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La Historia de porque nunca se ha podido ganar La Guerra contras las Drogas PAGINA 5

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Desde principios del siglo XX, ciudades fronterizas como Tijuana, Nogales y Juárez vieron el contrabando de fármacos patentados ilegales (incluyendo cocaína), alcohol prohibido antes de la Segunda Guerra Mundial, opiáceos caseros y luego mariguana entre los años cuarenta y sesenta. Para la década de los setenta, en la prehistoria de las organizaciones de narcotraficantes mexicanas, la ciudad de Culiacán, Sinaloa, emergió como la capital del comercio mexicano de drogas, pues estaba inmersa en una fuerte cultura regional de bandidos y contrabando a la que se le vinieron a sumar los nuevos cultivos fronterizos de droga y el tráfico casual hippie. En la actualidad, la mayoría de los narcotraficantes mexicanos siguen saliendo de las clases bajas del norte, aunque muchas veces alineados y profesionalizados con empresarios locales y políticos cultivados durante décadas de gobierno priista . La dispersión de las mafias de narcotraficantes de Cuba a principios de los sesenta trajo la primera ola importante de coca a México. Para mediados de los setenta (después del bloqueo de la “Operación Intercepción” de Nixon, en 1969-1970, de la mariguana y amapola mexicana), la cocaína encontró un camino ordenado por México, junto con la multitud de drogas que siempre han cruzado y seguirán cruzando México por tierra y por mar. Sin embargo, a mediados de los ochenta, la organización de Herrera en Cali aumentó el envío de cocaína a Culiacán y Mazatlán. Según cifras del Departamento de Estado, para 1989 la tercera parte de la cocaína para el mercado estadounidense entraba por México; para 1992, esa cifra alcanzó 50%, y para finales de los noventa era de 75 a 85 por ciento. A mediados de los noventa, los ingresos generados por exportación de droga en México, debido principalmente a este repentino aumento de cocaína, se reportaban entre 10 000 millones de dólares (según cifras oficiales estadounidenses) y 30 000 millones de dólares (cifras mexicanas). De cualquier forma excedía los ingresos del mayor producto mexicano de exportación, el petróleo (7.4 mil millones de dólares).

Este cambio fue un efecto blowback de la presión estadounidense sobre el cártel de Medellín en los ochenta así como de la prohibición de los corredores aéreos y marítimos de narcotráfico en Florida. El poder pasó a Cali, que tenía sus redes diversificadas en el Pacífico. La cocaína pasaba por Centroamerica, destrozada por las complicadas guerras civiles (tenía aliados y refugios entre múltiples personajes como los “contras” nicaragüenses apoyados por la CIA). Los colombianos se asociaron con traficantes mexicanos especializados en cruzar mercancía por la frontera, primero pagando una simple comisión de 1000 a 2000 dólares por kilo. Pero algunos mexicanos, empezando por el sinaloense Miguel Ángel Félix Gallardo, quisieron diversificarse y rápidamente les ganaron el poder a los colombianos, exigiendo más bien la mitad de la tajada en especie. Al comercializar ellos mismos la cocaína sus ganancias se multiplicaron de cinco a 10 veces y se desarrollaron redes de narcomenudistas entre las pandillas mexicanas en Estados Unidos. Los traficantes sinaloenses se dispersaron en el territorio mexicano, en parte como consecuencia de su exposición tras el “caso Camarena” en 1985 (el agente secreto estadounidense asesinado en medio de intrigas entre oficiales y narcotraficantes), dividiéndose en una serie de “cárteles” regionales. La DEA calculó que el flujo de ingresos del ahora autónomo cártel de Sinaloa en los años noventa superó por mucho el boom previo del de Medellín. Los narcotraficantes mexicanos, después del año 2000, dieron un paso más al empezar a comprarles directamente a los productores campesinos del otro lado de la frontera en zonas retiradas como Huallaga en Perú, superando la conexión original colombiana, un factor en la reciente revitalización del comercio de la coca en Perú. Otras fuerzas contribuyeron al ascenso de la cocaína: la crisis económica de la “década perdida” de los ochenta en México, la agonía política (1988-2000) del Estado autoritario priista, la transformación social de ciudades fronterizas como Juárez y Tijuana en urbes descontroladas repletas de miseria y el boom del comercio en la frontera con Estados Unidos antes y después del Tratado de Libre Comercio (TLC) en 1994. Los mexicanos también adoptaron el comercio de metanfetaminas que llegó de Estados Unidos, y en los últimos años ha habido una reactivación de producción de mariguana para satisfacer la demanda en California.

Las grandes ganancias de la cocaína causaron un cambio geográfico en las organizaciones de narcotraficantes mexicanas que proliferaban en el norte. La droga pasó de Sinaloa, donde operaban los pioneros Pedro Avilés Pérez y Félix Gallardo, a bases en el norte, en Tijuana, Juárez, Matamoros, Reynosa, y a lugares de paso en toda la República Mexicana. Así como sucedió en Colombia, los operativos antidrogas a partir de los años setenta fortalecieron estas organizaciones, ya que eliminaban a los traficantes más débiles y menos eficientes y favorecían a las estructuras verticales protectoras (aunque éstas son demasiado flexibles, innovadoras y basadas en el mercado para ser denominadas “cárteles”). Una transición clave ocurrió a mediados de los ochenta cuando Pablo Acosta (quien murió en 1986) estableció un centro de embarque de cocaína al mayoreo en Ojinaga, Chihuahua (cerca de los cruces fronterizos por río de El Paso) que aprovechó aviones de cargamento para transportar el producto desde Colombia. Su sobrino, Amado Carrillo Fuentes, se ganó su apodo El Señor de los Cielos por dominar las rutas aéreas y se convirtió en el narcotraficante más rico y famoso de México en los años noventa. Este negocio se fusionó con el cártel de Juárez, un grupo formado por el magnate de bienes raíces Rafael Muñoz Talavera con la ayuda del comandante local de la Policía Federal. Carrillo Fuentes forjó lazos con el régimen de Salinas (1988-1994), llevando así al cártel de Juárez a su época dorada de mediados de los noventa, hasta su misteriosa muerte durante una cirugía plástica en 1997. Para mediados de los noventa, Juárez sobrepasó a Sinaloa para convertirse en la plataforma líder mundial de reexportación de drogas. Así como Cali en Colombia, los intereses de Juárez explotaron la campaña posterior a 1985 en contra de los sinaloenses. Félix Gallardo dispersó a sus hombres en todo el territorio noroccidental mexicano, hasta que fue encarcelado por Salinas en 1989. A partir de ese momento, las organizaciones rivales se desarrollaron con socios regionales que expandieron o se separaron de sus antepasados sinaloenses, como los hermanos Arellano-Félix de Tijuana.

Otras agrupaciones incluían al cártel de Matamoros, o del Golfo, organizado por Juan N. Guerra y espectacularmente expandido por Juan García Ábrego durante la era de Salinas. Tras la captura de García Ábrego, y su extradición a Estados Unidos por el nuevo presidente Ernesto Zedillo —un mensaje político contundente— las fortunas del cártel del Golfo se incrementaron ya que el gobierno mexicano se enfocaba ahora en Juárez. La muerte de Carrillo Fuentes de Juárez y la militarización de Zedillo de los conflictos relacionados con el narcotráfico a finales de los años noventa permitieron que el innovador Osiel Cárdenas, del cártel del Golfo, reclutara a los Zetas, antiguos miembros de la unidad antidrogas del ejército, originalmente entrenados en la Escuela de las Américas de Estados Unidos. Un caso contundente de blowback, los despiadados y ahora tristemente célebres Zetas crecieron con las fuerzas del Golfo y se separaron para formar su propio grupo en toda la República Mexicana después de 2003.

Para los años noventa, los espectaculares miles de millones de dólares obtenidos de la cocaína y las necesidades riesgosas de su comercialización, venían a evidenciar y minar la tradicional colusión del Estado mexicano con los comerciantes locales de drogas. Después de la Revolución Mexicana, los grupos de contrabando ganaron cierto grado de complicidad con los jefes políticos, la policía local y el ejército del norte. Cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ascendió como máquina política autoritaria nacional para principios de los años cuarenta, estos arreglos, aunque a veces inestables, servían para mantener el comercio fronterizo y los flujos ilícitos financieros a niveles aceptables y con un mínimo de violencia y competencia —un equilibrio de Estado que se echa de menos desde finales de los años ochenta—. El asalto de la “Operación Cóndor” a las zonas productoras de mariguana y opio en Sinaloa, Chihuahua y Durango a finales de los setenta, asistido por Estados Unidos (junto con el revelador secuestro del agente de la DEA Kiki Camarena en 1985) marcaron la desarticulación del pacto tradicional entre el Estado y los traficantes de Sinaloa. Estados Unidos hizo un reajuste de su apoyo al régimen autoritario de México que se encontraba en problemas después de las dudosas elecciones de 1988, condicionando este apoyo al combate contra el narcotráfico y la liberalización comercial.

El régimen de Carlos Salinas de Gortari marcó dos momentos decisivos en las políticas antidrogas. Por un lado Salinas, tratando de restaurar la imagen de México en Estados Unidos en medio de las negociaciones del TLC, adoptó por primera vez un importante papel nacional en la guerra contra las drogas dirigida desde Estados Unidos. Entre 1992 y 1993, con asistencia estadounidense, se modernizaron las instituciones de patrullaje basándose en el modelo interagencia de la DEA. Por su parte, la Procuraduría General de la República (PGR) recibió fondos considerables para combatir el narcotráfico. El enfoque también cambió del lado estadounidense de la frontera, militarizada y denominada “región de alta intensidad de narcotráfico” durante la Iniciativa Frontera Sudoeste de los años noventa. Por otra parte, cualquier intento de controlar o restringir el narcotráfico fue cuestionado por el fuerte involucramiento de los funcionarios nombrados por Salinas (y miembros de su familia como Raúl Salinas) en los florecientes comercios de drogas, así como por los asesinatos de políticos de alto rango ligados a las drogas. La prohibición de la cocaína multiplicó las oportunidades de corrupción. Según un estudio, los sobornos relacionados con el narcotráfico se elevaron de entre 1.5 y 3.2 millones de dólares en 1983 a 460 millones de dólares en 1993, cifra superior al presupuesto de la Procuraduría General, y miles de agentes federales empezaron a facilitar el comercio de drogas. La desestabilización provocada por las drogas, en México, se volvió del dominio público durante el sexenio de Zedillo después de 1994, cuando el nuevo presidente, contrario a las normas, abiertamente condenó la corrupción de su predecesor, para liberar al nuevo régimen priista de cualquier asociación con el caos político-económico heredado en la transición de 1994. El punto crítico de esta exposición estatal, en 1997, fue la vergonzosa revelación internacional (mientras inteligencia, entrenamiento y fondos estadounidenses penetraban la guerra antidrogas mexicana) sobre el jefe militar de la “DEA mexicana”, el General Gutiérrez Rebollo, que estaba coludido con el cártel de Juárez; un incidente que se utilizó en la película hollywoodense Traffic. La larga guerra estadounidense contra la cocaína, que había comenzado en los años cuarenta, había llegado para quedarse.
La Historia de porque nunca se ha podido ganar La Guerra contras las Drogas PAGINA 5 La Historia de porque nunca se ha podido ganar La Guerra contras las Drogas PAGINA 5 Reviewed by Redacción on enero 06, 2015 Rating: 5

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