viernes, 13 de marzo de 2015

Sicario. Confesiones de un Asesino Profesional, yo mate, secuestre y torture por encargo PAGINA 2

  • viernes, 13 de marzo de 2015
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    Eso cambió después de la muerte de Carrillo. Le entró duro a la coca, las anfetaminas y el alcohol; podía estar despierto una semana. También fue en esa época cuando adquirió sus habilidades: estrangulamiento, asesinato con cuchillo y pistola, acribillamiento de coche a coche, tortura, secuestro, y desaparición de personas, a las que simplemente enterraba en un hoyo.

    Menciona el caso de Víctor Manuel Oropeza, un doctor que escribió una columna para un periódico. En ella relacionaba a la policía con el narco. Fue acuchillado en su oficina en 1991.

    “La gente que lo mató fue la que me entrenó. Los sicarios no nacen, se hacen”.

    Él se convirtió en un hombre nuevo en un mundo nuevo.

    A ojos del gobierno estadunidense, la industria de la droga en México está muy organizada, los cárteles están estructurados como corporaciones que realizan juntas de trabajo periódicamente. Pero a ras de tierra, con los sicarios, no hay estructura que valga. Él mata por todo México, trabaja para varios grupos, pero nunca sabe cómo están conectadas las cosas, nunca conoce en persona a los jefes y nunca hace preguntas. Así, recorre los múltiples puestos fronterizos de su imperio subterráneo, pero lo hace sin mapas ni directorios. Pertenece a una célula y sólo puede traicionar al puñado de gente de su célula. Nunca sabrá bien a bien qué cártel le paga.

    Me habla de un jefe —un lugarteniente de Vicente Carrillo Fuentes quien encabezaba el Cártel de Juárez después de la muerte de su hermano(supuestamente fue capturado en el 2014 en un operativo donde no se realizo ni un solo disparo)—, “un hombre lleno de odio, un hombre que odia incluso a su propia familia. Podría cortar a un bebé en frente de su padre para hacerlo hablar”.

    Dice que ese hombre es una bestia. Ahora divaga, está regresando a un tiempo y un lugar que ya abandonó, el coto de caza en el que masacraba y derrochaba cinco mil dólares en una tarde. Recuerda cuando unos fuereños trataron de llegar a Juárez para apoderarse de la plaza, de la frontera. Al principio, la organización los mataba y los colgaba de cabeza. Después, durante un tiempo, les hacían el nudo de corbata colombiano: la garganta cortada, la lengua pendiendo por la raja. Luego hubo una avalancha de “collares”: el cuerpo quemado era encontrado con un remate carbonizado en lugar de la cabeza, los hilos metálicos de las llantas abrazaban a los cadáveres como aros ennegrecidos.

    Ha vivido como un dios que destruye mundos. La habitación está inmóvil, demasiado quieta, la televisión es un ojo en blanco, el beige de las paredes lo anestesia todo, el ventilador da vueltas. Sus brazos descansan en la mesa de madera. Todo se siente sólido, todo está tranquilo.

    Pero su cara refleja miedo. No miedo de mí sino de algo que ninguno de los dos puede definir, una máquina de muerte sin conductor a la vista. No existe un cuartel del que se tenga que escapar, no existe ningún jefe del que deba cuidarse. Alguien dio luz verde y ahora cualquiera que conozca el contrato puede matarlo y reclamar el dinero. El nombre de su asesino es legión.

    Puede esconderse, pero eso sólo compra un poco de tiempo, y si comete un error grave acabará muerto. Sus cazadores pueden ser pacientes. Es como un billete de lotería que un día alguien cobrará. La máquina de matar corre desbocada por las calles, las armas listas, siempre en el camino, sin dirección, merodeando al azar en busca de sangre fresca. El día llega y se va, y matan a 10. O más. Ya nadie es capaz de llevar la cuenta, además, algunos cuerpos simplemente desaparecen y es imposible rastrearlos.

    Me mira.

    “Quiero hablar de Dios”, dice.

    “Llegaremos a esa parte”, le respondo.

    Él es el asesino y no sabe quién está a cargo, así como, por lo general, no sabía la razón por la cual mataba a sus víctimas. Morirá. Alguien lo matará. Y nadie se dará cuenta.

    Ningún lugar es seguro, lo sabe. Una familia estadunidense debía dinero de un negocio, así que secuestraron a uno de sus hijos de 14 años y a un amigo y los trajeron para acá. Un tipo los mató con una botella rota y luego se bebió un vaso de su sangre. Sabe cosas así por lo que ha hecho. Sabe que cruzar la frontera es fácil porque lo ha hecho muchas veces. Sabe que los cateos y los registros son una burla porque ha entrado y salido con armas. Sabe que todo ha sido penetrado, que no se puede confiar en nada, ni siquiera en la solidez de la mesa de madera.

    Las ásperas fogatas que alumbran las chozas de los pobres, el olor acre de pólvora quemada que desprende un cartucho gastado, una olla vieja con aceite donde hierve un cerdo que se convierte en carnitas, las caravanas de autos marchando en la noche, los vidrios polarizados, la procesión va y viene y tú miras pero no observas porque si ellos se detienen, aunque sea por un instante, te levantan y te llevan a la muerte que aguarda, los agujeros que cavan cada mañana en la tierra sucia del camposanto, las tumbas como un acertijo y una promesa enorme, bocas hambrientas a la espera de los muertos de la mañana, de la tarde y de la noche, cuatro personas se sientan afuera de su casa al anochecer, la balas ladran, dos mueren poco después de la descarga, y los otros dos son recogidos por la familia, que los lleva de hospital en hospital y a casas oscuras porque nadie los quiere curar. Los asesinos tienen manera de seguir a su presa hasta la sala de Urgencias para terminar el trabajo.

    Tiene los brazos apoyados en la mesa mientras esas bocanadas de Juárez nos acarician la cara, pero no hablamos de ello.


    No puedo explicar el dibujo de una ciudad que ofrece tanta muerte pero hace lo posible para que todo el mundo se sienta vivo. Así que no hablamos de eso pero de alguna forma lo discutimos con nuestro silencio. Por un momento, los dos intentamos regresar a ser las personas que éramos antes de todas las muertes, de la tortura, del miedo. Él quiere vivir sin el poder que tiene sobre la vida y la muerte, y duda si puede lograrlo sin el dinero. Yo quiero borrar mi memoria, habitar un mundo en el que no sepa nada de sicarios y pueda pensar en la cena y no en los cadáveres frescos que decoran las calles. Hemos seguido caminos diferentes que llevan a la misma plaza, y ahora nos sentamos y hablamos e imaginamos cómo regresar a casa.

    Yo crucé el río hace como 20 años —no recuerdo la fecha con exactitud porque aún no sé qué significa cruzar la frontera, excepto que ya nunca regresas. Sólo sé que la crucé y ahora naufrago en una costa distante. Es como matar. “Háblame de tu primer asesinato”, le pregunto, y me dice que no lo recuerda, y yo sé que no está diciendo la verdad pero que tampoco miente. Algunas veces simplemente no puedes alcanzarlo. Abres ese cajón, tu mano se paraliza y simplemente no puedes alcanzarlo. Está frente a ti pero aún así no lo alcanzas, así que dices que no te acuerdas.

    Tiene una pluma verde y una libreta. Tiene páginas impresas de internet, sobre todo de mí. Ha pasado 10 horas investigándome, dice. Como tantos peregrinos, está buscando un testigo, alguien que pueda entender su vida. Decidió que conmigo sería suficiente. Ahora está relajado. Antes, su cuerpo estaba encorvado, sus hombros amenazantes, y esas manos entrenadas y talentosas… Traía puesta una gorra que escondía su pelo y sonreía de vez en cuando.

    Ahora es alguien diferente, un hombre que ríe, su cuerpo casi fluye, sus ojos ya no son dos carbones negros, ahora están radiantes y bailan mientras habla.

    “No somos monstruos” explica. “Tenemos educación, sentimientos. Yo podía dejar de torturar a alguien, ir a cenar con mi familia y regresar. Desconectas ciertas partes de tu mente. Es un trabajo, sigues órdenes”.

    Durante algún tiempo su pasado estuvo muerto para él, lo desconectó. Pero ahora está de regreso. Piensa que Dios me envió para que otros conozcan su historia.

    Como todos, quiere que su vida tenga un significado, y yo debo escribirlo y mostrárselo al mundo. Debe tener cuidado, por supuesto. Cuando abandonó esa vida hace dos años, la organización le puso precio a su cabeza: 250 mil dólares. No sabe si la cifra ha aumentado, pero no cree que haya disminuido. Por ahora, sabe que Dios lo protege a él y a su familia, pero aún así debe cuidarse.

    “Ya no hago cosas malas”, dice, “pero no puedo dejar de ser precavido. Es un hábito. Así me siento seguro. Ya me han matado dos veces, ¿sabías?”.

    Se levanta la camisa y me enseña las cicatrices de dos ráfagas de AK-47 que recibió en distintos momentos.

    “Estuve en coma durante un tiempo”, prosigue. “Pesaba 130 kilos cuando llegué al hospital, a un narcohospital, y salí pesando 60”.

    Había sido un error. La organización pensó que había filtrado datos sobre el asesinato de un columnista, pero resultó que el informante era el mismo al que le habían pagado para intervenir los teléfonos. Así que lo mataron y luego “se disculparon conmigo y me pagaron un mes de vacaciones en Mazatlán que incluía mujeres, droga y alcohol. Tenía como 24 años”.

    Le da un sorbo a su café. Está listo para empezar.

    Recuerda que cuando le pregunté sobre su primer muerto me dijo que no se acordaba porque en esa época se metía mucha droga y bebía mucho. Es mentira. Se acuerda muy bien.

    “La primera persona que maté… Bueno, éramos policías estatales y estábamos patrullando”, dice. “Le hablaron a mi compañero al celular y le dijeron que el hombre que buscábamos estaba en un centro comercial. Así que fuimos ahí, lo agarramos y lo metimos en el coche”.

    Otros dos sujetos entran en el coche, identifican al objetivo y se van. Son los que están pagando para matarlo.

    Él y su compañero utilizan el código policiaco para homicidio: cuando alguien usa el número 39, quiere decir que hay que matar a la persona.

    El tipo al que levantan había perdido 10 kilos de coca; la droga pertenecía a los otros dos.

    Su pareja conduce, mientras él se pasa a la parte de atrás con la víctima.

    La presa asegura que le dio la droga a otra persona. En ese momento su compañero dice “39” y él lo mata al instante.

    “Era algo automático”, explica. Manejan durante horas con el cuerpo mientras beben. Finalmente, se dirigen a un parque industrial, levantan una coladera y arrojan el cadáver por la cloaca. Por este trabajo le pagaron 30 gramos de coca, una botella de whisky y mil dólares.

    “Me dijeron que había pasado la prueba. Tenía 18 años”.

    Se registra en un hotel y se mete coca y alcohol durante cuatro días.

    “A la policía no le importaba si estabas borracho. Si querías que nadie te molestara le dabas cien pesos al cuidador y nadie te llamaba”.

    Después de su bautizo, se mete al negocio del secuestro y entra en un mundo nuevo. Pronto empieza a viajar por todo el país. Trabaja para la policía pero cuando le asignan una misión simplemente pide licencia.

    En algunos de los secuestros en los que participa sólo importa el dinero del rescate. Pero cientos más tienen un propósito distinto.

    “Te decían, ‘Levanta a ese tipo. Perdió 200 kilos de mariguana y no los pagó’. Yo lo levantaba en mi carro de policía y lo aventaba en alguna casa de seguridad. Horas después, alguien me llamaba porque había que deshacerse del cuerpo”....
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