viernes, 23 de enero de 2015

Mis tres años como teibolera, La Historia de Ahtziri PAGINA 5

  • viernes, 23 de enero de 2015
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    Mis compañeras, sabiendo lo que me había sucedido, después del trabajo vinieron a mi habitación y me invitaron a echar la fiesta. "Hoy te vamos a pervertir", dijeron. Fuimos al Dober, un after donde se reunía gente que comparte un mismo entorno: dealers, narcos, más teiboleras, estripers, futbolistas, escorts y hasta algunos actores. Entendí que después de trabajar, las bailarinas no se van a dormir, se van a seguirla como cualquier mortal.

    El conjunto de sucesos de esa noche me sacaron de onda y quise volver a casa. Les dije que me dolía la cabeza y que quería irme a dormir. Tomé un taxi y por un momento extrañé a mi mamá. Me di cuenta de que no iba a lograr salir de esta aventura sana y salva si estaba sola y llamé a mi ex. El siguiente fin de semana nos fuimos a vivir juntos.

    Durante tres años vi e hice cualquier cosa. En los primeros dos, comencé a consumir anabólicos para cambiar mi cuerpo infantil y me volví rubia platinada, rechacé algunas ofertas locas de matrimonio y con tal de no estar sola o volver a mi casa, mantuve a mi ex sin estar enamorada. Una vez vi a mi padre venir borrachísimo a buscarme, sé que no lo hubiera logrado sobrio, pero fue algo estúpido e irresponsable. A pesar de todo, seguí sin tomar ni drogarme, pero eso cambió cuando mi ex se escapó con todos mis ahorros y perdí cualquier gramo de fe que tenía en el mundo.

    Había ahorrado para irme a Europa, era un sueño que tuve desde la infancia. Vendí mi coche, mi ropa, mis muebles, todo. Comencé a despedirme de todos y pensé que podía lograr retirarme, salir ilesa de ese mundo. Después de que mi ex me robó volví con la cola entre las patas y empecé a tomar, a drogarme y a acostarme con el primer pelado que se me pusiera enfrente. No sé si era venganza o esperanza. Naturalmente me agarré algunas enfermedades, la gente comenzó a juzgarme y a perder confianza en mí. Aunque había vuelto a buscar a mis amigos de la infancia —con los cuales aceptaba abiertamente que era teibolera— la mayoría tampoco daba un peso por mí. Me volví mitómana e inventé cualquier tipo de pasado que pudiera enterrar quién realmente fui. Cambiaba de lugar y cada vez me escogía un téibol peor: primero con tubo y otro que hasta tenía de mascota a una rata que merodeaba entre las mesas. Me acostumbré a lo peor.

    Las ambiciones de una bailarina son operarse, traer a sus hijos a México, comprarse una camioneta y al máximo, abrir un negocio. Pero también están aquellas dos o tres que aunque lo llegaron a hacer, por algún motivo regresaban a bailar de vez en cuando. No sé si era que el negocio no jalaba muy bien o porque habían desarrollado una especie de adicción.

    Yo vivía en La Condesa y como era de esperarse, cada vez me costaba más trabajo pagar los gastos y todos los días estaba pachipeda. En mis trips siempre recreaba ese momento en el que estuve apunto de retirarme: me iba sin mi ex a Europa, me convertía en una artista, mandaba postales a las mamis y algunas bailarinas, ellas me decían lo orgullosas que estaban de mí y mi mamá reconocía que al final había hecho lo correcto. Pero luego abría los ojos y estaba ahí, sola, tirada en un colchón en un departamento de lujo en Alfonso Reyes. Me acuerdo que un día, uno de esos trips fue muy real. Tan real, que me pregunté: "¿De verdad no es posible recrear todo?" Podía probar en un lugar que no fuera el DF. No quería lanzarme a Europa porque tenía que salir de México "con la cabeza en alto". En mi computadora sonaban las notificaciones en Messenger:

    Ex novio dice:
    ¿Cuándo vas a venir a visitarme, guapa?

    Ahtziri dice:
    ¿Dónde estás?

    Ex novio dice:
    En Playa del Carmen.

    Ahtziri dice:
    Ahorita.

    Me levanté de la cama, tomé una maleta lo suficientemente pequeña como para que me cupieran sólo las cosas de valor moral y algunos trajes de baño. Me pinté el cabello de castaño y me corté las extensiones. Con los últimos tres mil pesos en la cuenta, compré un boleto para Cancún y le pedí que me recogiera en ese aeropuerto. No supe si me había creído hasta que me vio ahí. Por su cara, creo que yo tenía un aspecto decepcionante, pero eso ayudó a que nos volviéramos compañeros de piso y no de recámara y que no intentara seducirme nunca más. Playa del Carmen era el lugar menos indicado para volver a empezar, así que mi primer intento fue un fracaso, pero después de un mes lo volví a intentar.

    Me cambié a un bar de fichas muy pitero. Se llamaba El Malibú de Charlie. Creí que en un lugar así me iba a poner a prueba ante cualquier cosa. Aunque podía bailar en el lugar que quisiera y de verdad había visitado algunos muy bonitos por allá, quería trabajar en ése. Quería trabajar con gordas celuliticas que se ríen en voz alta y comen con la boca abierta, quería hablar con albañiles y traileros. Quería que cada día que pasara en ese lugar fuera una experiencia de vida y créanme, lo fue. Empecé a trabajar de 2PM a 8PM y a las 10PM ya estaba en mi cama, sobria, pensando en todo lo que tiene que pasar la gente sin recursos para poder sobrevivir y que yo era una pobre pendeja muy pinche afortunada.

    Decidí convertirme en fotógrafa y cuando se lo contaba a la gente, nomás me daban el avión. Ahorré sólo para dos cosas: para mi boleto a Europa y para comprar una cámara y bueno, un poquito más para sobrevivir en lo que agarraba la onda del otro lado del charco. Cuando le conté a la banda que ahora sí ya me iba a Europa, pensaron que ya estaba forevereando. Me hubiera gustado ver sus caras cuando supieron que ya andaba acá.

    Sé que a Kubrick le hubiera gustado acabar la peli con un zoom out de mí, ojerosa tripeando en el colchón, pero hey, Stanley y Nabokov, ustedes también tuvieron una vida jodida y salieron ganando. Por el momento, yo sigo en Europa.

    Ahtziri es una fotógrafa mexicana que vive en Roma, conoce su trabajo en su cuenta de Instagram:

    @instant_hunter

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