sábado, 14 de noviembre de 2015

Las reinas del crimen organizado, "Las mujeres del narco y de la Mafia"

  • sábado, 14 de noviembre de 2015
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    Por Roberto Saviano
    NARCOVIOLENCIA.-Cuando la gente escucha lo que hago, rápido asume que escribo exclusivamente historias de hombres, pero las mujeres tienen un rol que, aunque complicado, es muy importante en las organizaciones criminales. Las gángsters femeninas están sujetas a reglas arcanas, rituales rigurosos y compromisos que no pueden anular. Atrapadas en un confuso lugar entre la modernidad y la tradición, ellas pueden dar órdenes para matar, pero no pueden tener amantes ni dejar a sus esposos. Ellas pueden decidir invertir en grandes sectores del mercado, pero no pueden usar maquillaje cuando sus esposos están en la cárcel, eso significaría la confesión de una traición, como si estuvieran buscando tener sexo con alguien más.

    Aparte de unas pocas excepciones, la mujer mafiosa existe únicamente en relación con su hombre. Sin él, ella es como un ser inanimado, sólo la mitad de una persona. Es por eso que las esposas de la mafia aparecen tan desaliñadas cuando acompañan a sus esposos a la corte (es un conocido look que pretende recalcar su fidelidad). Cuando van vestidas y arregladas es porque sus esposos están cerca y son libres.
    El hombre manda y mientras lo hace, su poder se ve reflejado en su mujer y es comunicado a través de la imagen de ésta. Tal es el caso de la Camorra napolitana, de la 'Ndragheta de Calabria y de algunas de las familias de la Cosa Nostra.
    Esto es también lo que sucede en los cárteles mexicanos, los cuales consideran a la mujer una especie de trofeo para los narcotraficantes: un reflejo de su virilidad y poder; mientras más apabullante sean las chicas que tienen a su lado, más fuerza emanan. La popularidad de los concursos de belleza en algunos estados de México, así como en el resto de Latinoamérica, no es coincidencia. Para una mujer no hay mejor manera de exhibir su belleza que ganarse a un narcotraficante, algo que, para algunas, significa escapar de la vida de pobreza y entrar en un mundo de lujos. En estados como Sinaloa, por ejemplo, hay pocas formas de que una chica pueda probar la opulencia y el poder si no es convirtiéndose en la esposa de un narco. El intercambio es claro: los narcotraficantes les dan dinero y una vida confortable, mientras que ellas, por medio de su belleza, les dan a ellos placer y prestigio. La mujer es tan ventajosa para el currículum del narcotraficante que algunos de ellos son capaces de amañar el concurso para que éstas ganen. Con la ayuda del cártel, ella puede llevarse el título a casa y el narcotraficante gana eminencia al tenerla a su lado. Es por esto que muchas mujeres en Sinaloa invierten en mejorar sus cuerpos desde muy jóvenes: se hacen implantes de pechos y aumentos de nalgas, para volverse más atractivas para los miembros del cártel y así, poder cambiar sus vidas.

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    Aunque tengan mentalidades parecidas, las mujeres de los cárteles mexicanos tienden a ser más modernas y desinhibidas que las mujeres de las mafias italianas. No obstante, las expectativas de que las esposas de la mafia deben ser poco atractivas y hacerse casi invisibles no significa que carezcan completamente de libertad; en realidad son a veces ellas las que mandan cuando sus esposos están encarcelados.

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    Sin importar de dónde sean, las mujeres del crimen organizado tienen historias similares. El esposo y su mujer a menudo se conocen desde que son adolescentes y se casan entre los veinte y 25 años. Es costumbre casarse con "la muchacha de al lado", alguien a quien el hombre conoce desde que son niños y de quien puede estar seguro que es virgen. El chico, por el otro lado, generalmente tiene permitido tener amantes —tanto antes como después del matrimonio—. En años recientes, sin embargo, las esposas de los mafiosos han pedido que las amantes de sus esposos sean mujeres extranjeras —rusas, polacas, rumanas, moldavas—, pues consideran que éstas son socialmente inferiores e incapaces de construir una familia y de educar a sus hijos correctamente. Tener una amante de Italia o, peor aún, de la misma ciudad, es perjudicial debido a que desestabiliza el balance familiar —no sólo en cuanto a las relaciones entre la familia nuclear, sino también en las relaciones del clan—. Un hombre no puede arriesgarse a tomar a la mujer de otro jefe como amante y hacer quedar a su propia esposa como tonta frente a todos. Estos actos crearían desacuerdos y enemistades, y pondrían en peligro la vida del clan. Es un comportamiento que viola el código de honor en el cual se funda la mafia, lo que significa que se castiga con muerte.
    El fantasma de la muerte ronda los matrimonios de la mafia constantemente y sus mujeres se visten exclusivamente de negro. Esto es un signo de luto. Luto por un esposo asesinado o un hijo muerto. Luto porque un hermano, sobrino o vecino fue ejecutado. Luto porque hayan desaparecido al esposo de una amiga o porque el hijo de un familiar lejano haya sido acribillado. Siempre hay una razón para vestir de negro. Y debajo del negro, usan el rojo. En el pasado, las mujeres usaban un fondo interior rojo para recordar toda la sangre que tenía que ser vengada; hoy usan lencería roja, en especial cuando son jóvenes. Es un recordatorio constante de la sangre que su propio dolor no les permitirá olvidar; además, el contraste con el negro logra resaltar el terriblemente íntimo color de la venganza. Ser viuda en territorios criminales significa perder la identidad como mujer casi por completo, lo único que permanece es la condición de madre. Como viuda, sólo puedes volver a casarte siguiendo bastantes requisitos: tus hijos deben estar de acuerdo con el matrimonio, el hombre tiene que tener el mismo rango que tu difunto esposo y, sobre todo, debes haber llevado luto por tanto tiempo como el clan prescriba, cuidando siempre la abstinencia.
    Hay una mujer jefa de la que me acuerdo muy bien porque la vi subir al poder en el lugar de donde vengo. Immacolata Capone era una mujer de negocios pero, de acuerdo con la Dirección Antimafia del distrito de Nápoles, era también madrina de los Camorra. Como miembro del clan Moccia, Capone tenía un rol primario en el manejo de trabajos públicos del clan Zagaria, de Casal di Principe —una de las familias más poderosas en el área—. Ella tenía el importante y delicado trabajo de obtener el "certificado antimafia" (el documento que garantiza que el negocio está limpio y libre de asociaciones criminales) para los negocios del clan. Sin este certificado, los camorristi no habrían sido capaces de licitar contratos públicos.
    Un día a principios del 2000, ella conoció al camorrista Michele Fontana, conocido como Sheriff, quien le dijo que tenía una sorpresa para ella. La sentó en el asiento del copiloto, desde donde ella inmediatamente pudo escuchar ruidos provenientes de la cajuela. Cuando Capone le pidió una explicación, Sheriff sólo le dijo que no se preocupara. Manejaron por un rato y llegaron a una suntuosa residencia campestre en las afueras de Caserta, a unos treinta kilómetros al norte de Nápoles. En ese momento, Michele Zagaria —uno de los jefes más poderosos del clan casalese, condenado de por vida y finalmente arrestado en diciembre de 2011 tras haber vivido como fugitivo por 16 años— emergió del maletero y entró a la casa. Conmocionada por la presencia del jefe, Capone no pudo hablarle a pesar de que ambos habían sido socios en negocios exitosos durante años. De acuerdo con varias fuentes, el jefe tomó su lugar en el centro de la sala, la cual estaba cubierta de mármol exótico y representaba sólo una de sus numerosas propiedades, y comenzó a hablar de contratos, materiales, construcciones y de tierras; todo esto mientras acariciaba a un tigre amarrado con correa. Era una escena cinematográfica y casi mítica salida del tipo de imágenes que las familias del crimen usan para fortalecer su poder.

    Criada en el entorno de los Camorra, Capone era una pequeña mujer con un carácter fuerte, capaz de intimidar a quien fuera cuando hablaba de negocios. Creció bajo la guía de Anna Mazza, esposa del jefe del clan Moccia y la primera mujer en Italia en ser acusada por crímenes relacionados a la mafia debido a su papel como cabeza de una de las asociaciones empresariales y criminales más poderosas del sur de Italia. Mazza —quien inicialmente tomó ventaja de la reputación de su esposo, Gennaro Moccia, asesinado en los setenta— pronto asumió el rol de lideresa del clan. Conocida como la viuda de los Camorra, ella fue el cerebro de la familia Moccia por más de veinte años. Mazza instituyó una especie de matriarcado dentro de los Camorra. Ella quería sólo a mujeres en posiciones de prestigio porque consideraba que las mujeres están menos obsesionadas con el poder militar y son mejores mediadoras. Ésta era su manera de operar la organización.

    Ya que había aprendido de Mazza, Capone era capaz de construir una red empresarial y política importante. Muchos camorristi la cortejaron para poder volverse consortes de una jefa de alto rango, compartiendo tanto su cama como sus tratos empresariales. Sin embargo, fueron los talentos de Capone los que le trajeron su propia muerte. En noviembre de 2004, pocos meses después de que la mafia eliminó a su esposo, la mataron en una carnicería en Sant'Antimo, en la provincia de Nápoles. Ella tenía solamente 37 años. La policía nunca supo el motivo del asesinato, pero podría ser que los clanes no hayan apreciado su intento de subir de rango. Su feroz ambición pudo haberlos asustado y, dada su perspicacia en los negocios, podría ser que ella incluso haya intentado establecer un gran trato por su cuenta, independiente de la familia casalese. La única certeza que tenemos es que Capone navegó exitosamente entre las presiones, limitaciones y expectativas que se les imponen a las mujeres para poner su propia marca en la historia de la mafia.
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