viernes, 23 de enero de 2015

Mis tres años como teibolera, La Historia de Ahtziri PAGINA 4

  • viernes, 23 de enero de 2015
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    Con mi mamá como era de esperarse, fue bastante diferente. Un día me dijo que había venido a recogerme al trabajo, que me estaba esperando abajo del centro comercial. Subí lo más rápido que pude al camerino a cambiarme, tomé uno de los taxis del lugar y le pedí que entrara por el estacionamiento a Plaza Inn. Vi la camioneta de mi mamá que me esperaba afuera con el chofer. Subí por el estacionamiento y luego hice como que salía de la plaza. Ella se bajó y me dijo que quería ver exactamente mi oficina. Yo le respondí que no podía, que ya estaba todo cerrado. Dijo que ya sabía todo, que había hablado con el vigilante y que le había dicho que nunca había oído mi nombre. El chófer me vio con una mezcla de compasión y desesperación. Ella me preguntó:

    —¿Dónde trabajas?

    ––En un teibol–– no lo pensé dos veces, quería que todo terminara pronto.

    Después de eso, recuerdo la ola de calor que inundó mi rostro por la bofetada que me dio. Me dejó tan aturdida que no sé qué pasó después. Simplemente ya estaba arriba de la camioneta.

    —¡Los voy a demandar! —gritó enfurecida y me quitó la bolsa, abrió mi cartera y descubrió los boletos rosas y azules (pago en efectivo y tarjeta, respectivamente) y luego descubrió mi licencia de conducir.

    —¡¿Qué chingados es esto?! —dijo mientras trataba de destruir la mica con las manos.

    —No los puedes demandar, les dije que tenía 18 años. Les llevé esta licencia, la conseguí en Santo Domingo, como tus facturas falsas.

    Me llovió otra. Con la mano en el rostro me recargue en el vidrio mientras el chofer angustiado me hacía señas de silencio por el retrovisor. Pensé que era un consejo sabio, pero algo en mí había cambiado. Pensé en Jesús y su "La verdad os hará libres" y comencé a reír histéricamente.

    Mi mamá estaba llorando, llamó a mi padre y a mi mejor amigo y les contó todo. No me importó tanto lo de mi padre, pero sí lo de mi mejor amigo. Con dos llamadas destruyó todos mis lazos sentimentales por tres años. No tuve el valor de contactar a nadie.

    Esa noche preparé mis maletas y las escondí bajo la cama. La mañana siguiente mi mamá vino a despertarme y a ver cómo estaba mi cara. Después se dirigió al clóset —¡pinche instinto materno!— y lo vio medio vacío.

    Buscó debajo de la cama mientras yo me preparaba para el enésimo madrazo.

    —No voy a dejar que te vayas.

    —No puedes detenerme, ya tengo 18 años.

    —Claro que puedo. Si quieres irte, vas a tener que llamar a la policía— dijo cínicamente mientras caminaba al baño a bañarse.

    Tomé el teléfono y traté de denunciarla.

    —Mi mamá me tiene secuestrada.

    —Señorita, nosotros no resolvemos problemas personales.

    En cierto punto vi a mi hermano que indignado empezó a gritar: "¡Mamá! ¡Está llamando a la policía!", —ay, el calor fraterno. Mi mamá salió y me dijo: "Si vas a denunciarme, te voy a llevar yo misma a que lo hagas". Cuando llegamos al Ministerio Público nadie nos tomó en serio y perdimos toda la mañana gritando y argüendeando: "¡Mi hija quiere ser puta!"

    En la tarde volvimos a casa. Mi mamá se puso a llorar y me pidió que no me fuera, dijo que me iba a dejar bailar, que ya no me iba a pegar, me hizo tantas promesas y me chantajeó con muchos de sus secretos más escondidos, que hasta lo dudé seriamente, pero los ocho años de planear ese momento fueron más pesados.

    Cuando se fue a recoger a mi hermano, me encerró con la empleada doméstica. Ella subió a tender la ropa y cuando volvió, dejó las llaves en la mesa de la cocina. Llamé a un taxi y pedí que no tocaran el timbre, que yo iba a esperar abajo. Cuando lo vi llegar, me asomé por la ventana y le dije: "Oiga, le voy a lanzar mis maletas. Tenemos que ser rápidos y silenciosos. Me estoy escapando de mi novio porque me pega", y señalé el lado de la cara más golpeado. Enseguida se hizo mi cómplice. Comencé a lanzar las maletas por la ventana mientras él las metía a la cajuela. En la calle todos nos observaban. Le pedí que me diera cinco minutos y que estuviera listo para arrancar. Hizo un gesto comiquísimo de ¡A la orden, capitán! Fui a la cocina, tomé las llaves y corrí hacia la puerta. La empleada doméstica me persiguió, pero yo ya estaba afuera del departamento, encerrándola con doble llave. "¡Niña, me van a despedir!", gritaba del otro lado de la puerta. "Perdóname, Mari", fueron mis últimas palabras en ese edificio.

    Me subí al taxi corriendo y él chofer me dijo:

    —¡Lo logramos! ¡Ese cabrón nunca más le va a volver a poner una mano encima! ¿A dónde la llevo?

    —A la colonia Chimalistac, por favor.


    Cuando llegué al lugar, subí a contarle todo a la mami. Atrás del lugar había una calle privada, en la cual habían tres casas, la 32, 34 y 36. Ahí vivían todas las extranjeras que no podían o no querían pagarse un depa. Servía también como escondite emergente por si llegaba Migración. No tienen idea de las caras horrorizadas y las reacciones que provocaba el mensaje en código transmitido por el dj informando que los de Migración estaban en camino. Te encontrabas por el piso zapatillas, bolsas, cigarros y tragos sin terminar, como si fuera una ciudad abandonada, un téibol zombie. A mí me asignaron una habitación con una argentina que odiaba bañarse y que obligaba a los clientes a bailar por la fuerza.

    Ese viernes, fue la primera vez que me quedé después de las 11PM. Todos los relatos de Amélie cobraron vida. Me di cuenta que el viernes era un día "flojo" por que estaba lleno de los "hijos de papi" que quieren festejar. Aprendí que los papis usualmente se quedan en casa los viernes.
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