martes, 6 de enero de 2015

La Historia de porque nunca se ha podido ganar La Guerra contras las Drogas PAGINA2

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    NACE LA COCAÍNA ILEGAL, 1947-1973
    Después de la guerra, Estados Unidos emergió como la indiscutible potencia en asuntos mundiales relacionados con las drogas, con su visión erradicacionista ampliada por medio de las nuevas agencias antidrogas de las Naciones Unidas como la Comisión de Drogas Narcóticas (CND, por sus siglas en inglés). En combinación con regímenes obedientes, alineados del lado estadounidense durante la Guerra Fría, el Buró Federal de Narcóticos (FBN, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Estado finalmente pudieron realizar su antigua meta de criminalizar la cocaína (y en papel, hasta la hoja andina de coca): en Perú en 1948 y en Bolivia en 1961, después de su caótica revolución de 1952.

    La consecuencia inmediata de la criminalización total de la cocaína —acompañada en 1947 de una campaña secreta en el extranjero por parte del FBN en contra de la cocaína andina— fue el nacimiento, la difusión y el crecimiento de un circuito ilícito de producción de cocaína. Geográficamente, la cocaína ilegal era un movimiento popular, descentralizado y fluido de “químicos” modestos, contrabandistas y dueños de centros nocturnos que surgieron de mundos sociales diversos, incluyendo refugiados y emigrados culturales. Ellos se unieron para establecer nuevos ámbitos de distribución de drogas y estaciones de paso en toda Sudamérica y el Caribe. El tráfico de cocaína no fue producto de redes internacionales de una mafia ni de cárteles criminales. A principios de los años sesenta, un nuevo grupo de campesinos productores de coca se unió a estos contrabandistas cada vez más astutos y experimentados. Campesinos de las tierras altas, marginados durante la “década de desarrollo” de los años sesenta patrocinada por Estados Unidos, empezaron a emigrar en masa hacia las tierras bajas de Bolivia y la parte occidental de Perú, atraídos por el espejismo de los proyectos amazónicos de desarrollo. La unión de los contrabandistas con una base de suministro fijo entre los campesinos andinos causó la erupción descontrolada de la cocaína en las décadas siguientes.

    Al revisar los archivos de la policía, aparecen patrones más amplios y muchos de ellos apuntan a una influencia de la Guerra Fría. La droga ilícita nació en la región Huánuco-Alto Huallaga del oriente de Perú, cuando de 1948-1949 el régimen militar pro estadounidense del general Manuel Odría tomó medidas enérgicas en contra de las últimas fábricas legales del país, encarcelando a varios manufactureros (a quienes calificó de subversivos de izquierda) y mandando a otros por conductos clandestinos. La técnica que pasó a manos ilícitas era la tradicional “cocaína cruda” de la jungla peruana, que los campesinos contratados podían adoptar fácil y económicamente con químicos de desarrollo como el queroseno y cemento con cal.

    Para los años cincuenta los contrabandistas llevaban PBC andino a refinadores de polvo de cocaína (HC1) por dos rutas principales de transbordo: un traslado caribeño vía La Habana (un centro de mafiosos latinoamericanos atraídos por regímenes corruptos y dólares hedonistas), y por el norte de Chile, donde los clanes de comerciantes de origen árabe de Valparaíso movían la coca por la costa occidental vía escondites, y con aliados panameños y mexicanos. Mientras tanto, la represión estricta de la cocaína en Perú, apoyada por Estados Unidos, y la falta de autoridad e influencia estadounidense en la Bolivia revolucionaria significó que la producción clandestina de PBC se extendiera rápidamente a Bolivia, que se convirtió en el principal sitio de incubación de la cocaína ilegal durante los años cincuenta con docenas de pequeños “laboratorios” desperdigados por todo el territorio.

    A principios de los años sesenta, la cocaína se encontraba en todo el hemisferio. Había esferas prósperas de consumidores y contrabando por todo Argentina y Brasil e incipientes consumidores (todavía latinos o afroamericanos, principalmente) en ciudades de Estados Unidos como Nueva York y Miami. Dos hitos de la Guerra Fría aceleraron el ascenso de la cocaína. Primero, la revolución social de Fidel Castro en 1959 expulsó de La Habana a la naciente clase de traficantes de cocaína, quienes llevaron sus habilidades y contactos a Sudamérica, México y en ciertos casos hasta a Miami y a Nueva Jersey. Estos exiliados de derecha, no Castro, como alegaban en pleno fervor anticomunista de la época, formaron la primera red internacional de narcotraficantes profesionales. Segundo, los esfuerzos de Estados Unidos para recobrar autoridad sobre la revolución de izquierda del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia llevó en 1961 a una campaña antinarcóticos en conjunto con ese país (y a un cambio militarizado conservador en 1964) que causó la emigración de miles de campesinos y traficantes a las regiones cocaleras inaccesibles y fronterizas de Chapare, Santa Cruz y Beni, en las tierras bajas de Bolivia. Mil novecientos sesenta y uno también fue el año de la Convención Única de Estupefacientes de Naciones Unidas que codificó internacionalmente por primera vez la visión erradicacionista de Estados Unidos sobre la coca andina.

    Entretanto, las autoridades antidrogas de Estados Unidos, que estaban alarmados por su incapacidad de detener la nueva droga, organizaron numerosas cumbres secretas en Latinoamérica (1961-1964) junto con misiones de Naciones Unidas y redadas de Interpol. Estas medidas represivas contribuyeron al esparcimiento de los grupos habituales de traficantes y contrabandistas. Sin embargo, para finales de los años sesenta el incremento de regímenes “autoritarios burocráticos” respaldados por Estados Unidos en países como Brasil y Argentina hizo que las rutas de larga distancia de la cocaína pasaran por Chile: la única democracia vigorosa del continente, donde el desmantelamiento de los clanes originales de drogas en el norte en los años cincuenta provocó un comercio competitivo de exportación, ligado a un suministro más dinámico de pasta de coca boliviana y una vez más, peruana.
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