domingo, 11 de enero de 2015

Amar a dios en Tierra de Zetas ,Historia del Padre Pantoja PAGINA 5

  • domingo, 11 de enero de 2015
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    BELÉN, POSADA DEL MIGRANTE
    Hace un lustro, la cocina del albergue era territorio prohibido. A nadie se le permitía la entrada sin gafete y sin mandil.

    —En aquel entonces, la guerra entre los maras estaba mucho más dura: que si unos eran del Barrio 18 y que los otros de la Salvatrucha… No dejábamos entrar a nadie para que no fueran a agarrar un cuchillo y matarse. Cuando servíamos la comida todo era desechable. Ni una cuchara teníamos de metal. Pero ya ha bajado mucho —me cuenta Guadalupe Argüello, la madre Lupita, una religiosa de ternura maternal y autoridad de hierro que coordina la marcha del albergue.

    En Belén, Posada del Migrante se sirve sopa, arroz, ensalada fresca con mucha col, pollo frito, agua de frutas y pan. Un verdadero banquete en comparación con lo que ofrecen otros albergues de miembros de la Iglesia católica. Los huéspedes, cuando se registran, reciben ropa limpia y en buen estado: pantalón, chamarra, calcetines, trusa, zapatos, camisa, cepillo de dientes y pasta dental.

    Los albergues de miembros de la Iglesia católica dependen, en buena parte, del trabajo de voluntarios. La organización alemana Internationaler Bund enviaba, desde 2005, estudiantes de ese país a Belén, Posada del Migrante. Dos jóvenes, Klaus y Walter, de veinticuatro y veintidós años, respectivamente, acumulaban ya diez meses, cuando debieron retirarse de manera intempestiva. Por lo que vi en el dormitorio de voluntarios, cuando estuve ahí en enero pasado, era claro que se habían marchado sin empacar libros, postales y carteles.

    Acompañé a Lupita Argüello a un centro comercial, ubicado a unos doscientos metros del albergue, a cobrar envíos de dinero desde Centroamérica para huéspedes de la casa. Lupita me contó la historia en el camino: Klaus había hecho ese mismo trayecto al supermercado, en compañía de dos transmigrantes. De una camioneta pick-up se bajaron dos hombres con ametralladoras. Le ordenaron que les entregara a los indocumentados. El tono de su voz iba de la burla a la amenaza. Pero Klaus no cedió e interpuso el cuerpo. Los hombres armados se fueron con las manos vacías. Si Klaus hubiera flaqueado, piensa Lupita, a esos dos muchachos los hubieran secuestrado a plena luz del día. La embajada alemana sacó a sus connacionales inmediatamente del país y canceló el envío de voluntarios hasta que el Estado mexicano garantizara su seguridad. Hasta mi visita, eso no había ocurrido.

    Cuando visité el albergue, cuatro estudiantes de Etnología, dos hombres y dos mujeres, concluían un breve voluntariado de una semana. La noche del 6 de enero cada uno se despidió con un breve mensaje después de la cena. Una decena de transmigrantes levantó la mano para responder. La mitad de ellos habló con una elocuencia conmovedora sobre el cariño, el agradecimiento y la empatía que habían despertado esos jóvenes en sólo una semana de convivencia. Su oratoria segura y seductora hacía difícil pensar que eran emigrantes de un país en ruinas que habían pasado las últimas semanas a salto de mata y anhelaban entrar a un país que los emplearía como obreros o limpiadores.

    Al término de los discursos, transmigrantes y voluntarios se reunieron en círculo en torno de Lupita para cantar "Sumérgeme", que se ha convertido en el himno de las casas de migrantes manejadas por religiosos católicos. Irónicamente, una canción compuesta por Jesús Adrián Romero, un cantante cristiano-evangélico:

    Cansado del camino
    Sediento de ti.
    Un desierto he cruzado
    Sin fuerzas he quedado
    Vengo a ti.
    Luché como un soldado
    Y a veces sufrí
    Y aunque la lucha he ganado
    Mi armadura he desgastado
    Vengo a ti.

    LOS PROTAGONISTAS
    Belén, Posada del Migrante admitía a los indocumentados hasta por tres días como la mayoría de los albergues. Pero cambió por completo su perfil: ya no sería más una casa de resguardo y reparación temporal, sino el experimento de "un modelo alternativo de sociedad", como lo llama Pedro Pantoja.

    "El objetivo es que pasemos de la victimización a un grado nuevo de subjetividad social, de manera que, si llegaron como víctimas, salgan como actores, como protagonistas", dice.

    Su sueño es que reconstruyan Centroamérica como alcaldes, diputados, ministros. Por eso conceptualiza el albergue como un modelo alternativo de sociedad.

    "La columna vertebral son los derechos humanos, el aspecto histórico, antropológico, cultural, religioso, la salud mental, la atención a víctimas y sobre todo la audacia de colocar todo esto en el debate internacional del enfrentamiento con el Estado", me dice.

    Más allá de que se cumpla o no ese proyecto político, la flexibilidad del albergue le permite a los migrantes pensar en sus tres alternativas: cruzar la frontera, regresar a Centroamérica o quedarse en México.

    El que quiera cruzar necesita dinero. Mucho. Sólo por atravesar la frontera se pagan trecientos dólares a las mafias mexicanas. Pero nadie se aventura sin pollero. Y un pollero no cobra menos de tres mil quinientos dólares.

    Los transmigrantes no tienen ese dinero. Dependen de que sus familiares en Estados Unidos se los envíe, pero juntar esas cantidades lleva tiempo. Belén, Posada del Migrante es el espacio ideal para esperar. Incluso se pueden ganar unos pesos en el ínterin: empleadores acuden por mano de obra y ofrecen hasta doscientos pesos por jornal. En el albergue, cada día, hay cosas que hacer: desde pláticas de derechos humanos a clases de baile y aeróbics.

    El obispo Raúl Vera —superior religioso de Pantoja— lo sintetiza así: "El objetivo es que, ya sea que se vayan a Estados Unidos, se queden en México o se regresen a Honduras, se conviertan en sujetos de su propia liberación". \\
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