miércoles, 21 de enero de 2015

La República Marihuanera, viaje a Michoacán Tierra de Narcos PAGINA 5

  • miércoles, 21 de enero de 2015
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    Martín camina ligero por un cerro. Lleva una bolsa llena de hamburguesas compradas en un carrito, en la plaza de un pueblo cercano.

    En una de las zanjas yace un caballo muerto; metros adelante un buey negro, también cubierto de moscas. “Murieron de sed, durante la pasada sequía”, dice el narcotraficante. El sol comienza a caer detrás de una sierra. “Vamos a darnos prisa”, sugiere.

    El hombre se separa de la vereda y mantiene el paso por las suaves laderas de un pequeño cerro. Señala un costal lleno de marihuana, una bolsa negra con yerba desparramada. “Esa ya no sirve. Está podrida”. Sube por una pendiente casi vertical de dos metros y apunta a la base de un árbol, en donde se encuentra la prensa desarmada.

    Arrastra un marco de acero montado sobre un pedazo de riel ferroviario. Carga, con dificultad, cinco láminas de acero y forma un cubo que cierra con una gruesa bisagra y lo monta sobre el marco. Una vez llena la cubeta de marihuana, coloca la tapa, una pieza de menor superficie que la base, a la que sobrepone un trozo grueso de madera.
    Ahí ajusta un gato hidráulico tipo botella de 32 toneladas que aprisiona entre el polín y el marco superior de acero. El tabique de marihuana queda comprimido en un grosor que depende de la forma del “clavo”, como aquí llaman al relleno de marihuana, heroína o cocaína que ocupa el sitio escondido de un vehículo para transportarla.

    Una mercancía no puede estar detenida por más de cuatro meses. Después de ese tiempo queda reseca y pulverizada. Existen métodos para conservarla. Rociarla con suero de glucosa al cinco por ciento; con refresco Fresca o Sprite, o con té de marihuana hecho a partir de los restos inútiles de la planta, aunque ésta es la opción menos eficiente pues sólo garantiza su conservación durante un mes.

    –Yo tengo una técnica propia –comenta Martín–: hiervo 20 litros de agua mineral con un cuarto de miel por cada 200 kilos de mercancía. Queda pegajosa, conservada y de sabor dulce. Pero debe ser miel de caja, porque la de bote está rebajada.
    –¿Por qué Sprite o Fresca? ¿Por qué no Coca Cola?
    –Porque la mercancía debe ser verde y la Coca Cola la oscurece. La Coca se utiliza para los caramelos y dulces, como los dela feria, que se mojan con refresco y quedan de aspecto fresco y brillante. Me la sé porque un compadre mío es dulcero.
    –¿Hay manera de hacerle trampa al campesino?
    –Sí, pero yo no lo hago. Se truquea la báscula, ajustando el resorte para que se apriete a cada pesada. La primera carga es correcta, pero en las siguientes dará menos de lo que en realidad es. En mi opinión, no hace falta hacer eso, hay mucho dinero y pa’ todos alcanza. El temporal llega para todos. Yo le aprendí a un viejo esto: hay que trabajar y no hay que robar.
    –¿Desde hace cuándo comenzó el control de La Familia sobre el negocio?
    –Unos 10 años. Se puede hablar de ventajas y desventajas. Una ventaja es que la policía no extorsiona como antes hacía: ahora pagas tu impuesto de 120 pesos por kilo que sacas y ya está. La organización también frenó a los bandidos, que robaban al productor y al intermediario.
    –¿Qué derechos se adquieren con el pago de ese impuesto?
    –El derecho a salir y no tener problemas con municipales, estatales ni federales. Cuando te topas al checador, te preguntan de quién traes permiso. Das el nombre y ellos se comunican directamente con el responsable. Él confirma y dice cuánto peso pagaste de salida. Con el ejército es otra cosa, aunque dependiendo quién te detenga es que puedes arreglarte o no.
    –¿Y los marinos?
    –Son más cabrones. Tanto en el enfrentamiento como en el soborno. Pegan más. El problema también es que los militares llegan, golpean, violan, roban.
    –Decía que también existen desventajas por el control de Los Templarios.
    –Antes, el productor tenía opciones de venta. Venían cientos de compradores de Guerrero, Estado de México o Tamaulipas. Ya no y eso redujo el precio para el campesino, de mil 200 pesos en algunos momentos, a 300 máximo por kilo.
    –¿Y ahora quiénes son los compradores?
    –La organización sectorizó, de manera reglamentaria, la Tierra Caliente. En total, somos unos 50 compradores. Yo no puedo entrar y comprar en un sector que no me corresponde sin antes pedir permiso.

    –¿Sólo a los policías mexicanos les gusta el dinero?
    –Por supuesto que no. Si el cruce es por la garita, se forman los carros cerca del cruce. Cuando le toca turno al aduanal con que tenemos acuerdo, nos manda un mensaje al teléfono celular para decirnos exactamente en qué línea de revisión lo colocaron y ahí nos formamos los que seamos, sólo autos grandes como Grand Marquis o Caprice, pero nunca camionetas. Al aduanal le tocan 100 dólares por indocumentado o 5 mil dólares por cargamento de marihuana.
    –¿Entonces como se reparte el dinero?
    –Trescientos pesos por kilo para el productor, 120 pesos por kilo para la organización michoacana Caballeros Templarios, 30 dólares por kilo para el transportista, 50 dólares por kilo por derecho de paso al Cártel del Golfo, 50 dólares por kilo a quien cruce el Río Bravo. Luego 160 dólares por kilo para dejarla en San Antonio o adelante. Yo dejo en Houston. Así que por cada kilo invierto 320 dólares. A quien me la compra aquí, en Tierra Caliente, se la vendo en 550 pesos el kilo.
    –¿Y en cuánto la vende en Houston?
    –La comercial, la mejor, en 800 dólares el kilo. La buena en 600 dólares, máximo. Por eso yo prefiero no ahorrarme 10 dólares aquí si voy a perder 100 dólares allá.

    ***

    Martín ingresó al negocio antes de cumplir 20 años de edad. Era un pequeño vendedor en Estados Unidos, alentado por la facilidad que encontró para trasladar la droga entre los dos países y su convicción de nunca consumirla, premisa compartida por buena parte de sus colegas michoacanos.

    Los tiempos cambian y los modos de transporte también. Hace más de 20 años, los marihuaneros fabricaban dobles fondos en los tanques de combustible de las camionetas. En algún tiempo la flotilla constaba de 15 o 17 vehículos. Hasta que uno volcó y la policía se percató del truco.

    Hace más de 10 años, Martín salía por las noches en lancha de Veracruz. Se alejaba más de 100 kilómetros de la playa y seguía las señales de los primeros geoposicionadores disponibles en el mercado, con un costo de más de 30 mil pesos. Arribaba cerca de las playas tamaulipecas y seguía por tierra el resto del camino. Ahora confecciona compartimentos con forros de plomo que ocultan los narcóticos a los rayos X.

    Pero conozco gente, aclara el contrabandista, que toda su vida la transportó casi a la vista, gente que no tiene aprendida una sola letra, pero sabe darle dinero a quien se le debe dar. Y uno de ellos es un hombre al que se le acabó la vista de viejo sin ver nunca la cárcel. Llevaba bolsas de dinero preparadas y le decía al policía: “Vete a comer con tu familia, disfruta a tus hijos y déjame seguir”.

    –¿A usted le han incautado algún cargamento?
    –Sólo un flete se me ha caído, un cargamento de 3.8 toneladas. Los dos transportistas están presos.
    –¿No lo delataron?
    –Aquí no señalamos –apunta severo–. No tengo miedo a la cárcel. Si pasa, sería algo muy natural, Dios lo sabe, aunque no tengo por qué meter a Dios en esto. Sólo es que por sembrar maíz no me meterían al bote.
    –¿Cuánta marihuana saca usted de la Tierra Caliente?
    –Unas 20 toneladas al año. Yo contrato transportistas y, dependiendo del viaje y el peso de la mercancía, pago por flete o por peso. Todavía la llevo yo mismo. De aquí a Nuevo Laredo, por ejemplo, sólo tomo 150 kilómetros de carretera. Lo demás son brechas. Ese viaje sí se hace con escolta armada.
    –Usted no tiene escolta aquí.
    –No me hace falta, no estoy quemado. Trato bien a la gente y la gente me avisa de cualquiera de fuera que por aquí venga. A veces, cuando su mercancía no vale, les doy algo de dinero sin recibir nada a cambio. Eso me ha dado chance, por ejemplo, de que cuando me he quedado sin dinero me fíen la cosecha entera. Tampoco me gusta presumir mi dinero. He visto costales de dólares y hasta 20 carros he tenido. Ya no. Me levantaron dos veces y me secuestraron a mi hijo.
    –¿Y qué pasó?
    –Me ayudaron mis amigos de las policías.
    –¿De cuáles?
    –De todas.
    –¿Y qué pasó con los secuestradores?
    –Gente conocida. Avaricia.
    –¿Y qué pasó con ellos?
    –Nada. No pasó nada. De mi cuenta prefiero no presumir. Es también un asunto de estilos. Hay otro comprador, como yo. Él sí anda armado y con dos escoltas. Una vez fue a comprar marihuana y, cuando la vio, no le gustó. “¡Esta es una chingadera!”, le gritó al campesino y a los campesinos no se les habla así, porque es su trabajo y el de su familia lo que se insulta. El comprador pateó el costal que, como estaba lleno y redondo, rodó. Y rodó a la mierda de un marrano. El campesino sacó una retrocarga y se la puso en la cabeza antes de que los escoltas reaccionaran. “¡No sea usted hijo de su chingada madre y aprenda a tratar a la gente! Si no le gusta mi mercancía, nomás no la compre”, dijo. Los sicarios apuntaron al hombre, pero con el grito salió su familia y vecinos y encañonaron a los guardias. “Se la compro, se la compro toda”, pidió el intermediario. “No sea usted pendejo, si no le gusta, no me compre nada, pero enséñese a hablarle a la gente”.
    –¿Y luego? –se pregunta a Martín.
    –Ahí quedó. A mí no me gusta ese estilo.
    –Y lo que no gusta a quienes no estamos en el negocio, son los secuestros, las extorsiones y las matanzas.

    Martín guarda silencio. Afila la mirada de coyote. Muerde su hamburguesa y vuelve a templar el carácter.

    –A él –en referencia de Nazario– no le gustan los secuestros y los tiene prohibidos. Las matanzas también son porque hay gente que vende lo que no es o lo que no le corresponde. Y cuando la organización dice que te vas, te vas.
    –¿Te vas de la organización?
    –No. Te vas.
    –¿Te vas del estado?
    –Te vas a chingar a tu madre. Desapareces. Y cuando la decisión está tomada, no hay vuelta atrás.

    Martín responde a la pregunta que tiene sobre su final, el que se ha vuelto común en la República Marihuanera, cuyo peculiar panteón alberga a miles de propios y extraños decapitados, torturados, desaparecidos, apilados desnudos por docenas, fusilados con sus familias incluidas o reducidos a cenizas en un tambo ardiente con diesel.

    –¿Piensa usted en su muerte?
    –A uno de mis hermanos ya lo mataron. Todos los demás se fueron derechos, sólo yo estoy de este lado… Yo no soy monedita de oro pa’ caerle bien a todos. Sólo pido que cuando vengan por mí, sólo a mí me lleven. Que cuando vengan y me maten, no sea frente a mis hijos.
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