La República Marihuanera, viaje a Michoacán Tierra de Narcos PAGINA 2

<---Anterior Pagina 1
En la oficina del presidente municipal, el teléfono celular de Martín timbra nuevamente e inunda el aire con un corrido ranchero. No abundan los lugares en los que existe señal, pero cuando eso ocurre, todo el tiempo lo andan buscando. Martín no deja de lado los negocios un solo instante.

–Permítanme un segundo –solicita sentado junto al escritorio del alcalde y responde la llamada.
–¿Qué paso?… ¿dónde? Déjame ver y te marco.
–Perdón –comenta antes de marcar a su vez y preguntar: “oye, me dicen que desde hace rato se están balaceando acá arriba. Chécamelo, por favor, y me hablas”.

El papel que Martín juega en esta zona tiene múltiples facetas. Su posición lo obliga a estar atento a lo que ocurra, incluso detalles como que alguien pide ayuda económica, si es preciso reforzar la vigilancia, si hay que buscar que entreguen los apoyos. No lo dice abiertamente, pero él juega un incuestionable papel de autoridad.

Así que Martín retoma la plática. “Los campesinos cuentan con el apoyo de mil 100 pesos por hectárea a través del Promaf, un programa del gobierno federal de apoyo al cultivo de maíz y frijol”.

Pero eso no sirve de mucho. Ni lo que la bolsa de semilla mejorada cuesta: un bulto de grano Pioner, por ejemplo, de 20 kilos, con alrededor de 60 mil semillas, cuesta mil 200 pesos y sirve para cultivar una hectárea con un producto resistente al calor y la sequía.

El precio de garantía del maíz es de 2 mil 600 pesos y el costo de producción por hectárea de unos 8 mil 200 pesos, considerando sólo insumos, sin incluir el trabajo de los campesinos. La tierra con mediano potencial en la región ofrece hasta seis toneladas por hectárea y la de bajo rendimiento, poco más de la mitad.

Las cuentas salen sólo si se obtienen más de cuatro toneladas, una suerte que sólo marca a una minoría porque grandes porciones del ejido se encuentran en laderas a donde ni la yunta de bueyes puede entrar, así que aún usan la lanza para agujerar la tierra y dejar caer las semillas. Y al menos una parte de la siembra no se vende, sino que se embodega, a veces en trojes redondas de adobe, para el consumo familiar del año.

La mayor parte de los sembradíos en la Tierra Caliente son de temporal, así que se levanta una cosecha al año. Los pocos ejidatarios beneficiarios de un sistema de riego lo pueden hacer hasta dos veces.

Explica Martín: “Puedes ir a las comunidades y ver niños tan desnutridos que tienen los ojos saltones y la panza inflada por las lombrices. Muchas personas beben agua de los arroyos, y los servicios médicos, donde existen, son pésimos. Las clínicas de un consultorio carecen de medicamentos y el trabajo social es mínimo. Hay niños vacunados sólo por el favor de rancheros que acomodan tres o cuatro en sus cuatrimotos y los bajan a la clínica más cercana. Y la mayoría de los dueños de esos vehículos son, de una u otra forma, parte del negocio de la yerba”.

Algunas comunidades se encuentran en tal aislamiento que se requieren cuatro horas para llegar en camioneta cuando el camino no es un río por los temporales. En la época de lluvias, como ésta, el transporte público únicamente aparece por los caseríos retirados una vez a la semana y sólo pasan vehículos de doble tracción.

En contra la miseria, han dicho los señores de la República de la Yerba, es contra lo que están, aún sin reparar en la producción masiva de metanfetaminas.

Del teléfono sale nuevamente la música de trompetas, trombones y guitarras.

–¿Qué pasó?… ¿Entonces no es de este lado? Muy bien. Gracias –cuelga y devuelve la primera llamada.
–Oye, sí, que tienen ya horas partiéndose su madre. Pero no aquí. Es del otro lado, en Guerrero. Ahí seguimos al pendiente –termina el asunto y regresa a la conversación.

“Así que el cultivo de enervantes se ha convertido en una opción de autoempleo para casi todas las familias campesinas en la región. Esto siempre ha existido, al menos desde que regresaron los primeros braceros de Estados Unidos, y más desde hace 10 años”, declara Martín antes de salir al campo.

Nadie, ningún hombre que pase a su lado a pie o en vehículo deja de saludarlo y él de detenerse para hablar dos minutos.

–Ya tengo el dinero, ¿cuándo pasas? –pregunta a un hombre de bigote grueso y mirada recia. Sus acompañantes escrutan a los “extranjeros”.
–Ahí te busco luego, mañana.

Vuelve a parar la marcha cuando un hombre a caballo sale detrás de un árbol.

–¿Cómo van tus matitas?
–Apenas así –y separa 15 centímetros las palmas de las manos.
–¿Y dónde las tienes ahora?
–Como a tres horas.
–Pues deja veo a quien me encuentro.

***

Los habitantes de la República Marihuanera son hombres y mujeres de piel morena por el gran calor, cejas juntas, lengua rápida y temperamento caliente.

Por acá, la Virgen de San Lucas es la más socorrida y milagrosa, tanto que vienen del resto de Michoacán, Puebla y Veracruz a venerarla. Los hombres viejos y de mediana edad mantienen en uso el pantalón flojo y la camisa blanca desfajada y desabotonada, con frecuencia hasta el ombligo, y los huaraches de dos correas de cuero.

Aún cubren las cabezas con sombreros de paja de ala ancha y la corona encintada de negro, cordel que sirve para afirmar la pieza durante el galope de caballo.

No mucho más formal viste Martín. Acaso lo distingue una camisa cuadriculada con toda la botonadura cerrada, excepto el broche del cuello, y la ausencia de sombrero.

Los jóvenes usan cada vez más pantalones de varias tallas más grandes que la requerida por su cintura, playeras holgadas y gorras de lado. Algunos ya traen tatuado en el cuerpo el paso por una pandilla de Los Ángeles o Chicago.

Por la calle se ve una camioneta “chocolata”, como todavía se llama a los vehículos importados de contrabando de Estados Unidos. Al fondo de la casa se ve un buen estéreo, televisión y niños robustos, ya aceitunados por el sol.

–Es difícil sacarle la vida al maíz –interviene Anselmo, un campesino cuarentón que se cuelga un rifle de cacería en el hombro y señala con el dedo hacia un pedazo de monte.
–Allá vamos.

Monta su caballo y ofrece un burro, pero como somos cuatro, seguimos al animal a pie por un camino angosto y cada vez más escarpado e inclinado.

Anselmo toma veredas durante hora y media como si tuviera memoria de cada piedra y árbol. O cada vez toma un camino diferente o la selva baja que abre con la hoz crece cada día nuevamente.

–Esas –señala Anselmo unas frutas redondas y amarillas como toronjas y de piel gruesa y dura, como de sandía– son buenas para la desinflamación.

La ladera adquiere tal inclinación que deja el caballo enganchado a una rama y continúa a pie. Corta un matorral y se acuclilla al inicio de su sembradío. La respiración de Martín es la de un maratonista después del primer kilómetro. Nada.

–Aquí tengo 400 matas en acuerdo a partes iguales con mi vecino –toma una hoja de la muestra, como si la presentara–, sembramos a mediados de junio, y a mediados de septiembre, si no le cae la plaga, si no la pudre la lluvia o no la queman los soldados, estaremos pizcando. Y sembré otras 500 por aquel lado.

–¿Y sí deja?

Anselmo sonríe. Viste botas con suela de goma, pantalón de mezclilla descolorido, camisa de algodón, cazadora con estampadote camuflaje y una cachucha beisbolera.

–De cada mata, si me va bien, sacaré menos de medio kilo. Cada kilo, si me pagan bien, me deja 300 pesos. Tal vez unos 100 mil pesos. Del maíz, el frijol y el chile comemos, de la marihuana vivimos. Una vez di la cosecha entera a cambio de una camioneta gringa, de 10 años de vieja.
–Usted dijo “estaremos pizcando”.
–Pizcamos mi mujer, mis hijos y mis nietos.
–¿Y sus vecinos?
–Todos. Con sus mujeres y sus nietos.
–¿Sólo en su pueblo?
–En toda la Tierra Caliente.

Desde el promontorio es posible ver hacia La Huacana, donde hace un par de años 12 policías federales fueron ejecutados, desnudados y sus cuerpos apilados para luego prenderles fuego al lado de una carretera. También se puede mirar hacia Uruapan, en uno de cuyos bares los grupos del crimen organizado arrojaron cinco cabezas a una pista de baile mientras tocaba un grupo. Cerca de aquí, los sicarios asesinaron a una funcionaria pública e introdujeron el cuerpo sin vida a un molino de rastrojo para alimentar a los animales con sus restos. Hacia otro punto se aprecia Ciudad Hidalgo, de donde era el vocalista del grupo K-Paz de la Sierra, ejecutado por órdenes de la organización, antes de lo cual fue torturado con un soplete de soldadura autógena.

–¿Entiende usted el negocio? ¿Y las matanzas?
–Yo sé que aquí estoy sembrando el mal. Pero no tengo de otra. Y no estaría sembrando aquí, si después, en Estados Unidos, no se la fumaran.
CONTINUA Clic Aquí para Leer la PAGINA 3

La República Marihuanera, viaje a Michoacán Tierra de Narcos PAGINA 2 La República Marihuanera, viaje a Michoacán Tierra de Narcos PAGINA 2 Reviewed by Redacción on enero 21, 2015 Rating: 5

No hay comentarios.