martes, 6 de enero de 2015

Yo mataba junto al Z-40 Treviño Morales En Nuevo Laredo "La Historia de Karen" PAGINA 2

  • martes, 6 de enero de 2015
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    En la mitad de la década pasada, Los Zetas habían resuelto su independencia del Cártel del Golfo.

    Osiel Cárdenas Guillén, el hombre que compró su deserción, estaba preso desde 2003 y fue entregado en extradición a Estados Unidos en 2005. El Mata Amigos, como se le llamaba, no volvería a México. Al menos no vivo.

    El bastón de mando fue reclamado por su hermano Tony Tormenta, pero Los Zetas, militares de élite entrenados por Estados Unidos, declararon su independencia. Despreciaban a Tony Tormenta desde el día que intentó hacer negocios a espaldas de su hermano Osiel.

    La emancipación zeta precipitó la guerra aún vigente en Tamaulipas, Nuevo León y Veracruz, principalmente, con el Cártel del Golfo, organización que debió aliarse con su enemigo histórico, el Cártel de Sinaloa, para resistir el embate de su antiguo cuerpo de sicarios.

    ¿Cómo era Nuevo Laredo, la ciudad de sangre, dólares y coca tomada y refundada alrededor suyo por Los Zetas hasta erigirla como su capital?

    El santo y seña de la vida y muerte de esa ciudad fronteriza lo dio un hombre que desertó del ejército para convertirse en policía, de la policía para hacerse zeta y de Los Zetas para volverse informante a resguardo de las autoridades.

    Este hombre, Karen, ofreció tres amplias declaraciones el 27 de septiembre de 2005 y el 15 de abril y 5 de julio de 2007. Los testimonios quedaron vertidos en la causa penal 97/2007 instruida por el Juzgado Octavo de Distrito en Reynosa, Tamaulipas.

    narcoviolencia.com.mx posee copia del documento completo.

    El de Karen no es un relato cualquiera. Es el de uno de los hombres que levantó, torturó y asesinó al lado de Miguel Ángel Treviño, cuya vida debió cuidar como la máxima de sus prioridades.

    Su narración posee otra condición: la vida implantada por el narco y por él descrita permanece vigente en Nuevo Laredo, la Capital Zeta.

    ***

    Karen –esa afición de la Procuraduría General de la República por nombrar a sus testigos protegidos con pseudónimos de mujer– causó alta en julio o agosto de 1994 en el Ejército Mexicano como soldado raso de infantería.

    Fue asignado al 65 Batallón de Infantería con sede en el Campo Militar Número Uno, en la Ciudad de México. Siempre quiso ser militar. Le venía en la sangre, aseguraba cuando alguien le preguntaba por qué vivir con la vida comprometida. Un tío suyo fue fusilero paracaidista y varios de sus primos estaban repartidos en todas las armas.

    Pronto vio que el Ejército no le resolvería la vida y desertó. Volvió a Veracruz, de donde era originario, en agosto de 1995, y se enroló como policía municipal. Trabajó como uniformado hasta 2002, cuando se metió en algún problema con la ley y, con su mujer y sus dos hijos, tomó camino hacia Nuevo Laredo donde vivía un cuñado suyo.

    Sin saberlo todavía, la vida de Karen quedaría amarrada para siempre a la de Miguel Ángel Treviño, El 40.

    Karen se empleó en una fábrica de alambre hasta que se topó con la convocatoria de ingreso a la Policía Municipal de Nuevo Laredo. Como si el pasado no existiera, el desertor y prófugo pasó sin mayor problema el trámite de los exámenes y, para agosto de 2003, nuevamente portaba charola y arma de cargo.

    Su jefe de grupo, Crescencio Astorga Castañeda, fue al grano.

    –¿Quieres ganar un dinero más, para salir de perra flaca?

    –¿Qué necesito hacer?– se interesó Karen.

    –Revisiones de carros y personas que nos indiquen Los Zetas.

    Karen aceptó un sueldo extraordinario de 300 dólares quincenales pagados por Pedro Chávez, comandante del Grupo Operativo Policiaco que recibía el dinero del Talibán. “Estaba involucrado el 90 por ciento de los policía municipales de Nuevo Laredo”, diría Karen.

    El trabajo consistía en identificar cargamentos de droga que no fueran propiedad de Los Zetas, alertar a sus sicarios de la presencia de extraños en el pueblo, vigilar las casas de seguridad de sus jefes narcotraficantes. Apoyar a los halcones, el otro cuerpo de vigilantes vestidos de civil apostados en las entradas y salidas de Nuevo Laredo, los alrededores del cuartel militar, el Puente Internacional y el Aeropuerto. Advertir de los operativos militares, de la PGR o de cualquier otra autoridad.

    Detener sospechosos y entregarlos ante la verdadera autoridad en esa ciudad tamaulipeca, Los Zetas. Rara vez los veían nuevamente.

    En otras ocasiones, relató Karen, él y sus compañeros uniformados de azul rescataron Zetas heridos en accidentes o caídos en tiroteos en los que se alineaban en la misma línea de fuego desde la que combatían sus patrones.
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