martes, 6 de enero de 2015

La Historia de porque nunca se ha podido ganar La Guerra contras las Drogas PAGINA 6

  • martes, 6 de enero de 2015
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    ¿Y AHORA QUÉ?
    Así como el general Odría en Perú en 1948, Pinochet a finales de 1973 en Chile y el presidente Barco en Colombia a finales de los ochenta, y la guerra del presidente Felipe Calderón contra el narcotráfico 2006-2012 hasta el fin de su régimen y el regreso del PRI con  el ahora presidente Enrique Peña Nieto que da continuidad a la guerra sin poder disminuir las muertes violentas puede favorecer los objetivos de Estados Unidos a corto plazo, pero es inevitable que a la larga desencadene problemas mayores y más duraderos. Calderón, quien empezó su mandato en 2006 con unos pocos de miles de votos de diferencia, disputados por el candidato carismático de izquierda, era como George W. Bush en 2000: un líder en busca de una misión. En 2000 el PAN, su partido, había roto con el monopolio del PRI. Tenía una mayor autonomía con respecto a los narcotraficantes que el saliente PRI, aunque pronto se empantanó en sus propias políticas antidrogas. Calderón obtuvo apoyo con la Iniciativa Mérida de octubre de 2007, un pacto de seguridad regional modelado en el Plan Colombia, obsequio que le dejó el saliente Bush a un sorprendentemente obsecuente Barack Obama. Destinó 830 millones de dólares a México sólo en 2009, convirtiéndolo en el programa de ayuda extranjera más grande del mundo. Calderón terminó por militarizar este conflicto, mandando miles de tropas y policías federales a centros del narcotráfico, convirtiendo a Ciudad Juárez, entre otras cosas, en una ocupación militar que mas tarde le seguirían estados como Michoacán, Tamaulipas, Veracruz, Guerrero. El resultado ha sido la muy publicitada violencia masiva, la violación de derechos humanos y el aterrador caos en el norte.

    Oficiales de la DEA, ansiosos por tener señales de una “victoria”, ven a México como una repetición del “éxito” que tuvo Colombia desmantelando sus cárteles a finales de los años ochenta, pero ignoran las formas en las que esa presión ayudó a mejorar las estrategias de los exportadores colombianos y fomentó en las siguientes décadas el proceso tenso y sangriento que transformó la frontera de Estados Unidos y México, en palabras de Howard Campbell, en una “zona permanente de guerra del narcotráfico”. Otros Estados más débiles como Guatemala y Honduras están preparados para absorber cualquier tráfico de cocaína que México desvíe. Hasta ahora, a pesar del pánico, la violencia mexicana se ha desbordado poco, lo cual significa que los mexicanos, como lo hicieron los colombianos, se están muriendo por los "gringos".

    Una buena noticia en el movimiento de la cocaína hacia el norte y el incremento de violencia en cada uno de sus pasos, es que la crisis también se está desarrollando en una escena internacional rápidamente cambiante. En efecto, el último blowback es la objeción por parte de Latinoamérica. En 2008, una amplia coalición de líderes políticos Latinoamericanos (incluyendo ex presidentes de Colombia, México y Brasil) hicieron mordaces críticas públicas de la “guerra antidrogas” de Estados Unidos de los últimos 30 años, pidiendo un “cambio de paradigma”, más atención a la salud pública, la reducción del daño y la activación de la sociedad civil. Algunas agencias de Naciones Unidas, que fracasaron en Colombia, están por primera vez cuestionando la fallida obsesión norteamericana por el control del suministro y la erradicación, y la crítica europea del Plan Colombia y de la Iniciativa Mérida está en ascenso. Se están cocinando cambios hemisféricos, desde las políticas nacionalistas desafiantes pro coca del presidente Evo Morales en Bolivia (donde la DEA se ha retirado oficialmente de la escena) hasta el experimento de la legalización de la posesión de drogas en lugares como Argentina, Brasil, México y la otrora provincia del norte de México, California e incluso en propio suelo Yanki donde ya hay 21 estados en los que se permite la marihuana medicinal y en otros mas para usos recreativos . Ya es hora de que el público y la élite política estadounidense presten atención a este cambio, así como al historial del efecto boomerang de la cocaína, que ha tenido su largo y volátil viaje hacia el norte.
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