viernes, 13 de marzo de 2015

Sicario. Confesiones de un Asesino Profesional, yo mate, secuestre y torture por encargo PAGINA 3

  • viernes, 13 de marzo de 2015
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    “Así fue el inicio de mi carrera después de pasar aquel examen. Durante unos tres años viajé por todo México. Una vez hasta fui a Quintana Roo. Siempre andaba en un carro oficial de la policía. A veces íbamos en avión pero casi siempre manejábamos. Para pasar los retenes militares enseñábamos un documento oficial que aseguraba que estábamos transportando a un prisionero. El documento tenía un número de expediente falso”.

    Es el guía de un México alternativo, un lugar donde los ciudadanos son llevados de casa de seguridad en casa de seguridad sin dejar huella para las agencias y los jueces. Cuando él llegaba a algún lugar, la víctima ya había sido secuestrada. Él simplemente la recogía para transportarla.

    Controlarlos era fácil porque estaban aterrorizados.

    “Cuando ellos veían que era un carro oficial yo les decía: ‘No se preocupen, todo va a salir bien. Van a regresar con su familia. Pero si no cooperan, los vamos a drogar y a meter en la cajuela, y no les aseguro que lleguen al final del viaje’ ”.

    El combustible del viaje es la coca. Él y su compañero siempre se visten bien para ese tipo de trabajos —la organización les da cinco o seis trajes nuevos cada tanto. No tienen residencia fija pero viven en varias casas de seguridad donde les dan comida y drogas. Pero no mujeres. Porque esto es estrictamente un negocio.

    Casi no hacen labor policial; trabajan de tiempo completo para los narcos. Ese fue su verdadero hogar durante 20 años, en un segundo México que oficialmente no existe pero que cohabita sin cortapisas con el gobierno. En sus múltiples viajes para amordazar, torturar y matar, nunca ha sido interceptado por las autoridades. Él es parte del gobierno, de la policía, y tiene a ocho agentes bajo su mando. Pero su verdadero jefe es la organización, él asume que es el Cártel de Juárez, aunque nunca pregunta porque sabe que las preguntas pueden ser mortales. Le dieron un sueldo, una casa y un coche. Y prestigio.

    Calcula que en esa época el 85 por ciento de la policía trabajaba para la organización. Pero incluso en un día soleado apenas reconocería a alguien del cártel que lo emplea. Forma parte de una célula, por encima de él hay un jefe, y arriba del jefe una zona llena de poder que no visita ni conoce. Estima también que de cada cien personas que transporta, dos recuperan su vida. El resto muere. Despacio, muy despacio.

    En cada casa de seguridad puede haber entre cinco y 15 víctimas. Están vendados todo el tiempo, y si por alguna razón se les cae la venda, los matan. A veces los sientan en una silla frente a la televisión, los destapan por un instante y les muestran videos de sus hijos en la escuela, de sus esposas comprando, de la familia en la iglesia. Les muestran el mundo que han dejado atrás y les hacen saber que si el dinero no llega ese mundo desaparecerá, será destruido. Los vecinos nunca se quejan de las casas de seguridad. Ven que están rodeadas por carros de policía y se quedan callados.

    Puede que las víctimas tengan un millón de dólares, pero para cuando termina el trabajo ya les quitaron todo, su fortuna entera, y tal vez, sólo tal vez, dejan que la mujer se quede con la casa y el coche. Hay gente que vive secuestrada dos o tres años. Después de darles de comer, los golpean, así empiezan a asociar la comida con el dolor. Muy de vez en cuando llega la orden de soltar a un prisionero. Los llevan vendados a algún parque y les dicen que cuenten hasta 50 antes de quitarse la venda. Incluso en ese instante de libertad lloran, porque no pueden creer que los van a soltar, sino que piensan que  los van a matar.

    “A veces”, dice “le quitaban la venda a los que llevaban meses secuestrados para que limpiaran la casa de seguridad. Después de un tiempo, creían que eran parte de la organización y se identificaban con los guardias que los golpeaban. Componían canciones sobre sus días ahí, y nos hablaban de todas las cosas buenas que nos darían cuando los soltáramos. A veces, después de golpearlos mucho, les mandábamos videos a sus familias en los que rogaban, desesperados: ‘Denles todo’. Y de pronto llegaba la orden y los matábamos”.

    El pago siempre se hacía en una ciudad diferente de donde tenían al prisionero. Todo en la organización estaba estructurado. A veces pasaban semanas encerrados en una casa de seguridad sin hablarle al secuestrado, sin saber quién era. No importaba. Ellos eran productos y él un empleado siguiendo órdenes. Sin importar qué tanto pagaba la familia, la víctima casi siempre moría. Cuando le chupaban todo el dinero a la familia, el prisionero ya no tenía ningún valor. Y además podía traicionar a la organización. Así que su muerte era lógica e inevitable.

    Detiene su relato. Quiere dejar claro que ahora él se parece a los prisioneros que torturó y mató. Está fuera de la organización, es un peligro para ella. “Cualquiera que ya no le sirve al jefe, se muere”.

    Ahora es un hombre a la deriva recordando la época en que estaba fuertemente anclado al mundo.

    “Quiero que quede claro”, dice, “que yo sentía cosas cuando estaba en las casas de tortura, viendo a la gente tirada en el piso, encharcada en su propio vómito y sangre. No me dejaban ayudarlos”.

    Dice esto tranquilo. Resalta su faceta humana y al mismo tiempo explica cuán profesional era a la hora de secuestrar, torturar y matar. Dice que ahora le temen porque cree en Dios. Luego dice que podría atinarle a un blanco a 700 metros con su AK-47. Practicaba mucho en las bases militares y las academias de policía. Podía entrar con su placa.

    El trabajo, insiste, no es para amateurs. Por ejemplo la tortura: tienes que saber hasta dónde llegar. Incluso si al final vas a matar al tipo, tienes que actuar con cuidado para sacarle toda la información que necesitas.

    “Tienen tanto miedo”, explica, “que generalmente cooperan mucho. A veces, cuando se dan cuenta de lo que les va a pasar, se ponen agresivos. Entonces les quitas los zapatos, les empapas la ropa, y les conectas un cable en cada pie durante 15 segundos. Así entienden que tú mandas y que les vas a sacar toda la información. No los puedes golpear mucho porque entonces se vuelven inmunes al dolor. He visto gente a la que golpean tanto que puedes arrancarle las uñas con pinzas sin que se inmuten”.

    “Los esposas por la espalda, los sientas frente a un foco de 100 watts y les haces preguntas sobre su trabajo, el número y la edad de sus hijos, todo lo que ya sabes porque ya lo investigaste. Cada vez que mienten les das una descarga. Una vez que saben que no pueden mentir, empiezas con las preguntas serias —cuántos cargamentos han movido al otro lado, para quién trabajan, por qué no le pagan al jefe”.

    “Para ese momento te contestan todo. Después los golpeas y los dejas descansar. Les enseñamos videos de sus familias. Entonces te dicen todo lo que necesitas saber y a veces más. Ya tienes la ventaja, y usas la nueva información para asaltar almacenes y robar cargamentos, acorralar a otros que trabajan con él, grabar a sus familias, y empezar de nuevo. Sabes que las familias no acudirán a la policía porque sospechan que su padre o su esposo anda metido en negocios turbios. Pero si van a la policía nos enteramos de inmediato, porque nosotros trabajamos ahí. Somos parte de la unidad antisecuestro. A veces matamos a los secuestrados de inmediato porque, después de quitarles el coche y las joyas, no valen nada. El botín se divide entre los de la unidad, es decir, entre cinco u ocho personas. Lo peor de matarlos es que luego tienes que cavar un agujero para enterrarlos. La mayoría comete dos errores. No le pagan al que controla la plaza, la ciudad. O sueñan que pueden ser mejores que el jefe”.

    Pero nada de esto importa porque él nunca pregunta por qué alguien es secuestrado, o quién es en realidad. Ellos son simples productos y él un simple empleado. Sus gritos son sólo el paisaje de fondo del trabajo, así como el tranquilizarlos y transportarlos es simplemente otra parte del trabajo.

    Hay un segundo tipo de secuestros que considera casi vergonzosos. La esposa de alguien tiene una aventura con su entrenador personal, así que levantas al entrenador y lo matas. O un tipo tiene una mujer que está muy buena y otro tipo la quiere, así que matas al novio para conseguirle la mujer.

    “Recibía mis órdenes”, dice, “así que tenía que matarlos. Los jefes no conocen límites. Si quieren una mujer, la consiguen. Si quieren un coche, lo consiguen. No tienen límites”.

    No le gusta la gente que mata por matar. No son profesionales. Los verdaderos sicarios matan por dinero. Pero hay gente que lo hace por diversión.

    “Hay quien dice: ‘No he matado a nadie en una semana’. Así que van a la calle y matan a alguien. Esta gente no pertenece al mundo del crimen organizado. Están locos. Si descubres que alguien de tu unidad es así, lo matas. A los que realmente quieres reclutar son a policías o ex policías,militares —asesinos entrenados”.

    Ese tipo de cosas le molestan. La carnicería que vive Juárez le ofende porque muchos de los crímenes son cometidos por amateurs, niños imitando a sicarios. Le horroriza la cantidad de balas que usan en una sola ejecución. Demuestra falta de entrenamiento y pericia. En una verdadera ejecución, la ráfaga pasa justo al lado de la cerradura porque la descarga destrozará mortalmente el torso del conductor. Dos veces ha sido bloqueado por coches blindados, pero lo solucionó con dos ráfagas de balas de chaqueta metálica en un patrón ceñido —así pueden atravesar el blindaje. Un golpe no debe durar más de un minuto. Incluso sus trabajos más difíciles, contra vehículos blindados, no duraron más de tres.

    Un verdadero sicario, acota, no mata mujeres y niños. A menos que la mujer sea informante de la DEA o el FBI.

    Hace una pausa para enseñarme. Una buena ejecución requiere planeación. Primero, los Ojos estudian a la víctima durante días, por lo menos una semana. Anotan su horario, cuándo se levanta, a qué hora va al trabajo, cuándo come en casa, toda su rutina doméstica es registrada por los Ojos. Luego, la Mente se encarga. Estudia los hábitos del blanco en la ciudad: su jornada laboral, dónde come, dónde bebe, qué tan seguido visita a su amante, dónde vive ella y cuáles son sus hábitos. Entre los Ojos y la Mente esbozan un horario. Después se reúne el resto del equipo, de seis a ocho personas. Dos carros de policía con oficiales y dos coches con sicarios. Escogen una calle que pueda ser bloqueada fácilmente. El timing será medido a la perfección y el golpe se hará a no más de media docena de calles de la casa de seguridad —eso es fácil porque hay muchas en la ciudad.

    Agarra una pluma y empieza a dibujar. El coche líder será de la policía. Lo seguirá otro lleno de sicarios. Luego el coche de la víctima, seguido de otro de sicarios. Y al final, cubriendo la retaguardia, otro carro de policía.

    Durante la ejecución, los Ojos observarán y la Mente hablará por radio.

    Cuando el blanco entre en la calle seleccionada, el primer carro de policía girará para bloquear la calle, el primer coche de sicarios bajará la velocidad, el segundo coche de sicarios se emparejará junto al blanco y lo matará, y el segundo carro de policía bloqueará el otro extremo de la calle.

    Todo esto debe tomar menos de 30 segundos. Uno de los hombres deberá salir de un coche para darle el coup de grace al blanco regado con balas. Después todos se dispersan.

    El coche de los asesinos se dirigirá a la casa de seguridad para esconderse en el estacionamiento. Después, la organización se lo llevará a otro estacionamiento, lo pintará y lo revenderá en uno de sus propios lotes. Los asesinos abordarán un coche limpio en la casa de seguridad, y por lo general regresarán a la escena del crimen para asegurarse de que todo haya salido bien.

    Dibuja todo esto con exactitud, cada rectángulo que representa a un coche está perfectamente delineado, y el de la víctima tiene tantas marcas de tinta verde que parece florecer de la hoja. Las flechas indican el movimiento de los vehículos. Es como una ecuación en un pizarrón.

    Se recarga en la silla; en su rostro se adivina la satisfacción de un encargo bien hecho. Así es como un verdadero sicario hace su trabajo. En una ejecución ideal ningún blanco sobrevive. Si alguien del grupo resulta herido lo llevan a uno de los hospitales de la organización —“Si puedes comprar a un gobernador, puedes comprar un hospital”....
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