jueves, 8 de enero de 2015

La Historia de Nacho Coronel el Capo que protegió Guadalajara de Los Zetas PAGINA 4

  • jueves, 8 de enero de 2015
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    La subcultura del narco salió del clóset. La sociedad los rechazaba, pero para ellos dejó de ser vergonzoso, llegó incluso a convertirse en un estilo de vida. Música de banda, prendas de marca, de preferecia Polo o Versace, accesorios Louis Vuitton, botas buenas, cuerpos exageradamente musculosos por el gimnasio o las prótesis tomaron las calles, los antros y las redes sociales. Entre ellos se hacen llamar chacas, jefes entre los indígenas de Sinaloa; y a la mujeres las llaman coñitas. En los antros de moda, los jueves son de chacas. Quien no quiere verlos simplemente no va ese día. El desfile de autos de lujo y guaruras por Avenida Patria se hizo impresionante. Nadie los molesta y ellos no molestan, más allá de exigir, por la vía de los hechos, derecho de paso y alguna muestra de humildad ante el chaca: no les pites, no les reclames, no los veas.

    Las fiestas de los chacas comenzaron a circular en las redes sociales. Se presumían como las mejores del fin de semana. Ahí estaban algunos de los apellidos de alcurnia tapatía junto con los apellidos de los narcotraficantes ricos (los hijos de los grandes narcos, de sus operadores financieros, de sus abogados) y, por supuesto, hijos y sobrinos de los políticos en turno. Son los narcos bien, los que están en los colegios de paga más caros, los más estrictos, los de los grupos católicos más conservadores. Estudiaban juntos, jugaban futbol juntos, sabían que juntos son más poderosos y que algún día harán negocios inmobiliarios juntos y quizás en la próxima generación hasta se mezclen, aunque por lo pronto eso está prohibido.

    Las torres de departamentos aparecieron en la ciudad como hongos en temporada lluvias. Las torres cambiaron el horizonte del poniente de Guadalajara. Todo se vendió; menos de 30% estaba habitado. La economía iba bien, pero sobre todo el dinero circulaba. Aparecieron más y mejores restaurantes, nuevos hospitales, tiendas de lujo. Guadalajara ya no fue más un rancho grande. La ciudad creció, maduró, se empoderó frente al centro. Era una dinámica que iba mucho más allá del narco, que tenía que ver con un ciclo económico positivo, con el desarrollo de una nueva agroindustria, del cluster de la electrónica, de un gran crecimiento de la industria farmacéutica. Pero para los tapatíos lo que era claro y tangible era que la bonanza tenía que ver sobre todo con la paz entre los grupos criminales.

    La caída del Lobo Valencia es el primer síntoma de que la guerra estaba a punto de estallar, pero nadie tenía los elementos para leer lo que se venía. El 28 de octubre de 2009, en una cateo a una casona en Tlajomulco de Zúñiga, en los valles del sur de la zona metropolitana de Guadalajara, encontraron y detuvieron a Óscar Orlando Nava Valencia, el Lobo, quien en 2003 heredó el liderazgo del cártel del Milenio tras la detención del fundador, su tío Luis Valencia. Como nuevo líder, el Lobo pactó con la nueva Federación que estaba creando Joaquín Guzmán y le dio un nuevo giro a su organización: pasó de la siembra y distribución de mariguana a la importación y distribución de cocaína a través del puerto de Manzanillo controlado por Guzmán y operado por Coronel.

    Como toda detención de un capo de cierta importancia, el gobierno lo festejó. El Lobo apareció como un hombre de gustos excéntricos, que gustaba de convertir sus armas en joyas: pistolas bañadas en oro o con su apodo grabado con diamantes en la cacha. Mientras el gobierno cacareaba su triunfo y presumía su logro, al interior de la organización del Lobo la paz estaba por estallar.

    Muerto el líder, una parte del grupo planteó como estrategia fusionarse con el grupo de Coronel, a otros, los que venían con la organización de tiempo atrás, eso les pareció impensable. Se negaron a desaparecer como cártel y formaron La Resistencia, un grupo que busca mantener su identidad, pero sobre todo su independencia en el negocio. Sus antiguos aliados se convirtieron en sus enemigos. Asesinaron cruelmente a algunos de los que habían pactado con Nacho Coronel. Junto con un mensaje que decía: "Esto le pasa a los torcidos", cinco cabezas aparecen en una hielera. La guerra comenzó.

    Estampa III
    Shakespeare regresa
    Se querían mucho. Difícilmente podían encontrar dentro de la escuela donde estaban a alguien tan semejante. Venían de la misma cultura, tenían los mismos gustos, habían sufrido el mismo miedo, el mismo desprecio, la misma sensación de no pertenecer a ningún lado, el desarraigo que experimenta el que vive huyendo.

    Se conocieron desde muy chicos, en primero de primaria, pero no fue hasta ya entrada la secundaria cuando el rechazo de los otros los fue juntando. Ser hijo de narco es una tarea que se va complicando con la edad. De niño se nota poco, pero conforme va avanzando la conciencia crecen la vergüenza y el odio, la prepotencia y la soledad. Para un hijo de narco, el mundo se divide en dos: los chacas, como ellos, y los demás. El tiempo va juntando a los chacas con los chacas, se reconocen, se identifican, se saben, se huelen. Es la misma ropa, las mismas marcas, la misma música, el mismo cinturón, los mismos autos, el mismo lenguaje en el Facebook, la misma manera de imponer el dinero sobre el rechazo, porque saben que los podrán rechazar a ellos pero a su dinero jamás. Por eso están ahí, en un ambiente en principio hostil: de escuelas caras y niños pijos, pero a la larga útil, pues entre sus compañeros están hijos de políticos y de empresarios.

    El noviazgo de Lizette y Alonso comenzó a los doce años. Se fueron, los fueron, separando hasta que quedaron solos en el rincón del salón. Como todos los noviazgos de esa edad, el suyo consistía únicamente en pequeños coqueteos y montones de cursilerías. Pero cuando llegaron a los quince, el noviazgo fue más intenso y más visible. Era para ellos una relación perfecta, salvo por un detalle: sus padres eran de cárteles diferentes.

    Un día el padre de Lizette apareció en el colegio y, con toda la prepotencia de que fue capaz, le advirtió al director de la secundaria que el noviazgo de su hija con Alonso estaba prohibido. No explicó las razones, pero no era necesario, todos las entendieron. Tampoco acataron las órdenes, sólo fingieron seguirlas. Lizette y Alonso se siguieron viendo a escondidas; el maestro de matemáticas les hacía el paro y los dejaba estar en el salón a la hora del recreo.
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