viernes, 23 de enero de 2015

Mis tres años como teibolera, La Historia de Ahtziri PAGINA 3

  • viernes, 23 de enero de 2015
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    A mi mamá le dije que iba a trabajar en una oficina de Plaza Inn en el horario vespertino y cuando le dije que iba a ganar 15 mil pesos al mes, lo aprobó. Cuando digo que el destino es fascinante, lo digo en serio. Uno de esos días, mientras iba a presentar un examen, me encontré con una compañera del colegio católico que tenía siglos sin ver. Nos fuimos a tomar un café y por alguna razón decidí contarle todo. Cuando vi que la plática no sólo la entretenía, si no que la seducía, le pregunté si quería venir conmigo. Ella aceptó al instante y desde entonces nos volvimos como Batman y Robin, pero en plataformas de 20cm, mejor conocidas como Amélie y Frida.

    Yo era más bien como Robin. En ese entonces tenía 17 y ella ya tenía 18. Ella tenía más curvas, bailaba mejor y era mucho más desinhibida. *Spoiler: Hoy es una actriz porno.

    El primer día de trabajo, al menos en el camerino, todo fue más fácil. Éramos 105 bailarinas, sin duda las mujeres más apantallantes que había visto en mi vida. Había cuerpos de todo tipo, morenos, voluptuosos, muchas chichis operadas y muchas piernas moreteadas. El folclor del camerino estaba compuesto por mil perfumes y acentos extranjeros, de Venezuela, Colombia, Hungría, República Checa y Brasil. Mujeres que hablaban por celular mientras se rasuraban las piernas, otras que peinaban sus largas extensiones con dedicación y premura y algunas otras que rezaban desnudas con los ojos cerrados.

    Al final de uno de los pasillos estaba el maquillista, uno de esos gays de perfil desenvuelto que cuentan chistes tontos y vulgares con tanta gracia que no puedes aguantar la risa. Me tomó del brazo y dijo:

    —Hola, "pequeña traviesa" —aludiendo a la canción de la telenovela de Michelle Vieth —¿sabías que tu primer día te da derecho a maquillaje y peinado gratis?

    Aunque le pedí que me maquillara de manera natural, nunca había estado más maquillada en mi vida. Siempre hubo sobre nosotras múltiples miradas y una atmósfera de ternura, lástima y envidia.

    Nos prestaron dos vestidos largos y un par de zapatos de alto riesgo y llegó el momento de bajar a trabajar por primera vez. Nos tomamos de la mano y con los ovarios en la garganta, abrimos las puertas del camerino. Nos quedamos apendejadas por cada detalle del lugar. Estaba decorado con un gusto muy fino, con alfombras color vino y tapiz verde. Había tres pistas de baile, una grande, tipo pasarela al centro, otra de cristal suspendida que pertenecía al VIP, un minúsculo segundo piso, y otra circular y diminuta enfrente de la entrada. Todos los clientes vestían trajes y ninguno tenía la pinta de morirse de hambre. Prohibidísima la entrada a mujeres.

    El jefe de seguridad, un ex militar, nos mostró todo el lugar mientras nos explicaba las reglas: no podían tocarnos los senos, no podíamos aceptar propinas, no podíamos quitarnos la tanga a la hora del baile y por supuesto, no podíamos vernos con los clientes afuera del establecimiento.

    Había sólo una cosa que en verdad me aterrorizaba: bailar por primera vez en la pista. No tenía ningún tubo como el que había visto en las películas, al que pudiera aferrarme mientras me cagaba de miedo a gusto. Era una pista de madera brillante con un espejo en el fondo. Las más tímidas no se separaban nunca de ese espejo. Nosotras, obviamente, escogimos canciones súper fresonas como de Kalimba o alguna de la Spears para hacer bien el ridículo. Mi amiga bailó súper bien y yo no nunca dejé de temblar.

    El perfil de mis clientes casi siempre era el mismo: Tenían más de 40 y eran unos pinches pervertidos, la mayoría de las veces el de seguridad tenía que ayudarme porque difícilmente se podían contener. Otros, a diferencia, no me dejaban ni sentarme en sus mesas: "Perdón, pero estás muy chiquita", decían. Recuerdo que habían unos clientes frecuentes a los que les gustaba gritarnos: "¡Ya váyanse a dormir, pinches chamacas!" Mi amiga se reía y yo me ardía. Amélie era una mujer, yo todavía era una mocosa. Me miraba al espejo y me odiaba por ello, quería operarme todo.

    Nunca hacía más de diez bailes al día —alrededor de mil pesos—, porque siempre tenía que escaparme a las diez de la noche. Gracias a ese horario, mi mamá y mis amigos tardaron en darse cuenta de mi trabajo secreto. En cambio, la mamá de mi amiga sabía y apoyaba la aventura, así que ella podía quedarse hasta el cierre a ganar más dinero y a través de sus relatos me enteraba de cómo el lugar cambiaba de noche. Las luces se bajaban un poco, el cien por ciento de las bailarinas estaban abajo, los clientes se ponían más borrachos y gastaban más, ellas les seguían los pasos y se ponían más cachondas. No se ganaba extra por beber, así que si se ponían borrachas era por puro gusto. Yo tenía que seguir con mi juguito de uva. Desde ese punto de vista, para algunos clientes resultaba irritante, pero para otros era todavía más excitante.

    Un buen día mi mamá y mi ex se dieron cuenta. Esa pregunta que todos me hacían: "¿Y si viene alguien que conoces?", sucedió. Dos amigos de mi ex eran fans del buffet de los miércoles, un día me vieron y naturalmente, se quedaron con los ojos abiertos. Mi ex me había dejado varios meses antes por una canadiense que se parecía a Meg Ryan, su amor platónico. Cuando supo sobre mi trabajo, no dejó de llamar e implorar que volviéramos. Pero yo ya estaba en otro canal, me gustaba un cirujano plástico de 29 años que había conocido ahí.
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