La Historia de Nacho Coronel el Capo que protegió Guadalajara de Los Zetas PAGINA 2

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Estampa I
La casa de Paseo de los Parques
Cuando quisieron entregar la casa de Paseo de los Parques a un centro de investigación estaba semidestruida: los lavabos y escusados arrancados, algunos vidrios rotos, los pisos levantados. Había aún huellas de los antiguos moradores: cuadernos abiertos con la tarea a medio hacer, libros de escuela, juguetes, cobijas y almohadas; un tejido aún ensartado en las agujas con el estambre ya pardo por el polvo, todo tal como quedó el día de la huida, como si la vida cotidiana se hubiera congelado en el momento del pitazo. "¡Sálganse que vienen por ustedes!". Había también huellas de los nuevos moradores, los judiciales que cuidaban la casa incautada: botellas de brandy vacías, cajas de pizza en el suelo, refrescos a medias en los rincones, revistas malas, pésimas y pornográficas.

Esta y otras propiedades incautadas al Azul Esparragoza tras su detención en los años noventa se ofrecieron a centros universitarios y de beneficencia social. Era una forma de regresar a la sociedad el producto de la guerra al narco.

El centro de investigación al que le ofrecieron la finca declinó la oferta. Meses después, una casa hogar para niñas desamparadas la aceptó y en ella atendió y dio hogar por varios años a cuarenta niñas.

Un buen día comenzaron las presiones del gobierno para que desalojaran la casa. Primero argumentaron quejas de los vecinos, que insistían que en la colonia no estaba permitido que hubiera un hospicio y que era muy molesto vivir al lado de tantas niñas pobres. Después sostuvieron que las niñas deberían ir a un mejor lugar y que la fundación no tenía los recursos suficientes para mantenerlas. Finalmente "les encontraron" un nuevo hogar a las niñas en Tepatitlán, bajo la custodia de una monja, y obligaron a la fundación a dejar la casa.

A los pocos meses del desalojo, el Azul recuperó sus casas y terrenos que el gobierno, con gran diligencia y eficiencia, hizo el favor de limpiar de inquilinos para que no hubiera problemas con la posesión.

Ahí, en la finca que ya había sido cateada e incautada por la Procuraduría General de la República (PGR), cedida a una institución de beneficencia y devuelta a un narcotraficante, gracias a los buenos oficios de jueces y funcionarios, en esa misma casa fue cazado Nacho Coronel.

Nacho Coronel no se fue solo. Detrás de la muerte del protector llegaron las ejecuciones, algunas de ellas a grandes personajes, otras, la mayoría, a sicarios y traficantes menores.

Uno de los peces gordos ejecutados fue Gilberto, el Gil, Murillo, un ex policía de la Dirección Federal de Seguridad que manejaba los asuntos vinculados al Poder Judicial para el cártel del Chapo. Instalado como secretario de juzgado de segunda instancia movía a su antojo expedientes judiciales. Avecindado en Puerto Vallarta, Murillo era un tipo afable que no dudaba en avisarle a las personas que iba a afectar judicialmente con sus maniobras o en ofrecer matar a quien le había bajado la novia a un compañero de cantina. Lo mataron a plena luz del día mientras circulaba por la avenida 8 de Julio, unos metros antes de llegar al Periférico. Un auto Sentra lo alcanzó y desde ahí le dispararon ocho tiros. Nadie más salió lesionado.

Vino después el asesinato de Javier García Morales. Aunque su gente cercana asegura que "no tenía enemigos" y nada tenía que ver el cártel de Sinaloa, el hijo del ex secretario de la Reforma Agraria en el sexenio de José López Portillo, Javier García Paniagua, y nieto del secretario de la Defensa con Gustavo Díaz Ordaz, el general Marcelino García Barragán, había aparecido como uno de los narcotraficantes más buscados en la llamada "macroaveriguación" de la PGR sobre narcotráfico a fines de los noventa. Nunca fue capturado. Por el contrario, años después apareció como secretario general adjunto del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

A García Morales lo ejecutaron en un café de la colonia Providencia a las once de la mañana. Alguien lo había citado ahí para un asunto de negocios. "Lo pusieron", dicen sus amigos. En la iglesia de la Madre de Dios, en contraesquina del café, lo estaban esperando un sicario y un motociclista. Cuando García Morales llegó, solo, entregó las llaves al valet parking y se dirigió a la entrada del café. El sicario cruzó la avenida Providencia en diagonal con la pistola en la mano apuntando al suelo. Llamó a García Morales por su nombre y, cuando éste volteó, levantó un poco la pistola y le tiró el primer balazo en una pierna. Inmovilizado y en el suelo, Javiercito, como se le conocía en el ambiente político, recibió otros cuatro tiros en el pecho y cabeza. La moto se emparejó a la altura del sicario y, tras el último disparo, arrancó en sentido contrario por Providencia. Mientras todos los testigos volteaban a ver la moto, el sicario se retiró caminando por la calle Bogotá, donde otro cómplice ya lo esperaba.
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La Historia de Nacho Coronel el Capo que protegió Guadalajara de Los Zetas PAGINA 2 La Historia de Nacho Coronel el Capo que protegió Guadalajara de Los Zetas PAGINA 2 Reviewed by Redacción on enero 08, 2015 Rating: 5

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