domingo, 8 de marzo de 2015

Torturadas por la Marina y el Ejercito en la guerra contra el narco PAGINA 2

  • domingo, 8 de marzo de 2015
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    Nadie me visita, mi familia sólo me habla por teléfono o me manda dinero. A mi niña la dejé de ver cuando ella tenía tres meses, por última vez la vi la primera navidad que pasé aquí. Casi me la tuvieron que arrancar de los brazos cuando la visita se terminó. Esta es mi historia narrada desde los patios del Cereso Femenil de Mexicali, el M15, como le decimos a esta área. Constantemente pienso en un plato de mariscos y una cerveza bien helada. ¿Qué pensarían mis antepasados, los totonacos, al verme tan lejos de casa?

    Supongo que después de que nos sacaron del bar nos llevaron a las instalaciones de la Marina; nunca vi nada porque siempre estuve vendada de los ojos. Los marinos me robaron mis joyas, intentaron violarme, me dieron descargas eléctricas en todo el cuerpo y me metieron en una celda del tamaño de una casa para perro en donde me dieron de comer en el piso. Toda la noche escuché golpes y gritos que me llenaban de terror. A cada rato me preguntaban mi nombre, mi dirección y a qué me dedicaba.

    Pasaron las primeras ocho horas, comenzaba a amanecer cuando me sacaron de mi pequeña celda y me desvistieron; alcancé a escuchar a mi hermano que gritaba que no me hicieran nada. Me vistieron y me regresaron a la casa de perro. Sentí el calor del sol y supe que estaba amaneciendo, entonces escuché que sobrevolaban unos helicópteros y muchas voces de personas que bajaban de ellos.

    Me llevaron de comer, pero como me negué me aventaron la comida al piso. Dos días después me sacaron arrastrando de mi jaula y a empujones me subieron a un helicóptero que estaba lleno de gente, no veía nada, pero sé que eran personas porque caí encima de varios cuerpos humanos. Nos bajaron del helicóptero y llegamos a otro lugar que siempre he pensado que era como un almacén. Todo lo que cuento lo digo desde la oscuridad. Nunca miré nada. Pensé que ya me soltarían, pero me llevaron a las oficinas de la PGR y me leyeron un parte informativo totalmente falso. Me acusaron de portar droga con fines de distribución, de pertenecer a una organización delictiva y haber robado mi propio vehículo.

    Tres días después me permitieron hacer una llamada telefónica a mi casa. Me enteré que aprovechando los datos que di de mi domicilio a los de la Marina, ellos entraron a mi casa, golpearon a mis padres, se robaron dos televisiones, celulares, computadoras, la comida del refrigerador y hasta mataron a mis pericos que eran mis mascotas. Afortunadamente a mi hija de tres meses de nacida no le hicieron nada.

    De un día a otro perdí a mi hija, a mi madre, mi trabajo. Estoy aquí sin justicia, presa, sin respuesta de nadie. Mi caso es como el de muchas compañeras, estamos recluidas por amor, aunque suene ridículo. Por un hombre terminamos presas. No sé si lo que se diga de mi novio sea verdad, pero poco me interesa a estas alturas. La única certeza que tengo es que a mi hermano y a mí nos arrebataron la vida. Es como si nos hubieran matado y siguiéramos vivos para vernos muertos. Somos inocentes.

    Me llamo Bertha Teresa. Tengo 25 años. Estoy muy lejos de mi familia, cada que lo pienso me dan ganas de vomitar por la ansiedad. Ahora sé que fui detenida en un operativo donde arrestaron a 80 miembros de Los Zetas, entre ellos mi novio. Los acusan de secuestro, homicidio, clonación de tarjetas bancarias y robo de autos. Mi abogado, que antes era mi jefe en el despacho donde trabajaba, dice que puedo quedar en libertad de un momento a otro ya que los cargos que se me imputan se han desvaneciendo, y de tener delincuencia organizada sólo me queda posesión de droga. Soy inocente, simplemente estaba en el lugar equivocado. Han pasado casi dos años y medio desde el 27 de agosto de 2011.

    LAURA ISABEL

    Estoy segura de que me sentenciarán a 70 años de prisión por delincuencia organizada, secuestro y venta de drogas. Apenas tengo 25 años. A mí y a mis compañeras se nos vincula con el cártel de la última letra, pero conmigo es diferente: Yo sí admito haber pertenecido a ese grupo. Lo único que no admito son los delitos que me achacan. Si bien es cierto que era jefa de un grupo de halcones, es decir, un grupo encargado de espiar a los militares para después comunicarle cada uno de sus movimientos a mis superiores, mi chamba hasta ahí llegaba, nunca secuestré ni maté a nadie, aunque sí vi algunos muertos en la cajuela de varios autos. Tengo dos años en esta prisión de Mexicali, y soy procedente del puerto de Veracruz.

    Recuerdo la última mañana con mi esposo y mis dos hijas. Abro los ojos y sobre el buró, junto a mi cama, veo un recado que dice: “Mi amor, hoy es un día muy especial, gracias por compartir tu vida al lado de la mía. Te tengo una sorpresa. Besitos”. ¿Cómo pude ser tan distraída? Había olvidado nuestro aniversario.

    Por ser un día especial mi esposo y yo habíamos decidido romper la rutina y pasar un momento a solas en algún motel. Así lo hicimos, para no tener que preocuparnos de que en cualquier momento alguna de nuestras pequeñas pudiera abrir la puerta y vernos. Tal vez fue la peor decisión que tomé en la vida. ¿Quién iba a pensar que estaba a punto de perder a mi familia, mi libertad?

    Después de dos horas de estar en la habitación del motel escuché que abrieron la puerta eléctrica de la cochera del cuarto. Le pregunté a mi esposo si había pedido servicio a la habitación y me respondió que no, moviendo la cabeza. Nos quedamos en silencio y atentos, sabíamos que lo más probable era que tocaran la puerta.

    De pronto vimos una luz blanca que se hacía más intensa, luego tocaron más fuerte y dijeron: “Somos las fuerzas especiales de la Armada”. Nos miramos el uno al otro sorprendidos, pensando: ¿De verdad dijeron eso?, ¿escuché mal? De nuevo tocaron con la misma rudeza, pero ahora dijeron: “¡Si no abren la puerta la tiramos”. Me vestí como pude, llena de miedo y corrí hasta la puerta para abrirla. Eran muchos soldados de la Marina con metralletas, lámparas y el rostro cubierto con pasamontañas, era como un sueño. “¿Pasa algo?”, les pregunté. “No, sólo es una revisión de rutina, identifíquense, nada más vamos a revisar la habitación”.

    Sólo alcancé a decir que estaba bien, que pasaran. Cuando volteé a la derecha y vi que a mi esposo lo estaban golpeando, me asusté mucho y grité. Todo fue en vano, me vendaron los ojos y me ataron de las manos. Pensaba que probablemente no eran marinos por la forma en que me estaban tratando. A mí también comenzaron a golpearme sin parar. De repente me sacaron de la habitación y me subieron a un vehículo, pero a mi esposo no lo subieron conmigo. Mientras circulábamos en el vehículo, los marinos me preguntaban si mi esposo y yo trabajábamos para el crimen organizado. Ese trayecto fue el más incierto de mi vida. Llegamos a un lugar donde yo pensaba ingenuamente que me dejarían ir a mi casa, pero no, las cosas se pusieron más intensas; me golpearon cada vez más fuerte, me insultaron, pero sobre todo me torturaron psicológicamente. Me llené de pánico. Trataron de asfixiarme con una bolsa de plástico, me desmayé varias veces. Después me azotaron en las nalgas con un barrote de una forma muy cobarde, de igual manera mi hombro izquierdo, el dolor se hacía cada vez más intenso. Dejaron de golpearme, pero me pidieron que me despojara de toda mi ropa. Estando desnuda me ordenaron que entrara a la regadera y cuando estaba toda mojada sentí la primera descarga eléctrica.

    Se reían de mi dolor, me pidieron que me vistiera después de haberme dado toques eléctricos hasta que se hartaron. Y todo porque no decía lo que ellos querían escuchar. A las horas llegó una persona que decía: “Habla, marrana, o voy a ir por tus hijas y les cortaré dedo por dedo hasta que me digas todo lo que sabes”. Ahí sentí que el mundo se derrumbaba sobre mi espalda. Ya me habían hecho tanto daño que obviamente creí que sí eran capaces de hacer tal atrocidad, aun así respondí: “Vaya a mi casa ahí están mi papás, revise todo lo que quiera y se va a dar cuenta que yo no soy lo que usted piensa”. Pero hicieron caso omiso, fueron constantes sus amenazas y groserías. A decir verdad, lo que ya me habían hecho no era nada comparado con lo que estaba por venir. Nuevamente me pidieron que me despojara del pantalón, dentro de mí me decía: Ahora sí seré ultrajada. Nunca imaginé la crueldad que tienen las autoridades y lo sádicas que pueden ser. No les bastó con todo lo que me hicieron, cuando me había quitado el pantalón me sujetaron con fuerza y me dieron toques en el área del recto; fueron tantas veces las que lo hicieron que perdí el conocimiento. Con toques eléctricos me desmayaban y con toques eléctricos me revivían.

    Para cerrar con broche de oro los marinos me pasaban por la cara y la boca sus genitales, aparte de que me pegaban para que abriera la boca y se las chupara. Me tocaban el cuerpo de una forma tan horrible que me cuesta trabajo explicar lo que sentí. Así estuve en ese lugar tres días, sin comer, desangrada, adolorida, con la incertidumbre de no saber si estarían bien mis hijas; sin saber qué le habían hecho a mi esposo y con miedo de pensar que mi pobre madre estaría devastada por no saber de nosotros.

    Presa del miedo y las circunstancias terminé aceptando todo. Hoy ya son sólo recuerdos que día a día se ensombrecen. Han pasado dos años desde que perdí a mi familia, no he vuelto a ver la carita de mis pequeñas desde aquel trágico día. Estoy pasando por un proceso interminable, acusada de delincuencia organizada y secuestro. De mi príncipe amor sólo sé que está más cerca de casa, encerrado en una cárcel de Coatzacoalcos, Veracruz. Mis pequeñas esperan ansiosas que sus papás regresen pronto. Soy de Veracruz y me trasladaron hasta Mexicali. Las posibilidades de recuperar mi libertad son pocas, pero tengo mucha esperanza. Aquí estoy viendo pasar el tiempo y anhelando tener sólo una vez más a mis pequeñas entre mis brazos.

    Las fotografías de este artículo pertenecen a la serie Gris y blanco, de Karla Paulina Sánchez, en la que retrata a presas del Cereso Femenil de Mexicali. En el proyecto, Sánchez se enfocó a trabajar con las mujeres que son mamás.

    Desde junio de 2011, el gobierno mexicano empezó a transferir mujeres acusadas de vínculos con el crimen organizado desde diversas regiones del país a la prisión femenil en Mexicali, Baja California. El programa se inició bajo la justificación de mejoramiento de infrastructura de las cárceles a nivel nacional, y ocurrió durante el punto más álgido de violencia de la llamada guerra contra el narco. Estas mujeres fueron alejadas de sus familias y sus abogados, dificultando su acceso a un juicio equitativo. Tres años después, muchas siguen presas en Mexicali, y varias siguen declarando que son inocentes. Cada una de las mujeres de este reportaje relata una serie de abusos y actos de tortura por parte de supuestos elementos armados de la Marina o el Ejército. Estos relatos son inéditos y no pertenecen a ninguna recomendación ni queja presentada ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Desde 2006, cuando se declaró la guerra al crimen organizado en México, las quejas levantadas ante la CNDH contra la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) o la Secretaría de la Marina han aumentado cada año. Tan solo entre 2007 y 2008, las denuncias registradas contra la Sedena pasaron de 362 a 1,224. En total, entre 2011 y 2013, la CNDH juntó 5,308 quejas contra elementos de estas dos ramas de las fuerzas armadas de México. De éstas, sólo 37 han logrado ser consignadas como denuncias contra autoridades civiles.
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