viernes, 23 de enero de 2015

Mis tres años como teibolera, La Historia de Ahtziri PAGINA 2

  • viernes, 23 de enero de 2015
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    Decidí llamar. La mujer que me entrevistó mostró mucho entusiasmo al saber que era mexicana. Me dijo que era un club muy exclusivo, que abría de 2PM a 2AM de lunes a viernes y que si quería más información, tenía que ir en persona. Por más ingenua que pudiera ser, sabía que todo esto tenía que ver con sexo. Cuando me escuchó titubeante agregó que las chicas ganaban un mínimo de 30 mil pesos mensuales y que el primer turno era de 3PM a 11PM. Creo que esto último lo mencionó por alguna intuición que tuvo gracias a mi voz. Fue entonces cuando decidí confesarle que no tenía 18 años, que me faltaban todavía como tres meses para cumplirlos. Ella me preguntó si me veía muy joven, a lo cual respondí ventajosamente. Me citó a las dos de la tarde del día siguiente.

    Al otro día estaba montada en un taxi en camino a la colonia Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, cagada de miedo. "¿Qué estás haciendo, Ahtziri? ¿Qué-chingados-estás-haciendo?", eran las preguntas que mi cerebro producía en loop. Cuando le dije al taxista exactamente a dónde iba, me preguntó si era bailarina y de repente me sorprendí a mí misma respondiendo con orgullo que sí. Bajé del auto y él taxista me gritó: "¡Que Dios la bendiga!"

    En la entrada, le dije tímidamente al tipo de la puerta que venía por el anuncio del periódico, sonrió divertido y me dijo que la entrada del personal estaba por atrás. Toqué una pequeña puerta en la parte posterior del lugar y me abrió una mujer policía.

    —¿Qué se te ofrece, mija? —me dijo dando casi por sentado que estaba ahí por casualidad, cosa que me hizo sentir terrible.

    —Vengo a una cita con Mami Margarita— respondí.

    ¿Por qué "Mami"? Me pregunté desde el día anterior. Con el tiempo aprendí que las mamis son unos divertidos personajes que se encargan de ayudar a las bailarinas en casi todo lo que se les ofrezca. Desde pedirles comida, plancharles la ropa, hablar con el DJ y hasta lavarles las tangas.

    Pues ahora sí que hasta en las mamis hay razas, y Mami Margarita era la de jerarquía más alta, pues se encargaba de contratar, regañar y supervisar los camerinos, detrás de un escritorio que se encontraba en medio de éstos.

    De hecho, lo primero que me encontré al subir las escaleras fue ese escritorio. Cuando levanté la cabeza, todo el camerino se quedó congelado. Ella tenía una cara de sorpresa y las bailarinas me observaban detenidamente y hablaban entre ellas. Guau, me di cuenta que nunca me habían viboreado en checo o húngaro.

    —¡Te ves muy chiquita!— dijo un poco frustrada —tengo que hablar con El Jefe.

    —Ya valió madres— pensé.

    —Siéntate aquí al lado— me dijo una mami enternecida.

    El lugar estaba dividido por esta zona de control en dos partes. De lado izquierdo, estaba una pequeña estética con un vidrio de cristal que te permitía ver el interior, donde se encontraban un masajista, un maquillista y un peinador, todos rigurosamente gays. En frente, se encontraba una ventanilla diminuta polarizada que te permitía comunicarte con los DJs, que eran dos y no eran gays. La estética y la cabina estaban separadas por un pasillo que te llevaba a los baños, a la caja donde se cambiaban los boletos por dinero y a la oficina del jefe. Ese día, sólo conocí el lado izquierdo.

    Mami Margarita colgó el teléfono, tomó unas llaves del escritorio y me pidió que la siguiera. Nos dirigimos a la oficina del jefe. Fue uno de los momentos más tensos que experimenté ahí. Era una oficina pequeña y escuálida con fotos de viejas en pelotas. Cuando entramos, él estaba concentrado en unos documentos que tenía sobre el escritorio. Era un tipo muy grande, de al menos unos 120 kilos. Levantó la vista, sonrió sin inmutarse y me preguntó:

    —¿Cómo te llamas?

    —Ahtziri.

    —Ya sé— dijo riendo —¿cómo te vas a llamar aquí? Tienes que escoger un nombre, ¿sabes?

    –Frida, me voy a llamar Frida.

    No soy muy fan de la Kahlo, pero hasta ese momento no había visto ninguna mexicana y pensé que ese podía ser mi signo de distinción.

    —¡Me encanta! —dijo satisfecho mientras veía a Mami Margarita que sonreía orgullosa de su pequeño mérito. —Mañana tienes que estar aquí a las 11 de la mañana para que el contador te acompañe por una licencia.

    Aunque quería, no pregunté nada más, pero al otro día lo entendí cuando estábamos en una oficina de la Secretaría de Transportes y Vialidad [SETRAVI] tomándome unas fotos y llenando una solicitud donde yo decía haber nacido un año antes. Después de esto, pedí una semana para organizar mi vida.
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