martes, 6 de enero de 2015

Yo mataba junto al Z-40 Treviño Morales En Nuevo Laredo "La Historia de Karen" PAGINA 3

  • martes, 6 de enero de 2015
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    En febrero de 2004, Karen tomó vacaciones y volvió a su pueblo en Veracruz. Nuevamente tuvo problemas legales y volvió a Nuevo Laredo hasta junio de ese año. Había causado baja de la policía municipal y buscó a un amigo suyo, policía en funciones, quien le consiguió nuevamente empleo en la ciudad, ahora francamente en el lado de Los Zetas.

    Quedó a las órdenes de Daniel o El 52, hermano del Talibán, uno de los principales comandantes de la ciudad fronteriza. Karen quedó comisionado en las tiendas de cocaína y heroína de Nuevo Laredo. Estos negocios tienen el nombre clave y genérico de “punto” y a cada uno se le asigna una denominación específica, casi siempre un color: punto rojo, punto negro, punto puma, por ejemplo.

    Los Zetas dividían o dividen la jornada laboral en dos horarios: el diurno, de ocho de la mañana a la medianoche, y el nocturno, de las 12 de la noche a las ocho de la mañana. Karen surtía de droga y recolectaba el dinero de las tiendas durante las noches.

    ¿Es el narcotráfico y su andar en el filo de la navaja un negocio exclusivo de hombres tan acaudalados que por fuerza de su riqueza deben ser excéntricos? Karen, ex soldado, ex herrero y ex policía obtenía una paga semanal de entre mil 500 y 2 mil pesos.

    Además auxiliaba en la confección y empaque de pases, manufactura hecha en la oficina de un hombre identificado en el expediente como El Meño o El Tira, ubicada a un lado del Palacio Municipal.

    En este lugar pesaban, cortaban y empacaban la droga para el consumo local. En el sitio trabajaban de manera permanente dos “cortadores”, responsables de cortar pedazos de papel aluminio y cuatro sujetos con el cargo de “maquiladores” o “pesadores”.

    La cocaína se liaba en dosis de 0.3 gramos y la heroína en suministros de 0.1 gramos. Los paquetes recibían el nombre de “pizzas”.

    La maquila estaba completa con un “checador”, encargado de verificar el correcto pesaje de los bultitos y de que los empleados no robaran nada.

    En el establecimiento del Meño o El Tira se procesaban entre dos y tres kilos de coca y entre uno y dos kilos de heroína por día, droga que La Compañía, como también se llaman Los Zetas a sí mismos, entregaba diariamente al responsable de la fábrica.

    Cada ciudad con presencia zeta cuenta con un informante, quien suele tener un historial judicial limpio y relaciones públicas; un contador, a quien corresponde la operación administrativa de la plaza, incluida la paga de empleados y autoridades corrompidas, y un jefe de sicarios.

    Karen platicó al Meño su pasado como policía y, más importante, como soldado. Los Zetas guardan particular aprecio por los militares desertores, como lo son ellos. De ahí una parte del conflicto surgido al interior del cartel tras la muerte de Heriberto Lazcano. El Lazca o Z-3 perteneció al Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, no así Miguel Ángel Treviño, quien al final logró imponerse como el sucesor al mando de Los Zetas.

    El Meño pidió a Karen ir de parte suya a la gasolinera identificada por Los Zetas como “Caballero” por estar al lado de la calle de ese nombre, cerca del puente de la entrada a Nuevo Laredo y de la agencia cervecera Corona, a la que narcos-militares llaman “La Coronela”.

    Cuando Karen llegó al sitio ya había varios vehículos y hombres en actitud de espera y vigilancia. Explicó que buscaba al 50 y dijo quien lo enviaba. Un tipo con actitud de autoridad le preguntó sobre su formación militar y policíaca. Le detallaron que La Compañía mantenía su formación y disciplina miliar, que los castigos eran duros, pero la paga era buena. Su sueldo en adelante sería de 200 dólares semanales. Si su rendimiento era el esperado, la paga subiría a 500 dólares por semana.

    “Lo más importante es la lealtad porque la traición se paga hasta con la muerte de la familia”, le advirtieron.

    Karen aceptó las condiciones. El sujeto que lo entrevistó caminó hacia una camioneta Jeep Grand Cherokee dorada y habló con un tipo sentado atrás del auto. El vehículo arrancó y se acercó al futuro testigo colaborador. Se abrió la portezuela y un hombre robusto, güero y en el primer tramo de sus 30 repitió las instrucciones, amenazas y promesas. Era El Talibán, Cobra o L-50, uno de los dueños de Nuevo Laredo en ese tiempo.

    ***
    Los Zetas trabajan con la seguridad de que sus teléfonos están intervenidos. Con la idea de enredar las escuchas se referían entre ellos como “licenciados”, “ingenieros” y “maestros”. Karen recibió la orden de “un licenciado” de presentarse en la calle Héroes de Chapultepec.

    Ya lo esperaba Daniel, El 52 o El Talibancillo, hermano del jefe de la plaza. Le ordenó subir a su estaca que, a semejanza de una escuadra del ejército, se compone de un vehículo tripulado por cuatro o cinco elementos, distribuidos jerárquicamente.

    El “comandante” suele ser un zeta viejo o un cobra viejo. Esta diferencia estriba en el origen militar, para el primero, y civil, para el segundo. Ocupa el sitio del conductor. El lugar del copiloto corresponde a un zeta nuevo o un cobra nuevo o un kaibil, soldado desertor de las fuerzas especiales guatemaltecas. El asiento de atrás corresponde a dos o tres miembros de menor jerarquía.

    Karen  subió a una camioneta Suburban café y roja con placas de Texas y blindaje siete, el máximo para vehículos civiles en ese tiempo.

    Condujeron al punto del Talibancillo, como en el código zeta se llama a la casa de seguridad de cada comandante, una vivienda alquilada de la que es posible huir sin mayor rastro. En ese tiempo, este comandante tenía su cuartel en el fraccionamiento Vías de San Miguel, rumbo de la carretera Anáhuac. El sitio, como los demás “puntos”, era centro de acopio de drogas, dinero y armas.

    En el interior de la casa, El 52 entró en una de las recámaras y volvió con dos uniformes nuevos de color negro compuestos por botas tipo Swat, pantalón de campaña, camisola, sombrero de lona y chaleco táctico. Karen recibió además un fusil R-15 con cuatro cargadores abastecidos. Salieron en camionetas hacia un chorro, como Los Zetas llaman a los ranchos en alusión a que la mayoría cuenta con un arroyo de agua. Arribaron a un sitio conocido como El Bayo, en la salida de Nuevo Laredo a Piedras Negras.

    Había 30 o 40 personas y siete u ocho camionetas. Entre ellos estaba Miguel Treviño con su estaca. La reunión fue presidida por El Pita y El Mateo. La reunión tuvo como único propósito la presentación de cuatro nuevos L, entre ellos Karen a quien en ese momento apodaron El Gori.

    Sin mayor ceremonia, los narcotraficantes volvieron al trabajo.

    El tiempo era ocupado en buena medida en recorrer la ciudad. Merodearla, buscar gente o casas de la contra. Las casas eran reventadas, allanadas previa autorización de Heriberto Lazcano. El hallazgo de drogas o armas ameritaba la captura de los ocupantes y su presentación en uno de los dos puntos de tenientes, sitios de detención, tortura y ejecución.
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