domingo, 8 de marzo de 2015

Carmen Aristegui: Sin miedo al poder PAGINA 2

  • domingo, 8 de marzo de 2015
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    —¿Por qué te pareció pertinente llevar la denuncia del alcoholismo de Calderón a la mesa?
    —Se había presentado un suceso noticioso en la Cámara. Pero hubo un sobredimensionamiento por un berrinche presidencial. De no haber sido sobredimensionado por un presidente que se sintió ofendido por una pregunta, hubiera quedado como un comentario editorial entre tantos otros que se hacen en la radio y la televisión. El caso de Calderón tomó una dimensión extraordinaria por tratarse de una reacción desmedida del poder presidencial frente a una interrogante que no fue afirmación, de una periodista que consideró y sigue considerando pertinente preguntar.

    —¿Fue un abuso de poder?
    —Me parece que sí. Desde luego un abuso de poder, una acción absolutamente indebida de Calderón que generó una reacción muy importante en el auditorio porque creó un estado de cosas que permitió lo imposible de imaginar, mi regreso a la radio después de haber salido como salí. Ese hecho insólito fue posible entre otras cosas por la propia valoración de MVS de cómo habían sucedido las cosas, de un hecho específico con una dimensión pequeña, para mí, un comentario editorial sobre un hecho noticioso que se sobredimensionó y convirtió aquello en un gran conflicto entre la Presidencia y un grupo empresarial. Se me pedía una disculpa que no estaba dispuesta a dar porque no debía disculparme por algo que sigo considerando pertinente que es preguntarle al poder lo que sea. Puede ser antipático, pero si un periodista no puede preguntar algo derivado de un suceso donde participaron legisladores, donde la situación provocó que se suspendiera la actividad del Congreso, pues entonces estamos en serios problemas. Se convirtió en un caso donde el poder político disgustado con la periodista exigió algo inadmisible que era que se arrodillara para satisfacer el enojo presidencial.

    —Hay gente que cree que tomas partido y que la información que aportas tiene que ver con tu ideología. ¿Hasta qué punto el periodismo debe tomar partido y convertirse en militancia o no?
    —Creo que no soy militante, aunque me han hecho fama. Hay una mezcla de opinión, de crítica genuina y otra de campañas para denostar a figuras públicas. ¿Cómo desacreditas el trabajo de un periodista? Diciendo que es militante, que es vocero, que sus propósitos son distintos a los periodísticos. Yo sostengo que mi trabajo tiene como autor principal y único al periodismo. No niego que puede haber un ángulo y énfasis en ciertos asuntos, pero eso forma parte de la subjetividad de un periodista. Este planteamiento de exigir a los periodistas objetividad, si se entiende como algo aséptico, es imposible de lograr. No se puede pedir objetividad a un sujeto que tiene miradas, ideas, perspectivas, posiciones. Mi principal aspiración son los contrastes, que se vean todos los lados. Espero lograrlo. Si tenemos un reportaje sobre Cuauhtémoc Gutiérrez, hay que buscarlo. Si tenemos un reportaje como La Casa Blanca que alude al presidente, hay que buscar a la presidencia. Ya es otra cosa si te contestan o no. No compro este asunto de la militancia porque no me percibo promoviendo una candidatura o una acción política. Sí me veo analizando y privilegiando asuntos que considero relevantes. Si eso se traduce en una valoración crítica de mi trabajo, tienen derecho a tenerla desde luego.

    —¿Cuál es tu relación con Andrés Manuel López Obrador? Es uno de los personajes con el que se te asocia para desacreditar tu trabajo.
    —A López Obrador lo conozco de las entrevistas que le he hecho en la radio, en la televisión, para un libro que se llama Transición, pero no existe otro vínculo que no sea estrictamente las conversaciones públicas. No hay una relación de amistad, política ni de otro tipo. Lo diría así: las veces que he visto a López Obrador, todas han sido entrevistas que han salido al aire o presentadas en un libro. Sé que hay una gana de que se nos relacione por una razón fundamental. A la hora de querer decir: esta periodista tiene otros intereses distintos a los periodísticos, viene muy bien alimentar la idea de algo que no ocurre.

     —Cada vez hay más hay periodistas desaparecidos y asesinados. ¿Cuál es el límite en la misión de informar, ante los peligros del oficio?
    —El miedo es un ingrediente humano al que hay que tenerle respeto. Miedo a que te agredan o te maten, a sufrir un daño personal. Hay que pelear para que el miedo no te inmovilice. Hay que tenerle respeto porque te dice: aquí debes crear una zona de cautela, pero la cautela no se debe traducir en censura o en autocensura, sino en rigor y exigencia porque si vas a entrar en una zona de riesgo, debes entrar con todos los pelos de la burra en la mano, pero ir. El tema de la libertad de expresión cruza por muchos caminos. Por la posibilidad de decir cosas sin poner en riesgo tu vida. Periodistas que estamos en otros lugares, que no estamos al lado de un cacique o de un narcotraficante, podemos tener activado el sistema de la cautela porque vas a entrar en una zona de riesgo, porque si dices algo que afecte al poder, tienes que decirlo con una precisión quirúrgica. La libertad de expresión está en esos extremos, donde algunos se mueven en esa zona que te obliga a una condición rigurosa e inatacable y los que tratan de decir algo, con la vida en riesgo. Son espacios donde el fenómeno de autocensura se activa de diferentes maneras. Los que tenemos espacios debemos señalar pese al miedo, que te obliga a ser más riguroso para sostenerte mejor.

    —¿Hiciste esta valoración en La Casa Blanca?
    —Cuando digo la palabra cautela creo que debería sustituirla. Parecería que cautela es bajar el tono para evitar una reacción. Lo que quiero decir es que si te vas a involucrar en una investigación que llegará a altos niveles de poder, debes tener una primera y segunda y tercera revisión y decir: ya está. No es que no se deba hacer en todos los casos, pero hay asuntos donde no puedes permitir ningún tropezón, ninguna tontería, ningún dato equivocado por menor que sea, porque puede ser suficiente para desacreditar la investigación. La Casa Blanca es un buen ejemplo. En la unidad de investigaciones especiales el equipo fantástico formado por Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán estaba con todos los sentidos puestos en que todo debía salir muy bien.

    Rafael Cabrera estudió en la UNAM, tiene 31 años y la cabeza afeitada. En mayo de 2013 se topó en una Comercial Mexicana con la revista Hola, que presentaba un reportaje de la casa de Las Lomas. La leyó y dijo: “aquí puede haber algo”. Se mudó de empleo, olvidó el asunto y seis meses después empezó a investigar. Indagó en las oficinas de propiedad del DF y Toluca y encontró que el inmueble no estaba a nombre de Peña ni de su esposa. En su búsqueda saltaron nombres de personas y empresas contratistas del gobierno, entre ellas la compañía que facilitó helicópteros a la campaña de Peña. En enero compitió por asistir con el proyecto a un taller especializado en investigación en Connectas, pero fue rechazado. Al final se abrió un espacio con Daniel Santoro, uno de los grandes periodistas investigadores. El maestro le dijo que quizá la casa no había sido declarada. En mayo de 2 014 volvió a cambiarse de trabajo. Entró al equipo de investigaciones de MVS liderado por Lizárraga. Unos días después ambos le presentaron el proyecto a Aristegui. “Carmen peló los ojos —recuerda Cabrera— y dijo: esto es una bomba atómica”.
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