lunes, 16 de noviembre de 2015

"Mamá, me tienen secuestrado los Zetas" en un campo de concentración para trabajar y ser sicario

  • lunes, 16 de noviembre de 2015
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    Ring. Ring.

    - ¿Aló?

    - Mamá, oiga, escuche bien…

    - ¿Brandon?

    - Sí, mamá, escuche bien, por favor…

    - Brandon, ¿qué pasa?

    - Mamá, me tienen secuestrado los Zetas. La amo mucho, cuídese y ore por mi, porque tal vez no salga vivo…

    - ¿Pero cómo…?

    - Adiós, mamá. La amo.

    - ¡¿Brandon?!

    La llamada se cortó. Catorce segundos pueden cambiar una vida completamente.
    ***

    Fue la mañana del 6 de febrero de 2008, Brandon Hernández Salgado, de 35 años, tomó sus únicos tres pantalones de mezclilla, tres camisas, una chamarra, cien dólares ahorrados en ocho meses y salió de casa.
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    Sin esposa e hijos, abandonar el pueblo árido y pobre donde nació resultó más fácil para el joven electricista que para muchos de sus amigos, quienes durante años soportaron en silencio la pobreza de Huehuetango, Guatemala, hasta que se hartaron y también caminaron rumbo a Estados Unidos.

    Cerró la puerta de lámina, caminó un sendero de tierra y tomó el teléfono público de la colonia para avisar –no pedir permiso, como acostumbraba– a su madre, Amelia Salgado, que ese día empezaría su trayecto rumbo a Phoenix, Arizona, donde le aguardaba un trabajo de jardinero en las casonas del condado de Maricopa.

    Con voz calmada, Brandon explicó a su mamá la ruta: Chiapas, Tabasco, Veracruz, Tamaulipas, Estados Unidos. Lo dijo, recuerda Amelia, como si aquello no fuera un trayecto donde miles mueren cada año. Despreocupado, relajado, bromista.

    “Donde llegue, le llamo. Cada tres días sabrá de mi y cuando llegue a Estados Unidos le empiezo a mandar unos dólares. Esto ya no se puede soportar más. Igual y si me ven guapo, hasta me hago actor, ¿eh? Bueno, mamá, me voy y perdón por no pasar a verla, pero es más fácil así”, dijo Brandon aquella mañana, desde la calle.

    No tenía idea de lo peligroso que es caminar por México.
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    ***

    Brandon cruzó la frontera de su país y llegó a Arriaga, Chiapas, el 7 de febrero de 2008. Comió y durmió cerca de las vías por seis horas, hasta que la marcha del tren “La Bestia” lo sacudió. En esa primera corrida, prefirió no subir y observar cómo lo trepan los migrantes expertos o polleros veteranos que conocen los secretos de ese tren que mutila personas.

    En la segunda corrida, Brandon se sintió listo. Trotó junto al tren en movimiento, tomó con una mano la escalera pegada al vagón, se dejó arrastrar por la fuerza del tren, subió, escaló al lomo de “La Bestia” y con su cinturón se amarró a un techo para no caer a las vías si se quedaba dormido.

    Brandon sonrío. El primer paso estaba hecho.

    Llegó a Tenosique, Tabasco y desde ahí llamó a Amelia para decirle que todo iba bien, que no hubo asaltos ni extorsiones y que, tal vez, eso de que México se ha vuelto un país inseguro es una estrategia del gobierno para que nadie intente llegar a Estados Unidos.

    “Me dijo ‘mamá, está bien fácil esto. Sólo hay que subirse al tren y te lleva derecho al norte’. Yo sólo le pedí que se cuidara, que no fuera a hacer locuras”, recordó su mamá.

    La siguiente parada fue Amatlán de los Reyes, Veracruz, donde se supone que Brandon haría un alto en el camino, pediría un pan y agua a las mujeres activistas promigrantes llamadas “Las Patronas” y dormiría un poco para recobrar la fuerza que arrebatan los 41 grados centígrados de la zona. Luego, continuaría su camino.
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    Pero ahí todo se desvaneció. Brandon nunca volvió  a llamar. El 9 de febrero de 2008, el joven electricista comprobó lo terriblemente cierto que pueden ser las noticias sobre México.

    ***

    El informe F-36211/2008 de la Policía Nacional Civil de Huehuetango, Guatemala –en nuestro poder– da cuenta de lo que sucedió durante aquellos días en los que a Brandon y a Amelia  se les fue la vida.

    Según testigos consultados por la dependencia, a 10 kilómetros de Amatlán de los Reyes, un comando armado identificado como parte del grupo criminal Los Zetas bajó del tren a unos 20 migrantes; tres se resistieron y fueron asesinados a balazos, el resto se resignó a dejarse amarrar de pies y manos por los encapuchados, quienes los subieron a una camioneta que avanzó hacia una zona conocida por los lugareños como “El Martillo”, un sembradío de droga que opera como un campo de concentración.

    Ahí las historias tienen en común el sello violento de los Zetas: los secuestrados deben trabajas hasta 20 horas al día sembrando y recolectando droga bajo un sol inclemente, poco agua y casi nada de comida; si se cansan, protestan o duermen más de la cuenta, los golpean con tablas de madera hasta que les rompen los tobillos y, una vez así, los fusilan y los entierran en algún paraje abandonado.

    Las autoridades les llaman “secuestrados”, porque técnicamente hay un “rescate”, pero este es diferente a los que se suelen pedir: en lugar de llamar a un familiar y pedir una cantidad de dinero a cambio de su liberación, es el secuestrado quien debe trabajar para generarle cierta ganancia económica a sus captores y así comprar su propia libertad.

    Eso es lo que presume la policía guatemalteca que pasó con Brandon: el 9 de febrero de 2008, fue reclutado a la fuerza por los Zetas, quienes lo retuvieron por tres meses. Y en algún momento de mayo de aquel año, sus captores lo perdieron de vista, él encontró un teléfono y marcó a su casa.

    Ring, ring.

    “Yo estaba haciendo la comida… fue horrible, espantoso. Yo llevaba semanas sin dormir, sin saber nada, ¿por qué no me llamaba Brandon? Sonó el teléfono y supe que era él, pero no me imaginé la noticia de que estaba secuestrado”, narró Amelia.

    Brandon avisó en catorce segundos. Su mamá se desmayó. Cuando recobró conciencia, acudió a la policía, donde levantaron un acta por desaparición y le avisaron que ahorrara para el funeral, porque si los Zetas se dieran cuenta que Brandon llamó, él ya estaría muerto.

    “Yo pensé: si pudo tomar un teléfono, tal vez se escapó. Y en vez de ahorrar para el funeral, pensé que quería ahorrar para hacerle una comida ahora que regresara”, dijo.

    ***

    Pasó 2008, 2009, 2010, 2011, 2012 y un tercio de 2013 sin que hubiera noticias sobre el parado de Brandon, aunque Amelia haya pisado México tres veces para suplicar por una avance en las investigaciones.

    Desde entonces, aseguró, no come, no duerme, no vive. Bajó 20 kilos, la tristeza se le arremolinó en los ojos y sólo habla de investigaciones, crimen, expedientes, policías, desaparecidos, Brandon, Brandon, Brandon, siempre Brandon es su tema de conversación. Y ellos. Los “desgraciados”.

    “Así son esos desgraciados: los secuestran y los mantienen como desaparecidos. No avisan a nadie, ellos solitos deben pagar su rescate, ¿Cuánto? Lo que ellos digan, lo que ellos fijen como rescate… pero lo voy a encontrar”, me comentó Amelia en marzo, cuando hablamos vía telefónica por primera vez.

    La segunda vez fue en abril. Dijo que todo seguía igual, pero que sentía en el corazón –como pocas veces le había pasado– que Brandon estaría pronto en casa de nuevo.
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    “Ay, mi Brandon, ya viene ese muchacho. Yo lo siento, lo siento aquí, en el corazón, que ya viene ese muchacho. Lo imagino cansado, ya no es el mismo, pero es mi hijo y lo voy a recibir con mucho amor”, contó Amelia, ahora de 68 años.

    La tercera ocasión fue hace dos semanas. Del otro lado de la línea, la voz de Amelia sonaba metálica, dura, distante.

    - Qué bueno que me llama… ya encontraron a Brandon…

    - ¡En serio! ¿Cómo está? ¿Está bien?

    - No… lo encontraron en una fosa…

    - … Amelia…

    - Sí… no quiero hablar

    - Entiendo, señora.

    - Adiós y gracias.

    - Adiós.


    Ahora fueron 12 segundos.

    ***

    El informe de la Policía Nacional Civil de Huehuetango, Guatemala, es escueto en detalles: los testigos consultados que aseguran haber convivido con Brandon durante su secuestro a manos de los Zetas confirman que pasó tres meses en “El Martillo”, hasta que una indisciplina –probablemente la llamada telefónica– le causó una golpiza y que lo vendieran a otra célula del grupo criminal.

    Para salvar su vida, Brandon habría trabajado como sicario en Nuevo León, hasta que en una balacera en Cadereyta fue asesinado por un grupo rival, aliado de El Chapo Guzmán y el cartel de Sinaloa.

    Sólo Brandon sabe cuánto tiempo trabajó como asesino para pagar su rescate, si tuvo más trabajos con la mafia, si estuvo cerca de ser liberado o si fue cierto que algún día lo dejarían ir. Sólo se sabe que lo encontraron en abril de 2013 con tres disparos, dos de ellos en el cráneo, que lo mataron al instante.

    Lo único cierto es que Brandon sí regresó a Huehuetango, como lo predijo Amelia, pero con la marca de los Zetas: en un ataúd cerrado, con el cuerpo y rostro irreconocibles. Y que al día siguiente de su funeral, Amelia huyó de su casa, en la que durante cinco años esperó el regreso con vida de su hijo.

    Ring, ring. Amelia ya no contesta el teléfono.
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    2 comentarios:

    1. Que triste ojalá y se mueran todos eso perros secuestradores de mierda que selos carge la chingada por ser unos mierdas pendejos malditos pudranse perros cobardes............

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    2. arriaga es una ruta de migrantes.
      tenosique es otra ruta.

      como empeso en arriaga y despues en tenosique.
      el relato tiene incosistencias ilogicas.

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