miércoles, 21 de enero de 2015

La República Marihuanera, viaje a Michoacán Tierra de Narcos PAGINA 3

  • miércoles, 21 de enero de 2015
  • Comentarios
    <---Anterior Pagina 2
    Eulogio coloca el puño derecho sobre la palanca de velocidades de la camioneta todoterreno en que sorteamos la brecha. El camino, en algunas partes es eso, un camino. Sólo hoy. Mañana, después del aguacero que se avecina, se convertirá en un lodazal atravesado por arroyos.

    Lleva la AR-15 entre el asiento y la puerta del vehículo. Viste de azul marino porque es un jefe policiaco municipal. Avanza rápido. Los agentes que viajan en la batea mantienen las piernas abiertas como si montaran a caballo para amortiguar los brincos de la pick up oficial. Uno lleva el rostro cubierto con un pasamontañas negro; ambos, los fusiles apretados contra el cuerpo.

    Eulogio frena intempestivamente. Señala hacia un paraje al lado del camino y los otros brincan hacia tierra, en carrera.

    –¡Ahí va, cabrones, córranle! –grita el comandante, más grueso que sus subalternos.
    –¡Se está subiendo por el palo! –secunda uno de los hombres y señala hacia una rama, que no deja de sacudirse por el peso de una iguana negra.

    Quién sabe cómo la identificó Eulogio. Camina hacia el árbol, coloca la culata del arma al hombro y apunta. Dispara. El animal cae, herido entre la mandíbula y el cuello.
    –No hay que maltratarla. Es para comer –anota el policía.

    Otro policía hunde la cabeza de la iguana en la tierra, bajo su bota negra. La asfixia. El jefe la levanta por la cola y la ofrece.

    –Es para ustedes, para que se la coman. Pueden guisarla en salsa verde.
    –No tenemos dónde cocinarla.
    –Se la pueden llevar. Sabe a pollo –convida y estira la mano.

    Eulogio lanza la iguana a la caja de la camioneta y retoma el camino.

    –¿Desde cuándo siembra usted marihuana?
    –Desde los nueve o 10 años. Mi papá me llevaba a la milpa desde más chico, luego me llevó a la siembra de marihuana –informa con naturalidad Eulogio.

    –¿Cómo es la siembra?
    –Muy parecida a la del maíz.

    Existen dos tipos de semilla utilizadas aquí: la violenta y la huevona. La primera crece más rápido y suele emplearse en tierra de temporal; se cosecha a los tres meses. La segunda es de lento desarrollo, pero de más provecho, y los pocos que tienen manera de regarla, levantan dos cosechas al año.

    La marihuana nace en el monte, en tierra de nadie. Se tala la selva baja, se queman tocones y enredaderas y se empareja el terreno. Aquí nadie siembra más de mil matas por bloque de tierra arrebatada al bosque. Cuando un plantío es mayor se corre el riesgo de que sea detectable desde aviones y helicópteros del ejército. Y, entonces, es probable que llegue una partida de soldados con fusiles en el hombro para incendiar el sembradío.

    Y si eso ocurre, la pérdida, igual que cuando hay mal tiempo o ataca una plaga, es del campesino. Un solo hombre de esta Tierra Caliente llega a sembrar, en diferentes áreas de la sierra, hasta 5 mil plantas. Ninguno trabaja solo. En la labor participan su mujer y sus hijos, incluidos los niños, tal como él mismo fue enseñado por sus padres.

    Martín tasa el costo de producción de mil plantas de marihuana en unos 20 mil pesos, repartidos en semillas, herbicidas, pesticidas y fertilizantes. Con frecuencia, los ejidatarios de la región –son contados los pequeños propietarios– obtienen de Los Caballeros Templarios el préstamo para adquirir los insumos. Es el crédito a la palabra.

    De las mil matas, el sembrador espera obtener entre 300 y 500 kilos, lo que, de acuerdo con la calidad obtenida y al precio negociado con el acaparador, reditúa entre 90 mil y 150 mil pesos por temporada.

    Al comienzo del cultivo extensivo de la droga, la siembra se hacía directamente en el suelo. Ya no. Como los niños cuando plantan frijolitos en la escuela, ahora se utilizan vasos de plástico a los que se les recorta el fondo, dejando únicamente una pequeña junta entre la base y el cuerpo. Lo demás se pega con cinta aislante.

    El vaso se llena con tierra gruesa, rica en hojarasca, y ahí se hunden tres semillitas de color marrón y verde militar, cocos en miniatura. Cuando la planta alcanza 15 centímetros de alto, se trasplanta a la tierra gruesa del monte talado. Aquí la técnica del vasito da resultado, pues sólo se retira la cinta adhesiva y la base, y las raíces se integran sin ningún daño, lo que favorece el rápido crecimiento de la mata.

    El campesino esparce fertilizante alrededor del tallo. Uno de uso común es el sulfato de amonio, aquí llamado “azúcar”, aunque el guano de murciélago resulta mejor, pues, entre otras cosas, colorea de un verde más comercial el producto final.

    La marihuana sufre el acoso de un parásito que come la planta desde el centro del tallo; la amarillenta y la mata. Si el parásito –los rancheros lo describen como un gusano microscópico– toma la hierba, ya nada queda por hacer. “Esa peste no se ataca, se previene. Eso nos dice el ingeniero agrónomo”. Los marihuaneros combaten la plaga con paratión, un químico “extremadamente tóxico” prohibido en México y Estados Unidos por los graves daños que ocasiona a la salud humana y al medio ambiente.

    A los 80 centímetros de altura, el trabajador arrima la segunda tierra y nuevamente retira las hierbas de alrededor. También se busca que no haya lluvia en exceso, pues la abundancia de agua podría malograr la planta u oscurecerla. Y a los estadunidenses no les gusta la yerba prieta.

    “A los gringos les gusta la marihuana verde, nomás la verde, no la negra ni la pelirroja, las que aquí, en México, tienen fama de poner más y mejor”, explica Martín con voz baja, atento a que se comprendan sus palabras.

    Sigue el deshije. “La mercancía con semillas no debe ser. Si ese enervante contiene mucha semilla o está muy café, ese kilo no vale ni 100 pesos para el productor”, apunta Martín. Algo más: las hembras concentran más alcaloide.

    Al momento del corte, luego de cuatro meses sembrados los coquitos, la planta tiene más de dos metros y medio de altura. Se arranca y se tiende, hacia arriba, de cuerdas colgadas en el mismo bosque.

    Cuando se seca, se cortan los capullos con tijeras, necesariamente ligeras por la demanda de trabajo en que toda la familia participa. Hay “colas” que alcanzan el largo y grueso del brazo de un hombre adulto, pero la presentación requerida para exportarlas es de tramos de 20 centímetros de largo.

    La mercancía se entrega al acaparador en costal.

    –¿Y luego? –se pregunta al policía Eulogio.
    –Se pesa y se ofrece. Ahora está mal el negocio para el campesino. Hace 10 años el kilo se pagaba en mil 200 pesos.

    Hoy no dan más de 300.

    –¿Siembran todos los policías municipales que conoce?
    –Todos.
    –¿Y los estatales?
    –Todos.
    –¿Y los federales y soldados que son de aquí?
    –Todos. Todos…
    CONTINUA Clic Aquí para Leer la PAGINA 4

    Apóyanos con un me gusta a nuestra página de Facebook/NarcoviolenciaOficial
    Compartir:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario