente en torno de los migrantes centroamericanos: si tiene que dar una conferencia, celebrar una misa, asistir a una reunión, ofrecer una entrevista, viajar en México o en el extranjero, acudir a una cena o leer un libro, debe tener una relación con su trabajo como defensor de los derechos de los migrantes. Adicto al trabajo, la migración aparece hasta en su correo electrónico. "En la casa no hay ningún profesionista que esté haciendo un trabajo aséptico: todos estamos contagiados", me dice de sí mismo y de los colaboradores de Belén, Posada del Migrante.

    En un largo día de reuniones, entrevistas y celebraciones religiosas —en pleno fin de semana—, el único momento que se toma Pantoja de descanso llega hasta la noche. Ya se han ido a dormir los migrantes y los colaboradores. Quedan dos seminaristas que cubren en el albergue su año de servicio social antes de recibir la ordenación como diáconos. Pantoja prepara una omelette con frijoles. Se sienta a cenar con los seminaristas y escucha la conversación de uno de ellos, originario de Tampico, Tamaulipas. En su estado, cuenta, estallan granadas en los centros comerciales, abundan las balaceras, los curas huyen, los muertos se cuentan por decenas. Es la guerra de los Zetas y el Cártel del Golfo por el control del estado.

    "Pero nada de eso sale en las noticias. La verdad allá está mucho peor que aquí", cuenta el aspirante a sacerdote.

    Se acaba la jornada. Se van todos a dormir.

    LAS VIDAS DE PANTOJA: EL OBRERO
    Pedro Pantoja alternó durante décadas la vida de párroco y de dirigente obrero. En 1974, mientras era vicario de la catedral de Saltillo, estalló la primera rebelión laboral importante del norte del país, en las compañías Cinsa y Cifunsa. Pantoja fue asesor del comité de huelga y participó en casi todas las decisiones estratégicas del movimiento que, sin embargo, terminó en la traición de los líderes sindicales.

    "La derrota fue dolorosísima. Nos dolió mucho porque hubo represalias criminales: despidieron a miles y boletinaron a los obreros que habían participado para que nadie los contratara", me dice.

    Por años, Pantoja fue asesor de obreros, mineros y trabajadores de la maquila en el noreste. Le tocó oponerse a famosos caciques como Napoleón Gómez Sada, líder sindical vitalicio de los mineros, pero también conocer al que define como uno de los iconos del sindicalismo mexicano, el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo.

    "Vallejo vino a alentar la lucha social y lo tomaron preso. Estuvo como mes y medio en la cárcel, y yo tuve mucho tiempo para convivir con él y aprenderle, y también colaboré para que saliera. Fue una experiencia muy bonita", recuerda el sacerdote.

    La ola de despidos del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) cruzaría los dos caminos de Pantoja: el obrero y el migratorio. Miles de desempleados mexicanos, echados de empresas paraestatales como Altos Hornos de México, buscaron una vida mejor en Estados Unidos. Muchos eran deportados a Ciudad Acuña, Coahuila, donde recuperaban fuerzas para intentarlo de nuevo. Ahí fundó Pantoja el albergue Casa Emmaús, que atendía principalmente a migrantes mexicanos.
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