viernes, 13 de marzo de 2015

Sicario. Confesiones de un Asesino Profesional, yo mate, secuestre y torture por encargo PAGINA 4

  • viernes, 13 de marzo de 2015
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    “Nunca supe el nombre de la gente con la que me involucraba”, prosigue. “Había alguien que comandaba a mi grupo, ése sabía todo. Pero si tu trabajo consiste en ejecutar gente, eso es lo único que haces. No conoces la razón ni sabes sus nombres. Podía pasar un mes en una casa de seguridad con una víctima sin dirigirle la palabra. Si me decían que lo matara, lo hacía. Lo llevábamos al lugar donde lo íbamos a ejecutar y lo desnudábamos. Lo matábamos exactamente de la forma en que nos pedían —disparo en la nuca, ácido en el cuerpo. Había veces en que estabas estrangulando a alguien y de pronto recibías una llamada —‘No lo maten’— así que tenías que saber cómo resucitarlo o si no nos mataban a nosotros, porque el de arriba nunca se equivoca”.

    Todo está contenido, sellado. Durante un tiempo usaron niños para robar coches, pero los niños, unos 40, se volvieron arrogantes, hablaban de más y vendían droga en los antros. Eso violaba el pacto que había con el gobernador de Chihuahua para mantener tranquila la ciudad. Así que una noche, hace unos 10 años, 50 policías, y como 15 miembros de la organización que tenían que asegurarse de que el trabajo se hiciera bien, rodearon a esos niños en Avenida Juárez. No fueron torturados. Los mataron de un solo tiro y los enterraron en un hoyo.

    “No”, sonríe. “No te voy a decir dónde está ese hoyo”.

    Tiene problemas para recordar algunas cosas.

    “Me levantaba en la mañana y me echaba una raya”, explica, “luego, un vaso de whisky. Después almorzaba. Nunca dormía más de un par de horas, pequeñas siestas. Es difícil dormir en tiempos de guerra. Estaba alerta aunque tuviera los ojos cerrados. Dormía con una AK-47 cargada en un lado, y una .38 en el otro. Los seguros nunca estaban puestos”.

    Me pregunta si sé algo de las casas de seguridad. “Se necesitaría un libro entero para hablar de ellas. Después de todo, yo sé que hay 600 cuerpos enterrados en las casas de seguridad de Juárez, y sé dónde están. Existe una casa de la que nunca se ha hablado donde hay 56 cadáveres. Hay un rancho en donde las autoridades encontraron dos cuerpos, pero yo sé que ahí hay 32 muertos. Si la policía realmente investigara los encontraría. Pero claro, no puedes confiar en la policía”.

    Está especialmente interesado en saber si tengo información acerca de las dos casas de seguridad descubiertas el invierno pasado. Le digo que encontraron nueve cuerpos en una y 36 en la otra.

    No, no, insiste, en la segunda había 38, dos de ellos mujeres.

    Dibuja el plano de la casa con cuidado. A una de las mujeres la mataron por hablar de más. La otra fue un error. Eso a veces pasa, aunque los jefes no lo admitan. Quiere hablar de la casa de los 38 cuerpos. Tiene memorias guardadas ahí.

    Yo recuerdo estar parado en la calle polvosa, llena de silencio, mientras las autoridades hacían el show de desenterrar a los muertos. A 800 metros había un hospital al que llevaron a unos balaceados en primavera, pero los asesinos los siguieron y los mataron en Urgencias. También mataron a un compadre en la sala de espera.

    “Los narcos”, me explica, “tienen informantes en la DEA y el FBI. Trabajan para los cárteles hasta que ya no sirven. Después los matan”.

    Y los que informan a la DEA o al FBI “mueren de mala manera”.

    Se explica.

    “Los trajeron esposados por la espalda a la casa donde encontraron los 36 cuerpos. Mojaron unas camisetas en gasolina, se las pusieron en la espalda, les prendieron fuego y, después de un rato, se las quitaron. La piel quedó pegada a la ropa. Los dos gritaban como cerdos en el matadero. Les inyectaron algo para que no perdieran la conciencia. Después les pusieron alcohol en los güevos y se los prendieron. Brincaron tan alto… estaban esposados y aún así nunca vi a nadie brincar tan alto”.

    Ahora nos descubrimos. Todas las máscaras han caído al piso. Este veterano, el sicario profesional, me está conduciendo a una misión clave que él completó.

    “Sus espaldas parecían piel curtida, no sangraban. Les pusieron bolsas de plástico en la cabeza para asfixiarlos y luego los revivían frotándoles alcohol en la nariz”. “Todo lo que nos decían era: ‘Nos veremos en el infierno’ ”.

    “La cosa siguió así durante tres días. Apestaban a carne quemada. Trajeron a un doctor para que los mantuviera con vida. Querían que aguantaran otro día más.

    Empezaron a cagar sangre. Les metieron un palo de escoba por el culo”.

    “Al segundo día llegó alguien que les dijo: ‘Les advertí que esto iba a suceder’ ”.

    “ ‘Mátanos’, contestaron”.

    “Aguantaron tres días. El doctor tuvo que emplearse a fondo, los inyectaba para que no murieran. Finalmente fallecieron a causa de la tortura”.

    “Nunca le pidieron ayuda a Dios. Sólo gritaban: ‘Nos veremos en el infierno’ ”.

    “Los enterré bocabajo y les eché cal viva”.

    Está excitado. Todo está de regreso.

    Puede sentir la pala entre sus manos.

    Ahora está tranquilo. Está repasando sus años malignos, dice, sólo para mi beneficio. Agarra los dibujos —el de cómo hacer una ejecución, el plano de la casa—, observa los patrones verdes que ha trazado y lentamente los parte en pequeños cuadritos para que la hoja no pueda ser reconstruida.

    Hasta finales de 2006 trabajó para diferentes grupos en todo el país, grupos que, por lo general, se llevaban bien. Había pequeños momentos, como cuando los otros quisieron adueñarse de la plaza de Juárez, en que tenían que ponerlos en cintura. Pero en general su vida transcurría tranquila. Tan tranquila que no necesitaba saber para quién trabajaba.

    “Recibía órdenes de dos personas. Ellos me manejaban. Nunca sabía para qué cártel trabajaba. Entonces Vicente Carrillo estaba en guerra con El Chapo Guzmán. Pero nunca conocí a ningún jefe, así que cuando empezó la guerra en 2006, no supe para quién maté. Y las órdenes podían ser de uno o de otro. Yo vivía en una célula y simplemente recibía órdenes. En Juárez bastan 30 minutos para que 60 tipos armados y entrenados se junten en 30 coches y salgan a las calles para mostrar su poder.
    “Luego, empezamos a recibir órdenes de matarnos entre nosotros”.

    Lo secuestran, pero es liberado una hora después. Se molesta, y empieza a pensar en escapar de esa vida. Pero eso no es fácil, ya que si renuncias te matan. Mientras la guerra escala de nivel, comienza a distanciarse de la gente que conoce y con la que trabaja. Trata de diluirse. Hoy, un tercio de la gente que conocía ha muerto —“se volvieron inservibles y los mataron”.

    No conoce al jefe, de hecho, ni siquiera está seguro de quién es. Bebe en casa. Las calles son demasiado peligrosas. Llega gente nueva que no conoce. No está a salvo.

    Así que huye.

    Se confiesa con un amigo. Y el amigo lo traiciona.

    En este momento, se detiene. Sabe que cometió un grave error. Violó una regla fundamental: sólo puedes ser traicionado por alguien en quien confías. Sobrevives cuando no confías en nadie. Pero siempre está ese trozo de humanidad en todos nosotros, que nos hace sentir la necesidad de confiar en alguien, de llamarlo “amigo”, de compartirle tus sentimientos. Y esa necesidad es mortal. Es la misma necesidad que él explotó durante años, la que usaba cuando subía gente al carro de policía y les decía que todo iba a salir bien si cooperaban, que pronto regresarían con sus familias si mantenían la calma. Y, por Dios, confiaban en él y atravesaban México, pasaban retenes sin decir una palabra, nunca le contaban a nadie que habían sido secuestrados. Confiaban en él mientras los torturaban en las casas de seguridad. Ayudaban a limpiar la casa, a trapear el vómito y la sangre. Componían canciones. Confiaban en él hasta el instante previo a que los estrangulara.

    Así que su amigo lo delata. Lo levantan a las 10 de la noche y esta vez lo sueltan hasta las tres de la mañana.

    Algo ha cambiado dentro de él, pero otras cosas permanecen igual. Cuatro hombres lo llevan a una casa de seguridad. Le quitan la ropa y lo dejan en shorts. Lo golpean con bolas de billar.

    Pero sabe que son amateurs. Ni siquiera lo esposan y eso le molesta. Mientras lo siguen golpeando, reza, reza, reza. También se ríe porque su incompetencia le horroriza. No lo han vendado y los golpes no lo inutilizan. Mientras los observa, calcula en su mente cómo los va a matar, uno, dos, tres, cuatro, así de fácil.

    Y al mismo tiempo le reza a Dios y le pide ayuda para que no los mate, para que pueda terminar con su vida de asesino. Mientras se sienta en el cuarto, bebiendo café y recordando ese momento, su rostro cobra vida. Está encendido. Se acerca al momento de la salvación. Hay quien pretende aceptar a Cristo, dice, pero en ese momento él podía sentirse lleno de Cristo. Podía sentir paz.

    Le apuntan con rifles. No puede dejar de reír.

    “Tenía miedo”, explica, “porque sabía que tendría que matarlos a todos”.

    Dos de los hombres armados se marchan. Otro va al baño. Mira al que se queda con él.

    “El tipo me dice: ‘No tengo problemas contigo. Alguna vez me aconsejaste que tuviera cuidado o acabaría muerto. Me hiciste un favor’ ”.

    “Y yo le pido a Dios que me ayude porque no quiero matar a esas personas. Y en ese momento lo puedo hacer rápidamente”.

    “El tipo voltea y me dice ‘lárgate’ ”.

    Abre la puerta y sale corriendo sin zapatos, sin ropa.

    Ahora su semblante es severo. Ha llegado hasta aquí, el momento que le ha permitido hacer el recuento de sus secuestros, de las torturas y los asesinatos. Está vendiendo algo y ese algo es Dios. Está creyendo, y lo que cree, basado en su propia experiencia, es que cualquiera puede redimirse. Y que es posible abandonar la organización y sobrevivir.

    Mientras cuenta todo esto, sus pensamientos son como un revoltijo. Está hablando de su salvación, pero al mismo tiempo siente cómo lo arrastran sus crímenes. Ser temido lo llena de orgullo. Recuerda cuando empezó en la policía estatal, el asesinato de Oropeza, del doctor, del columnista. Recuerda que los asesinos de Oropeza fueron sus mentores, sus maestros. Recuerda que, después de ese crimen, las autoridades del estado anunciaron una gran investigación para atrapar a los culpables. Y uno de ellos, un compañero de la policía, se quedó en su estación hasta que el ruido y la charada desaparecieron.

    Está enfebrecido; está viviendo su pasado.

    “La única razón por la que estoy aquí es porque Dios me salvó. Después de todos estos años estoy hablando contigo. Estoy reviviendo cosas que estaban muertas para mí. No quiero ser parte de esta vida. No quiero saber nada. Tienes que escribir esto para que otros sicarios sepan que pueden salirse. Deben saber que Dios los puede ayudar. No son monstruos. Han sido entrenados como las fuerzas especiales del ejército. Pero nunca se dieron cuenta de que en realidad fueron entrenados para servir al diablo”.

    “Imagina que tienes 19 años y que puedes mandar llamar un avión. Me gustaba ese poder. Hasta que Dios me habló, nunca pensé que podía salir de esto. Pero aunque Dios me libere seguiré siendo un lobo. Seguiré siendo una persona terrible, pero Dios estará de mi lado”.

    Me observa mientras escribo en mi libreta negra.

    Su cuerpo parece amenazar sobre la mesa.

    Este es el punto en las historias en que todos descubren quiénes son en realidad.

    “Revelé algo que nunca debí haber dicho. ¿Acaso eres un médium para hablar con otros? Le recé a Dios preguntándole qué debía hacer. Tú eres la respuesta. Vas a escribir esto porque existe un propósito divino en ello”.

    “Dios te ha dado esa misión”.

    “Nadie, salvo los que han vivido esta vida, entenderán esta historia. Dios te dirá cómo escribirla”.

    Luego nos abrazamos y rezamos. Puedo sentir su mano fuerte sobre mi hombro, buscando el poder del Señor dentro de mí.

    Ahora tengo que hacer mi trabajo.

    Así que cada quien emprende su camino.

    Se mueve por el estacionamiento con facilidad, como en un estado de gracia. El sol brilla, el cielo es tan azul que lastima. La vida se siente bien. Sus ojos se relajan y se ríe. Lo veo memorizar mi placa con un gesto rápido, automático. Me dijo que fue bañado en la sangre del cordero, pero sus ojos siguen siendo los de un lobo.
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    Charles Bowden. Periodista y escritor. Colaborador habitual de Harper’s, The New York Times Book Review, Esquire y Aperture. Su libro más reciente es Some of the Dead are Still Breathing: Living in the Future.
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