domingo, 4 de enero de 2015

Relatos: La vida de una mujer Sicaria, Las verdaderas Mujeres Asesinas PAGINA 4

  • domingo, 4 de enero de 2015
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    CINCO
    Llegas a aquella pira de llantas y lo primero que ves incendiándose es la cabeza de tu hermano. Quienes lo asesinaron no se han conformado con decapitarlo. Entonces terminas empotrada a la tierra y lloras como si quisieras llorarle para siempre. Tú se lo advertiste: "No te metas, estás muy morro y las armas las maneja el Diablo". "Pero tengo güevos", te contestó. "Aquí no hay que tener güevos, sino odio por la gente", le dijiste, y a él le importó un carajo tu consejo. Ahora está muerto, partido en dos, y tú acordándote, sabe por qué, de aquella narcomenudista, la que mataste para graduarte como sicaria. Fue cuando tenías veintiún años. Acuérdate, Yaretzi. Fue el mero día de las madres. Desde que la viste treparse a su carro la querías matar. Esa vieja fue la que anduvo diciendo en el barrio que tú eras una puta y todos, hasta tu marido, le creyeron. Ella, siempre lo dices, arruinó tu vida. Si un día hasta te aventó a la policía. Y mira lo que fueron las cosas: te ordenaron matarla. La vieja ya había sido advertida que no vendiera drogas del otro cártel, y aun así se arriesgó. Tú sólo cumpliste órdenes.

    Yaretzi se anima de repente e imita el sonido del cuerno. Tatatatatatá. La narcomenudista vuelve a ser cosida a balazos esta tarde de diciembre, y Yaretzi me dice que todavía hoy sueña con la vieja.
    —¿Y cómo la sueñas?
    —Sin ojos, gritando que ojalá me muera. Pero otras veces me suplica la cabrona, me dice que la mate rápido, con el cuerno, así como la quebré.

    Los siguientes minutos, Yaretzi hablará de sus alucinaciones. Ora alguien la jala del cuello. Ora la pavón negra que le regaló su hermano cobra vida y le ordena matar al padrastro. "Cuando estés disparándole le recuerdas al cabrón que la hija que tienes es suya". Ora le mueven las cosas de su celda. Y ora una voz, que parece barritar, se le sube a los oídos. "Ésos han de ser los gritos del último hombre que maté a balazos".

    SEIS
    En menos de una hora, la Güera habló de muchas cosas: de la camioneta 4x4 en la que anda por Juárez como si fuera un tiburón con el hocico abierto. De lo barata y pura que es la droga en Chihuahua. Que los desaparecidos son tantos y por eso todas las cifras son conjeturas. "50n un (h¡in60 105 mu3r705 qu3 y4 n0 (4b3n 3n 105 núm3r05", dijo y casi se oyó cómo cambiaba las letras por números. Dio a entender que la violencia creció a la par de los gobernantes corruptos. Habló del día que su primo mató a la novia a golpes, de los sicarios que van al hospital a visitar pacientes heridos para terminar su trabajo, del tío que es cantante y de las ganas que tenía ella de ser actriz. También dijo que los mil dólares que el cártel le paga al mes los invierte en cosméticos, ropa y tangas.

    —Poca plata para mucho riesgo —le dije cuando terminó su perorata didáctica.
    —Sí, pero mi novio me compra todo.
    —¿Es narco?
    —Comandante, pero es lo mismo.

    —¿Y qué es lo mejor que te ha comprado?
    —Las chichis. Se miran bien, ¿no?
    La Güera se tocó los senos. No pude contradecirla.
    —¿Cuando te miras al espejo, a quién ves?

    Ella se recogió el pelo, torció la boca y ya luego contestó:
    —Haces preguntas bien raras.

    Segundos después, el mesero trajo los cortes de carne y la Güera comió como si hubiera recién bajado de la luna. Se dio tiempo, eso sí, para enumerar a la clase de gente que ha seducido para luego entregarla a los sicarios que no perdonan nada. En su mayoría eran encargados de las plazas.

    —No entiendo —le dije—, ¿cómo le haces para que no te identifiquen? Has de ser una mujer muy mencionada entre la malindranada.
    —Siempre cae uno. Acuérdate que los hombres piensan con el pene.

    Entonces la Güera agarró su bolso Ed Hardy y se marchó. Por eso no volverá a aparecer en esta historia.
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