lunes, 30 de marzo de 2015

"Pude convertirme en el segundo Pablo Escobar y lo rechacé" Sebastián Marroquín hijo del famoso capo

  • lunes, 30 de marzo de 2015
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    Por Alejandro Mendoza/VICE
    (NARCOVIOLENCIA)"Soy la primera persona que verdaderamente tuvo en sus manos la oportunidad de convertirse en Pablo Escobar 2.0 y fui el primero en rechazarla", me dijo Sebastián Marroquín, hijo del famoso narcotraficante colombiano, mientras platicábamos de su libro: Pablo Escobar, mi padre. "Yo viví en ese mundo. A mí nadie me lo contó, no lo leí en ningún libro ni lo vi en ninguna serie de televisión".

    Sebastián Marroquín —quien nació bajo el nombre de Juan Pablo Escobar en 1977— es un arquitecto, diseñador y conferencista que actualmente vive en Argentina. A sus 14 años su cabeza valía cuatro millones de dólares y los enemigos de su padre lo querían muerto. Ahora, después de libros, películas y series de televisión que se han hecho sobre la vida de Pablo Escobar, es precisamente su hijo quien escribió la historia desde un punto de vista más íntimo: el familiar. Me senté con él a platicar sobre cómo fue crecer con lujos, por qué no se convirtió en el sucesor de uno de los capos más poderosos y el panorama actual del narcotráfico y legalización de las drogas.

    Entrevistador: ¿Por qué decidiste escribir este libro ahora?
    Sebastián Marroquín: Porque me gusta hablar de último. Quise esperar a que todos contaran sus versiones y ahora que no hay nada más que decir, yo cuento la verdad. También pasó el tiempo necesario para sentir que las amenazas que pesaban sobre nosotros ya habían perdido vigencia y así poder revelar estas historias. Tampoco quiero que a mi hijo le vayan a echar cuentos sobre la vida de su abuelo.

    A diferencia de otras cosas que se han hecho sobre la vida de tu padre, ¿qué encontrará el lector en este libro?
    Mi padre es un personaje que, sin quererlo o no, llegó a convertirse en un mito gracias a los medios de comunicación, ya que su historia se ha tratado con mucha irresponsabilidad. Cualquier cosa que yo me pudiera inventar podría tener algún tinte de veracidad. El lector incauto, que ha sido bombardeado con una gran cantidad de libros y series relacionados con la historia de mi padre, se traga todos los cuentos sin sentarse a meditar si lo que le están contando es cierto o no. Hay una dificultad para verificar esas historias, porque no había con qué contradecirlas, pero ahora este libro reescribe la historia de Pablo Escobar tal cual como sucedió.

    ¿Qué piensas de la versión ficcionada de tu padre?
    Creo que insulta la historia de un país, no solamente la historia de mi padre. No respeta la verdadera memoria de lo ocurrido. No cuenta las cosas en su contexto y pone al narcotráfico como algo glamuroso, que es una actividad que no debería de ser embellecida en ningún sentido. No deja un mensaje claro ni transmite ningún nivel de conciencia para que las personas sepan que es un personaje que no debería ser imitado para nada.

    Creciste en este mundo, ¿en qué momento te diste cuenta de que tu familia no era normal?
    Mi padre nunca me mintió al respecto. Él asumió su profesión y siempre me dijo: "mi profesión es bandido".

    ¿Qué pensabas de esta profesión?
    Yo no podía cambiar a mi padre. Yo nací hijo de Pablo Escobar y él era bandido. Dentro de casa nunca abandonó su verdadero rol como padre y lo cumplió a cabalidad. Él eligió ser un bandido y toda su vida se encaminó exclusivamente a ello. Era un padre responsable en cuanto a los cuidados, afectos y educación de sus hijos, pero fuera de casa fue el bandido más grande del siglo XX.

    ¿En algún momento formaste un juicio sobre lo que él hacía?
    No, porque soy hijo de mi padre. No puedo ser juez y parte, y yo soy parte de él. Yo crecí en una cultura que reza: "Honrarás a tu padre y a tu madre". Sólo recibí amor de su parte, así que cualquier juicio de valor que emita va a tener el tinte del amor que tengo hacia él, que es un amor incondicional.

    Eso no evita que tuvieras una opinión sobre sus actividades.
    No, ese amor incondicional tampoco me cegó. Me permitió ver a través de él, con claridad, todos los crímenes y el dolor que le causó a muchas personas. Nunca quedé con pendientes con mi viejo. Yo se lo dije de frente más de una vez y en vida. Le expresé mi fuerte oposición y rechazo a su violencia, porque justamente fui consciente y testigo de toda la violencia que generó contra las personas, la sociedad e instituciones. Fue una violencia que siempre volvió hacia nosotros con creces.

    Tu padre fue el primer narcotraficante en la lista de los hombres más ricos de Forbes, ¿extrañas los lujos?
    Nunca me sentí tan millonario ahora que soy tan pobre. Ahora que no tengo nada de lo que tuve, soy mucho más rico que antes porque soy un hombre libre. Mi padre, con toda la fortuna que tuvo, nunca pudo comprar su libertad, su tranquilidad, ni la de su familia. Y fue esa fortuna la que terminó llevándolo a su propia muerte.

    ¿Hubo algo que no supieras de él, que te hayas enterado por los medios y que te haya afectado mucho?
    La muerte del ministro Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por órdenes de mi padre en el 84. Esa fue una noticia que no solamente me impacto a mí, siendo un niño de siete años, sino que afectó a todo un país y cambio para siempre la cultura de la violencia y enfrentó al narcotráfico contra las instituciones.

    ¿Qué pensabas que iba a pasar con tu padre? ¿Esperabas que fuera a terminar de esa manera?
    Cuando él se entregó a la Cárcel La Catedral, tuve la esperanza de que iba a aprovechar esa segunda oportunidad que le dio el país. Pensé que iba a confesar sus crímenes y a pagar una larga condena. Soñé, ingenuamente, que iba a ir a visitarlo durante muchísimos años ahí, pero que al final iba a llegar el momento de su libertad y de su verdadero reingreso a la sociedad. Le creí cuando decía que soñaba con estudiar periodismo y que se iba a educar dentro de la cárcel. Pero rápidamente, debido al tamaño de la organización que había construido y por sus decisiones equivocadas, cometió el error de ordenar el asesinato de sus socios desde adentro de la misma cárcel y hasta ahí llegó esa única oportunidad que tuvo.
    El autor y Sebastián Marroquín.

    ¿En algún momento pensaste en continuar con su organización?
    No, mi papá fue muy claro en eso. Nunca me dijo que le encantaría que repitiera su historia, que fuera como él o que continuara sus pasos. Jamás pronunció algo semejante. Al contrario, siempre me dijo: "Si quieres ser médico, yo te voy a regalar el mejor hospital de Medellín. Si quieres ser estilista, te voy regalar el mejor salón de belleza, lo que tú quieras ser en la vida. Elige con libertad y aprovecha las oportunidades que te puedo dar y que yo no tuve".

    Mi cabeza valía cuatro millones de dólares cuando yo tenía 16 años y no había tirado la primera piedra. ¿Por qué? Por el delito de ser portador del ADN de mi padre. No porque yo hubiera cometido algún acto de violencia o me hubiera convertido en un jefe mafioso ni mucho menos. ¿Para que me iba a convertir en jefe mafioso si mi padre ya era el gran jefe? Yo estaba dedicado a disfrutar de la fortuna y los regalos que él me daba.

    En el libro mencionas las excentricidades de tu papá, ¿cuáles eran las tuyas?
    Las mías eran las motos, sobre todo, que eran mi pasión y hasta ahora lo siguen siendo. Pero mira, tú te puedes montar en una sola moto a la vez, ¿para qué tener 30? Pero cuando el presupuesto era ilimitado y nadie me decía que no, simplemente pedía y pedía y llegaban y llegaban. Hablé de esas excentricidades porque es la vida de excesos en la que empezamos a vivir, pero todo eso se perdió. Por más que alguna vez comimos en una vajilla de oro, la vajilla hoy no está. No queda ni un plato.

    Tenías drogas a la mano, ¿eras consumidor?
    No. Mi padre me educó muy bien con respecto al tema de las drogas. Yo crecí más expuesto a las drogas que cualquier niño. Mi padre era el Willy Wonka de la cocaína. Un día en la hacienda Nápoles, tenía ocho o nueve años, me llamó y me senté con él. Estábamos a solas cuando sacó todas las drogas y las puso sobre la mesa. Me dijo: "Mira, ésta es la mariguana, ésta es la cocaína, éste es el crack... Probé todas, menos la heroína. Sólo soy un consumidor habitual de mariguana. Cuando me ves caminar por allá solo, es porque estoy fumando mariguana. No lo hago delante de ti o de tu mamá porque los respeto". Después me describió los efectos de cada una, con un nivel de detalle muy preciso. Por último agregó: "Si algún día te asalta la curiosidad y tienes tantas ganas de probarlas, pues vienes y las probamos juntos para que veas que es una tontería y no es tan importante o tan oscuro como lo han planteado y listo". Esa plática me hizo entender que en mi mundo y en mi vida, las drogas iban a estar legalizadas por siempre. Motivo por el cual, aún después de fallecido mi padre y muchos años después, recién a los 28 años probé la mariguana por primera vez en mi vida. Esa conversación fue un verdadero antídoto que ahora quiero transmitir.

    ¿Esto significa que crees en la legalización?
    Creo que puede ejemplificar y puede mostrar la verdadera eficacia que tiene cuando los niños somos abordados por nuestros padres y las instituciones nos educan acerca de las drogas, nos informan bien y nos permiten elegir no consumirlas. Pero no es a punta de pistola, como quiere el estado evitar que las personas consuman. Cuando se practican esas políticas prohibicionistas lo único que hacen es generar una incitación y un desafío al ser humano para que en definitiva termine más tentado a consumirlas.

    ¿Cuál sería una alternativa para combatir el narcotráfico?
    Hay que declararle la paz, no la guerra. Si queremos seguir jugando a policías y ladrones, entonces hay que seguir prohibiendo. Si queremos seguir viendo el vaciamiento de los valores humanos, la destrucción de nuestros seres queridos, el desafío permanente a la democracia por parte de personas que tienen un ilimitado poder económico y militar, entonces hay que seguir prohibiendo. A mayor prohibición, mayor violencia. Ya llevamos 40 años de evidencia que de manera ininterrumpida de políticas prohibicionistas se ha generado un mayor río de sangre por toda Latinoamérica.

    Todo el mundo cae. Mi papá cayó y cayó el Cártel de Cali y ya hasta perdimos la cuenta de cuántos jefes mafiosos muy poderosos han caído y el negocio nunca se afectó. ¿Has visto que la droga falte en las calles? No. Es una guerra absurda que lo único que está patrocinando es la corrupción. Es hora de que despertemos.

    El problema en México es que el narcotráfico ya esta arraigado en la sociedad, incluso ya se habla de una narcocultura.
    Es que un narcotraficante no es un héroe. Es una persona que ocupó un vacío que dejó el estado, un vacío que nunca debió de haber existido. Esa cultura narco, o narcocultura, como le llaman, ha contribuido a que más chicos sueñen con la posibilidad de convertirse en narcotraficantes. Esas historias se han contado con un total sentido de irresponsabilidad y no les ha importado el mensaje que queda después de que han sido transmitidas. Han contribuido a que el narcotráfico se convierta en una actividad aspiracional. No quiero que los jóvenes vayan a caer en el error de querer ser Pablo Escobar. Muchos chicos me siguen por las redes sociales y me dicen: "Tu padre era un cabrón, era un tipazo, yo quiero ser como tu papá". Y bueno, yo también lo quiero mucho, lo adoré, pero yo no me quiero convertir en mi papá. Lean mi historia, aprendan de ella y van a entender por qué razón, o por cuántas razones, no me quise convertir en alguien como él.
    Tienes relación con algunas de las familias de las víctimas de tu padre, ¿cierto?
    Sí y no solamente con las del documental Pecados de mi padre, sino con muchas otras que aparecieron después. He hablado con víctimas del Avión de Avianca y con personas que pertenecían al Cártel de Cali que fueron víctimas de la violencia que mi padre ejerció. Con esto, lo que quiero explicar es que yo no solamente me junto con las víctimas civiles, sino con todas, porque hubo víctimas en todos los sectores de la sociedad.

    ¿Por qué haces esto?
    Porque yo creo en la reconciliación. He visto y sentido un país entero —no importa si son narcos o policías—, harto de la violencia que genera ese negocio y esa prohibición. Están verdaderamente deseosos por encontrar caminos alternativos a la guerra para llegar a una verdadera paz.

    ¿Cómo fue el acercamiento?
    Con los Galán y los Lara (hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla) fue porque yo les escribí una carta y se las envié a ellos en el marco del documental. La recibieron y Rodrigo Lara me la respondió tres meses después con su visita intempestiva en Buenos Aires. Los Galán tardaron seis meses en responder. No te puedo decir que hemos construido una amistad pero me parece que se restituyó una relación en la que todos concluimos que al final terminamos huérfanos por culpa de la violencia. Lo que hay que valorar es que ninguno de nosotros, como hijos, quisimos utilizar la excusa del odio para seguirnos dañando.

    ¿Cómo afectó tu vida ser hijo de Pablo Escobar?
    En todos los sentidos. Yo me he propuesto construir mi propia identidad y mi propia historia, no por el cambio de nombre, pero simplemente aprendí que al final de cuentas nuestra identidad verdaderamente la construimos a través de nuestros actos. Sean actos de bien o de mal, ésa es la imagen final y ésa es la historia que vamos a ir construyendo. Así que yo no ando quejándome ni lloriqueando. Lo que he querido y por lo que he luchado es para que se nos reconozca como individuos y que no se nos trate o se nos incluya en la misma bolsa. Todos los narcotraficantes tienen familias y no necesariamente son sus cómplices en las actividades criminales. Hay un rechazo idealizado y una discriminación de la sociedad a las familias de los narcos que es injusta. Ése es mi caso y el de mi familia. Queremos ser útiles a la sociedad, queremos ser personas de bien. No creemos en la violencia porque la experimentamos en carne propia.

    ¿Qué fue lo mejor y lo peor de ser hijo de Pablo Escobar?
    Lo mejor fue el amor. Lo peor, la violencia.

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