domingo, 11 de enero de 2015

Amar a dios en Tierra de Zetas ,Historia del Padre Pantoja PAGINA 4

  • domingo, 11 de enero de 2015
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    —Yo vivía como un estudiante pobre. Mis espacios en solitario eran para estudiar. Vivía apasionadamente esa vida porque tenía que rendir cuentas y no podía perder el tiempo: sin ningún gusto, sin ninguna comodidad, sin ningún privilegio y sin ninguna diversión: no tenía derecho.

    EL ABISMO, EL INFIERNO Y LA AMARGURA
    Honduras y El Salvador se convirtieron recientemente en los países más violentos del mundo, con tasas de homicidios de ochenta y uno y sesenta y seis personas por cada cien mil habitantes. En el corredor centroamericano operan novecientas pandillas con setenta mil miembros, según un informe de una agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

    Ochenta por ciento de sus huéspedes de Belén, Posada del Migrante proviene de Honduras, un país devastado por el huracán Mitch en 1998, que destruyó ochenta por ciento de las carreteras y setenta por ciento de los cultivos. Dana Frank, en el artículo "Rescaten a Honduras del abismo" publicado en un informe el 29 de enero del 2012 en el International Herald Tribune, afirma que, desde el golpe de Estado que depuso al presidente Manuel Zelaya, Honduras ha descendido a un abismo de derechos humanos y seguridad.

    Frank afirma que trecientas personas han sido asesinadas por las fuerzas de seguridad del gobierno, además de que treinta y cuatro miembros de la oposición, cuarenta y tres dirigentes campesinos y trece periodistas han sido desaparecidos o ejecutados. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, mientras tanto, ha incrementado el apoyo militar al gobierno de Porfirio Lobo.

    I. El infierno
    Los relatos de los sobrevivientes de secuestro rebasan los límites de la imaginación. A los transmigrantes se les convierte en objetos de entretenimiento sádico. El periodista Daniel de la Fuente publicó una reseña de los casos más impactantes registrados por la asociación civil Fronteras con Justicia: centroamericanos que son obligados a pelear hasta la muerte con marros o a matarse a tiros; hijos adolescentes que son forzados a sostener relaciones sexuales con sus madres; hombres despedazados a machetazos cuyos restos se cocinan para sus propios compañeros o se arrojan a fosas de cocodrilos; mujeres embarazadas apaleadas hasta el aborto, cuyos fetos se arrojan a los secuestrados; violaciones multitudinarias; hacinamientos de centenares de personas que se prolongan por meses; hombres sometidos que son arrollados por tractores.

    En sólo dos años se han descubierto mil quinientos cadáveres de migrantes. "No hay otro país en el mundo donde ocurran más muertes de migrantes internacionales que en el nuestro", escribió el investigador Jorge Bustamante en Reforma.

    II. La amargura
    "Estados Unidos era un sueño, ahora es una amargura", me dice Franklin, un inmigrante hondureño que acumulaba, a principios de enero, dos meses de residencia en Belén, Posada del Migrante. En los tres días que paso en Belén, Posada del Migrante en enero pasado, converso con algunos de sus huéspedes. La mayoría ha vivido ya en Estados Unidos, donde desempeñaron trabajos como jardineros o barrenderos; muchos de ellos establecieron pequeños negocios dentro de la industria de la construcción: compraron camionetas que cargaban con botes de pintura o de impermeabilizante y le dieron empleo a otros indocumentados; disfrutaron de vacaciones; compraron ropa de marca, gadgets y perfumes; se endeudaron; aprendieron un inglés tan callejero como fluido, dejaron esposa e hijos… una vida de enorme esfuerzo pero confortada por el consumo y la seguridad, una vida que se esfumó con la deportación o el regreso a atender a familiares enfermos o moribundos.

    En su camino de regreso a Estados Unidos, nuevamente empobrecidos, los transmigrantes dependen ahora de la caridad de los albergues. Cuando están en el camino, las noches las pasan en el frío de las góndolas de los trenes de carga. La comida y un poco de dinero se obtiene de charolear (mendigar) entre los transeúntes y los vecinos en los pueblos donde hay estación de trenes.

    EL ALBAÑIL
    Entre los sacerdotes, religiosos y monjas mexicanos que se volcaron en la atención y defensa de transmigrantes centroamericanos circuló ampliamente el libro Jesús, una aproximación histórica, del sacerdote español José Antonio Pagola. El Jesús de Pagola era un obrero de la construcción, analfabeto y originario de una población de no más de cuatrocientos habitantes.

    La vida de su clan familiar era dura porque debían pagar una triple tributación: al Imperio romano, al gobierno vasallo de Herodes Antipas y el diezmo para el templo de Jerusalén. En esas condiciones, los campesinos solían caer en espirales de deudas impagables y tenían que rematar sus pequeñas parcelas. Y ésa era su peor desgracia, porque entonces había que sobrevivir como mendigo o depender de la caridad de la tribu.

    Aun cuando Jesús ayudaba en la labranza de Nazaret, muy probablemente no poseía tierras propias, por lo que debió seguir el oficio de su padre: artesano de la construcción (y no exclusivamente carpintero). Jesús caería dentro de la categoría de "precariato" que han creado los sociólogos de nuestros días para describir a hombres como él. Sin posesiones ni empleo fijo, Jesús itineraba en los pueblitos de Galilea ofertando su fuerza de trabajo: pulido de piedras, trabajos sencillos en madera, construcción y reparaciones de viviendas. Pero no la tenía fácil. El campesinado judío era pobre y cada padre de familia prefería edificar o arreglar por su cuenta antes de pagar a un artesano.

    Tras la lectura de Pagola, no hay que sorprenderse de que los curas, frailes y religiosas que atienden a los transmigrantes centroamericanos descubran esa biografía de Jesús en los hombres y mujeres que llegan a sus parroquias. En su camino al imperio estadounidense se someten a la múltiple sangría de las autoridades mexicanas corruptas, los garroteros de los trenes, los conductores de autobuses, las bandas de Zetas y los asaltantes comunes. Si acaso han logrado en alguna ocasión anterior llegar a Estados Unidos, es muy probable que hayan obtenido empleos precarios en la industria de la construcción: en albañilería, pintura e impermeabilización, aire acondicionado, jardinería y cualquier tipo de reparaciones domésticas.

    Nazaret era un pueblito invisible (no lo registran los censos de la época) en un país periférico, rural y empobrecido, bajo la autoridad de vasallos del Imperio romano. Cualquier similitud con la Honduras de hoy bajo el gobierno de Porfirio Lobo es algo más que una coincidencia para los religiosos mexicanos. Al entrar a Belén, Posada del Migrante, lo primero que se ve es una pintura que muestra a seis indocumentados con las manos atadas, detenidos por la Border Patrol. Uno de ellos lleva la túnica blanca y el cabello largo del Nazareno. Una imagen similar adorna sus oficinas en la diócesis de Saltillo: un cartel muestra a Jesús mirando detrás de la malla ciclónica de la frontera, desde un hueco que abre con la mano entre las púas, y la leyenda "Jesús migrante".
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