domingo, 4 de enero de 2015

Relatos: La vida de una mujer Sicaria, Las verdaderas Mujeres Asesinas PAGINA 6

  • domingo, 4 de enero de 2015
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    "Esos pinches guachos me pegaron machín —me dice Marta—. Aquí los guachos están comprados por la gente del Chapo y nos chingan a los contras". Como nadie corroboró la historia, no tuve más remedio que creerle.

    DIEZ
    Yaretzi habla de las armas como Mijaíl Kaláshnikov hablaría del AK-47.

    La cinco punto siete: a ésa le llamamos por acá la matacholos; tú la has de conocer como la matapolicías o la faiv seven. No hay chaleco antibalas o troca blindada que la derrote. Dicen que la inventaron en Bélgica, pero yo digo que ésa fue idea del Diablo. No patalea y eso te da precisión. Anda muy de moda entre la clica.

    La treinta y ocho súper: con ésa le revientas la cabeza a cualquiera en medio segundo. La bala sale con un chingo de presión. A mí no me gusta porque pierdes tiempo en la recarga. Nomás una vez la usé para matar a un bato al que el jefe le bajó su novia.

    La cuarenta y cinco: es muy práctica, pero siempre que sea Colt. Las otras luego se te disparan solas.

    El erre: a ése le puedes poner hasta un lanzapapas (lanza granadas). Su bronca es que patalea mucho y te duele machín el brazo. Es mejor el Fal. Calibre tres ochenta. Pura sangre.
    Y el cuerno de chivo: es mi favorito. Con un cuerno hasta a un elefante lo partes en dos y un niño puede dispararlo porque no se atasca. Aunque se llene de lodo, el cuerno te responde. Yo traía dos el día que me arrestaron. Eran Norinco y estaban bien chingones. Los dos me salieron en veintisiete mil pesos.

    Yaretzi dice que tiene la misma puntería con una .22 que con un cuerno. Jura que sabe usar el lanzapapas y que desarma un erre en menos de un minuto. El director del penal, un tipo mitad terco y mitad vale madre, me había dicho que Yaretzi disparaba como si fuera un sexto sentido.

    ONCE
    Marta, la del rostro de niño. La que estudiaba administración de empresas. La fanática de los dulces de tamarindo. La que extraña a su novia. La que juró dar la vida por su clica. La que cuida a una doña de cara grande, como de catedral, que cayó en la cárcel por traficar coca. La que nació zurda hace veinte años. La que escucha los corridos del Chalino y de otros cantantes, en los que las historias dejen un halo de pólvora. La que no come verduras y pide la carne casi cruda. Esa misma Marta ya quiere terminar nuestra plática.

    —Déjame preguntar algo más —le digo y ella acepta con un cigarro de por medio—. ¿Odias a Ciudad Juárez?
    —No —responde a quemarropa—. Es mi ciudad y la quiero.
    —No lo tomes a mal, no soy sacerdote ni ministerio público y no me interesa escribir un libro de autoayuda, pero, ¿entonces por qué te has esmerado en destruirla con los asesinatos?

    Marta se mira avergonzada. Se lleva el cigarro a la boca y aguanta el humo en los pulmones como cuando fuma mariguana.
    —No me había puesto a pensar eso —dice al soltar el humo—. Pero de que lloren en mi casa, mejor en la de ellos.
    —Pero está muriendo mucha gente que nada tenía que ver con el narco, mucha gente inocente.
    —Aquí no hay inocentes. Todos los muertos algo han hecho.
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