jueves, 8 de enero de 2015

La Historia de Nacho Coronel el Capo que protegió Guadalajara de Los Zetas PAGINA 3

  • jueves, 8 de enero de 2015
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    Las ejecuciones siguieron. No había un patrón definido, tampoco una reivindicación. Era un simple cambio de mando, de cuadros, de aliados, pero salvo algunos sobresaltos, la vida seguía en la ciudad.

    Estampa II
    ¿Dónde estás, pinche enano?
    Cuando salió del circo con el enano en brazos soltó la carcajada. De todas las travesuras, abusos de autoridad, desplantes que había hecho en su vida éste era sin duda el peor. Siempre había querido tener un enano, era el delirio de alcohol con sus amigos. Desde que cumplió deciséis años, en medio de aquella borrachera se prometió a sí mismo que tendría un enano. "¿A poco no sería de poca madre tener un enano que nos traiga los tragos?".

    Lo pagó de contado y en dólares. Todavía tuvo el arrojo de regatear: "¿Cuánto si me llevo al enano y la cebra?". Pero el dueño del circo ya se sentía lo suficientemente mal con haber vendido al enano payaso como para encima vender la cebra. Era un circo pobre, pero no un pobre circo. El caso es que le habían llegado al precio, le ofrecieron una cifra que el circo no había visto junta en su vida, y lo vendió.

    Ahora sí, cabrones, ya tenemos quien nos haga los tragos, nos limpie las botas y nos pase el encendedor cuando se nos caiga debajo de la mesa. La banda celebró la ocurrencia del jefe. Si algo habían aprendido desde que estaban en la prepa es que con el jefe no les faltaría nada, siempre estarían protegidos de los enemigos, de la policía, de la justicia y hasta de sus propias pendejadas. A cambio sólo había que festejar cuanto chiste u ocurrencia tuviera. El jefe era jefe porque era hijo del mero jefe.

    El Tigrito creció con la absoluta certeza de la impunidad. Su abuelo había sido gobernador del estado. Su padre, médico, creció en las filas del partidazo, un verdadero cachorro de la revolución, en los tiempos en que a los cachorros los seleccionaban conforme a sus cualidades: había los obedientes, los bravos, los entreñables. La revolución los necesitaba a todos en el partido, pero a cada uno en su lugar. El padre era de los bravos, de los que sabían morder aunque aparentara ser de clase. El Tigrito, por el contrario, era un cachorro echado a perder.

    Los primeros jales fueron al amparo de su padre, o más bien, de la gente de su padre. Desde las oficinas de la Dirección Federal de Seguridad, el muchacho realizó sus primeros secuestros exprés, levantones de fin de semana a amigos ricos con los que se codeaba en el hípico o en el Raquet Club. Era un negocio de cuates, decía él. "No les hacemos nada, sólo es para que colaboren con la causa, con que salga pa'l pedo y la coca ya la hicimos", y por supuesto todos se lo festejaban, incluido el enano, ahora rebautizado como Memito, que a esas alturas ya traía una pistola 45 que caía un poco abajo de la rodilla.

    Pasar del secuestro al tráfico fue sólo cuestión de oportunidades. Su padre tenía el encargo del régimen de cuidar que el negocio de las drogas no se "saliera de madre", como acostumbraban decir en el rancho. A chingadazos, pero el Tigre los metió en cintura, puso cuotas de todo: de volumen, de mochada y niveles de involucramiento. Si alguien se salía del orden, pasaba a mejor vida.

    Así aprendió Memito que en el crimen organizado lo primero es el orden. Nadie trae una pistola más grande que la del jefe, nadie trae una vieja mejor que la del jefe, y el respeto se gana obedeciendo. Ese martes Memito no estaba. La artritis le estaba deformando los huesos, y los dolores, aunque nunca se quejara enfrente de su jefe, eran ya insoportables. Memito salió del rancho —en las faldas del volcán de Tequila— el lunes para tomar el avión a México, donde lo atendería un especialista en el hospital militar. El Tigrito salió solo. Nunca volvió. Cuando escuchó el primer balazo, volteó buscando a su pequeña escolta. ¿Dónde estás, pinche enano?

    El narco es una expresión que lo envuelve todo. En Guadalajara es el crimen organizado, el inversionista más importante, la explicación de cualquier fortuna y la de cualquier infortunio. Todo lo que pasa, lo bueno y lo malo, se explica con el fenómeno del narco, una noción tan falsa como extendida. El narco se convirtió en el Leitmotiv de la narrativa de Guadalajara. El índice criminal subió, bajó y volvió a subir a causa del narco. Los tapatíos no pensaron que el índice de muertes por cada cien mil habitantes había caído de diecinueve a cuatro por los buenos oficios del gobierno, sino porque el narco había dejado de pelear la plaza. Una parte de esa visión es absolutamente correcta y real: desde que el general Gutiérrez Rebollo cayó en desgracia, las ejecuciones bajaron en la zona metropolitana de Guadalajara. No había quién le peleara la plaza a la sociedad Guzmán-Coronel, y Guadalajara se quedó sólo con los muertos de cada día, los que no estaban vinculados al tráfico de drogas, pero no menos importante para la reducción de la violencia fue la reconstrucción de la procuraduría, la creación de un grupo antisecuestros de alto nivel, la limpia de policías municipales, etcétera. Pero para efectos populares, la época de la "pax narca" comenzó cuando hubo un solo líder, la gente de el Chapo, y dos grandes operadores, Nacho Coronel y el Lobo Valencia.

    Ordenados, socialmente rechazados, pero en el fondo aceptados, los narcos estaban en todos lados y en todos lados estaba el narco, pero Guadalajara estaba en paz. De vez en vez ocurría algún evento sangriento relacionado con el narcotráfico, pero el nivel de tolerancia era cada día mayor; frente a la violencia desplegada en Tamaulipas, Monterrey o Torreón, Guadalajara era el paraíso. Estaban ahí, todo el mundo lo sabía, pero no eran como esos Zetas descuartizadores o como aquellos bárbaros que mataron al cardenal o pusieron una bomba en una fiesta de quince años. Comenzó incluso a hablarse de los narcos bien, esos que hasta gusto da que te inviten a una fiesta.
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