jueves, 2 de abril de 2015

Entrevista al hijo de un capo del Cartel de Sinaloa en busca de una vida normal

  • jueves, 2 de abril de 2015
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    Por Diego Enrique Osorno
    En algún momento, todo el mundo llega al punto donde cuenta su historia. Conocí a principios de 2009 a un joven veinteañero y exitoso profesionista que es hijo de un capo de Sinaloa actualmente preso. Mantuvimos contacto por medio año y nos encontramos cuatro veces fuera de la Ciudad de México. A la quinta aceptó contarme un poco de su vida, pidiéndome únicamente que en caso de publicar la conversación que sostendríamos no citara su nombre, ni el de su padre. Esta es la conversación que tuvimos durante el verano de 2009.

    DIEGO OSORNO: ¿Cuándo fue la primera vez que tuviste conciencia de que eras hijo de un capo?

    HIJO DE CAPO: Cuando tuve más reflexión habrá sido en la secundaria, porque en la secundaria me tocó convivir en la escuela con muchachos que estaban más o menos relacionados con el fenómeno, ya que sus papás estaban relacionados con esto. Ellos me hacían muchas cuestiones o mencionaban muchos nombres, y fue entonces que yo empecé a sacar cuentas, porque cuando detuvieron a mi papá yo estaba en la primaria, estaba muy chico, y yo no sabía mucho. Un día le pregunté a mi mamá “Oiga, mamá, ¿y a qué se dedica mi papá?”, y ella me respondió: “Él le paga a otras personas para que trabajen por él”. Yo dije: “¡Ah, caray, pues qué inteligente!” Y pues no era mentira, de cierta manera era verdad, pero fue hasta la secundaria cuando ya empecé a sacar cuentas, más o menos.

    DO: ¿Estudiabas en colegio privado?

    HC: Sí, era un colegio privado, y los muchachos estaban embobados con la narcocultura. Alababan, veían muy bien todo eso, y ésos eran los temas de siempre, diciendo “Ah, mira, aquél es hijo de tal capo”, y se me acercaban, y yo sabía que se me acercaban por eso. Entonces, al no hacerles caso, al alejarlos, hacía que pensaran que yo me creía mucho o alguna cosa así.

    DO: Ellos veían a tu papá como un héroe…

    HC: En ese tiempo para algunos él era un héroe, pero para otros no. Como que para algunos ya era alguien en caída. Lo detuvieron y en ese tiempo estaba de moda que Amado Carrillo, que no sé qué. Ellos hacían comparaciones y casualmente yo siempre estaba ahí. Decían: “No, que Amado Carrillo hizo más” y cosas así, pero yo no tenía nada que decir.

    DO: Como competencias…

    HC: Sí, como generando controversias, pero yo siempre me alejé. A veces me cuestionaban también: “Oye, ¿por qué no traes carro del año? ¿Por qué no traes joyas? ¿Por qué va tu mamá por ti a la escuela?”, cosas así, que para otras personas que están metidas en eso era algo muy bajo, pues traían guaruras o andaban con relojes Cartier; yo traía un Casio.

    DO: ¿Qué te hacía no entrar a ese ambiente si era de lo más normal?

    HC: Nosotros teníamos muchas cosas muy claras. Nunca nos interesó eso porque nunca nos hizo falta el dinero. A lo mejor no lo tuvimos a manos llenas, pero yo podía ir a la tienda y comprar lo que quisiera. Gracias a Dios, dinero nunca me faltó. Mi mamá nos enseñó muchos valores, y mi papá también. Él era —es— un hombre muy austero; nunca lo vimos enjoyado, nunca lo vimos llamando la atención. Era un modelo que teníamos, era un estándar. Por eso quizá al ver gente enjoyada o cosas así se nos hacía una cosa muy ridícula. Nosotros los veíamos como payasos.

    DO: ¿Qué les decía tu papá? ¿Recuerdas algunas de las frases que les decía?

    HC: No. Él no era mucho de frases, era más que nada de acciones. En una ocasión recuerdo que compramos unas pistolas de agua. Él nos dio dinero y nos mandó con una persona a que compráramos ropa y juguetes. Volvimos con unas pistolas de agua. Se enfureció; es la única vez que lo he visto enfurecido. Se enfureció muchísimo porque compramos juguetes bélicos. Nos dijo que no, que no anduviéramos comprando esas cosas, que las armas las traían los delincuentes y la gente que traía problemas. Nos asustamos mucho. Nunca nos pegó ni nada, pero siempre emanaba de él la autoridad, y él era la ley. Su única obsesión fue que estudiáramos, que tuviéramos nuestras maestrías y doctorados.

    DO: ¿Cuál es la imagen más importante para ti de él?, ¿cómo aprendiste a admirarlo?

    HC: Cuando me preguntan por él, que cómo era o cosas así, yo digo que nunca voy a olvidar que yo lo veía afuera de la casa regando las plantas, en pijama y platicando con alguna vecina o el vecino, o yendo él a las tortillas a pie.

    Era muy amable y educado; era un hombre excesivamente amable. Recuerdo que en una ocasión fuimos por una cámara, a la reparación de un lente o algo así, y la persona que lo atendió lo trató con ese respeto, no de alguien que te conoce, sino de dos personas que se tratan con mucha responsabilidad. Eran cosas que me llamaban la atención: que todo el mundo lo trataba muy bien, y él era igual, muy educado, tenía una manera de llegarle a la gente. Sin tocar la privacidad, sabía manejar, sabía tratar a las personas sin faltarles al respeto.

    DO: ¿Mantienes amistades de la infancia?

    HC: No, yo creo que no. Era muy cohibido de cierta manera. Ya en la secundaria también, porque no había manera.

    DO: Es raro que fueras cohibido, sobre todo si tu papá era alguien reconocido y se hablaba mucho de él…

    HC: No, es que es muy diferente. Ves a alguien muy importante y lo relacionas a cómo son ahora los personajes. Antes podías ser importante, pero nadie te notaba; sabían si escuchaban tu nombre, eso sí. Eran hombres que pasaban desapercibidos; austeros, educados, nada de llamar la atención. Entonces nosotros no veíamos cosas raras, ni cosas fachosas. Él era un papá normal, así que no había nada que resaltar.

    DO: ¿Jugaba contigo?

    HC: Sí, recuerdo que lo hacía con todos.  Juegos físicos y deportivos. Con una pelota de tenis, rebotarla, o jugábamos basquetbol.

    DO: ¿Recuerdas el día de su detención?

    HC: No muy claro.

    DO: ¿Qué imágenes tienes de él en esos días?

    HC: Para serte franco, no recuerdo. Recuerdo el día siguiente que salimos y la ciudad parecía abandonada. Ni gente ni policías ni nada; eso sí lo recuerdo muy bien. Recuerdo que en esos días hacíamos muchas visitas familiares, pero eso es todo.

    DO: ¿Qué sentías?

    HC: Miedo. Yo estaba muy chico. Tenía conciencia, pero no relacionaba muchas cosas, y más que nada, el miedo era por ver la ciudad sola. Se me hacía muy raro, se me hacía muy extraño, y se decían muchas cosas por teléfono o a puerta cerrada, pero no sabías exactamente qué estaba pasando. “Ah, bueno, lo detuvieron. Pues qué malos”. Pero no sabías.

    DO: ¿Cuáles son los costos más importantes que has asumido al ser hijo de un capo?

    HC: El aislamiento, la soledad, la dificultad para hacer relaciones. ¿Con quién convives? A lo mejor con una mesera, en una gasolinera, en el súper, es todo lo que haces, y pues en la primaria yo era un poco cohibido; dn la secundaria ya estaba todo lo de la narcocultura; en la prepa algo muy parecido, e hice amigos, pero fueron temporales. Yo sabía que ellos querían algo de mí.

    DO: ¿Cómo sabías eso?

    HC: Porque siempre salían temas relacionados a mi papá o que dinero o que vamos aquí a la casa o allá. Ellos sabían de cosas que yo podía proveer, entonces recurrían mucho a eso.

    Y pues yo también, de hecho, sacaba provecho. Así podía tener a alguien con quien platicar, pero sabía que no eran gente de fiar. Siempre andaban con que oye, que préstame, o que esto y lo otro, y no me pagaban. Y no era que me importara, pero sí me llamaba la atención. Las relaciones que yo valoro son las que he hecho sin que sepan quién soy.

    DO: Me contaste de una relación amorosa de adolescente que tuviste que terminar a causa de que tu papá era un capo.

    HC: Era una joven de una familia, pues, ¿cómo se podrá decir?, de una familia con pasado político. Prácticamente era el primer amor dentro de la madurez, si se le puede llamar así. Yo me llevaba bien con toda la familia, convivía con los suegros.

    DO: ¿A ella la conociste en la escuela?

    HC: No, me la presentó un primo. Me pasó su correo y platicamos, o una cosa así. Ya después nos vimos. La primera vez no pegó, no hubo química; ya la segunda vez, no sé por qué, la vi y ya nos entendimos mejor. Fue una relación de un año, a lo mucho dos. Al año y medio, por una coincidencia, se enteran de mi papá y cambian totalmente conmigo en su familia.

    DO: ¿No sabían quién era tu papá?

    HC: No, no sabían. Ya que se enteraron, me mandaron llamar y me dijeron: “No tenemos nada en contra de ti, ni de tu familia, pero ni nuestros estándares ni nuestro pasado nos permiten aceptarte. Nos caes muy bien, pero debes terminar tu relación con mi hija”. Y ya, terminamos formalmente.

    Seguimos a escondidas, pero la mandaban seguir o nos veían por ahí. Ya era muy complicado; entonces decidimos dejar las cosas en paz.

    DO: Es una historia muy dura. Más cuando eres tan chico.

    HC: Sí, pero se te pasa.

    DO: Es la tragedia amorosa y también el cargar con un destino encima…

    HC: Esa sería la primera vez. Ya después me volvió a ocurrir, pero ya uno más o menos tenía experiencia. Sí fue doloroso, pero ya después te vas protegiendo, y ya ves, no me van a aceptar éstos. Entonces ves a la persona, ves a la familia y sabes hasta dónde vas a llegar con ella.

    DO: Cuando te llaman los padres de la chica, ¿tú qué dices?

    HC: No, nada. Yo lo respetaba mucho al señor, y lo respeto. Respeto la decisión, y en cierta manera pues entiendes. A lo mejor buscan ellos lo mejor y tienen una imagen de mí, o de mi papá, o de mi familia, de la misma prensa y del gobierno; entonces entiendes: ellos buscan lo mejor para sus hijos, y ni modo.

    DO: Tú lo ves demasiado racional…

    HC: Sí, pero si te pones a analizarlo racionalmente, ellos tienen una imagen muy negativa sobre ti, y no la vas a poder cambiar. Si yo les digo “No, mis papás son buenos”, pues no me van a creer. Entonces entiendes perfectamente y ya lo ves frío, y bueno…

    DO: ¿Entonces te volvió a pasar esto?

    HC: Sí, pero ya no tan dramático. Cada vez fue menos dramático. Dije: “Ya no voy a buscar; si me llega alguien, me va a llegar”, y pues es una fórmula que más o menos ha funcionado.

    DO: ¿No pensabas: “¿Por qué soy hijo de quien lo soy?”?

    HC: No, para nada. Tiene sus ventajas y desventajas.

    DO: ¿Qué ventajas?

    HC: No sé. Muchas veces no te falta en lo económico. A lo mejor no lo tienes en exceso, pero no sufres tantas carencias. Vives en tu casa a gusto, tienes televisión y en aquel tiempo tu Nintendo, tu videocasetera; puedes comprar muchas cosas que te gustan, puedes vivir. Yo viví bien, encerrado en mi propio mundo por mucho tiempo.

    DO: ¿Y qué desventajas?

    HC: Pues lo social, que no puedes hacer mucha vida social; no vas a muchos lugares también por temor a la misma delincuencia. Por ejemplo, Culiacán es un lugar muy conflictivo y sin orden; cualquier vago puede hacer y deshacer sin ninguna consecuencia. Todas esas cosas a mí en lo personal me inquietan.

    DO: Hablamos alguna vez de los eventos en Sinaloa en los que se te marginaba, a pesar de que muchos de los que iban eran hijos de gente beneficiada por tu papá…

    HC: Lo que pasa es que cuando mi papá estaba afuera, todos lo veían bien. En especial la gente (entre comillas) decente, pues porque les generaba utilidad y los ayudaba, pero pues una vez que de cierta manera cayó en desgracia, lo desconocieron y también a uno dejaron de aceptarlo.

    DO: ¿Qué pensabas en esos momentos?

    HC: No, pues los veía como lo que son: gente que busca la oportunidad, interesada únicamente. Con el tiempo lo asimilas y te acostumbras. Igual y ya mejor no te relacionas con nadie.  Dices: “Tengo lo que quiero”, y de cierta manera no los necesito. Todo va mejor, sobre todo cuando llegas a encontrar pareja. Ahí ya no te falta nada; te sientes bien, haces lo que quieras.

    DO: Ahorita que hablabas de ese ex suegro en específico, dijiste que entendiste su posición porque ellos tenían una imagen negativa tuya formada por el gobierno. ¿De esta imagen sí reniegas?

    HC: Sí, de cierta forma sí, porque muchas de las cosas no están comprobadas. Entonces, como dice mi papá, “Si tienen algo que decir, les invito a que me lo comprueben”. Nadie ha comprobado muchas cosas que se dicen, sobre todo las más dramáticas, las que más nos han afectado nadie las ha comprobado. Y si fuéramos como dicen que somos, ahorita anduviera con guaruras, anduviera cuidándome o armado o en cosas ilícitas. Y no. Yo vivo muy tranquilo, sin nada de eso.

    DO: ¿Cómo vives?

    HC: Normal, austero de cierta manera. No nos atraen los lujos, los autos deportivos. Vemos a los autos como medios de transporte. ¿Joyas? Yo siento que las utilizan las personas que tienen una inseguridad.

    DO: ¿Cómo es el pasar varios años de tu vida entre cárceles y celadores, visitando a tu papá?

    HC: Ya es de cierta manera normal, porque desde chico te acostumbraste.

    DO: ¿Te acuerdas de tu primera vez en una cárcel de máxima seguridad?

    HC: No, no recuerdo, como que es algo muy normal. Nunca lo había pensado.

    DO: Suena absurda la pregunta, pero no se me viene a la mente cómo hacerla de otra forma. ¿Te gusta ir a la cárcel de máxima seguridad donde está tu papá?

    HC: Sí, pues ir a ver a mi papá, sí. Pero desde que llegas te pones a pensar: “A ver con qué tarugada me salen ahora; ¿con qué persona me van a dejar entrar?, ¿qué revisión me van a hacer ahora?, ¿me voy a bajar los pantalones hoy o no?, ¿cuánto me voy a tardar en cada trámite?, ¿cuánto tiempo voy a perder para entrar a ver a mi papá?”

    DO: ¿Hay muchos abusos?

    HC: Sí, es normal.

    DO: Yo creo que no es normal.

    HC: Digo que es normal ahí adentro. Cada vez que vas, sabes que va a haber algo nuevo. Yo desde que tengo memoria pasa eso. Es como el Big Brother, las reglas cambian siempre: hoy te bajas el pantalón, a lo mejor mañana no, a lo mejor la semana que entra te levantan el prepucio. Son muchas cosas, nunca hay algo fijo, entonces tienes que ir con la mente abierta.

    DO: Eso no es normal. Sobre todo con un gobierno que sale todos los días a hablar sobre la ley.

    HC: También es más curioso que tantas cosas que hemos hecho para denunciar eso y nadie nos escucha, nadie nos contesta. No nos dicen si es verdad o mentira lo que denunciamos, nadie.

    DO: ¿Qué sientes cuando los medios y la gente se refieren a tu papá como capo?

    HC: No, nada. Lo único que sí me causa, lo que a veces sí se me hace chistoso, es cuando lo llaman “padrino”, ¿no? Yo siempre lo he visto como mi papá, no lo veo como otra cosa.

    DO: La palabra capo no te causa conflicto.

    HC: No. Será que la he escuchado demasiadas veces y ya no me incomoda.

    DO: En Sinaloa, los periódicos se leen de atrás para adelante; por donde está la sangre se empieza. En estos días, ¿cómo recomendarías leer el periódico?

    HC: Ser muy neutrales; ver las cosas que ocurren, que realmente ocurren en la ciudad, y compararlas con lo que dice el gobierno. Ver los escenarios, sobre todo de seguridad, y sacar uno su propio juicio. Tomar en cuenta todo lo que ocurre para votar de una manera diferente. No creer en las promesas de los candidatos que uno no conoce y esas cosas.

    DO: El sinaloense tiene el estigma de que está metido en el negocio de la droga. ¿Tú qué piensas de esa cultura de Sinaloa relacionada con la siembra de enervantes?

    HC: No sé, la gente de Sinaloa a veces es muy violenta. Yo siento que les gusta mucho la sangre, a pesar de que hay gente que no está en el negocio de las drogas y eso. Ocurre un asesinato, me pones a mí cerca de un asesinato y yo me alejo. A mí me parece desagradable, me da miedo, repulsión; pero hay gente que se acerca, incluso sacan fotos con sus celulares. Lamentablemente hemos estado expuestos a muchísima violencia, y parece que ésta es cada vez peor. Se cortan cabezas, miembros y se hacen muchas cosas horribles que antes no se hacían. Ahora la gente ya no se asombra, les parece muy normal, y eso es lo más grave de todo: la gente ha perdido la capacidad de asombro.

    DO: ¿Por qué crees que antes no había tanta violencia como la de hoy?

    HC: No sé. Quizá había más respeto por la vida. Quizá había valores que se hacían respetar. De repente empezaron a matar gente. Y ya no nada más la mataban, hasta le disparaban en la cabeza. Ahí empezaron a cambiar muchas cosas. Quizá. No sé, yo vería también que hay mucha pobreza, desempleo, y esas condiciones han generado la violencia y han hecho que sobre todo los sinaloenses busquen formas alternativas para encontrar la felicidad y el dinero para mantener a las familias. Yo culpo más que nada a la delincuencia en su origen: la pobreza y el desempleo.

    DO: ¿Cómo es tu relación cotidiana con los demás?

    HC: Normal, sólo que a veces tomo mis medidas para protegerme y proteger a otras personas. Por ejemplo, un candidato político me agregó a Facebook. Se veía como un tipo muy normal, muy bien, daba buena espina, pero no lo acepté. Me intentó añadir de nuevo. Le pregunté que si me conocía y me dijo que no, entonces le comenté que no era muy buena idea añadir a este desconocido, dadas sus aspiraciones y el que muchas veces en política buscan cualquier cosa para manchar a una persona.

    Le aconsejé eso, que debería fijarse más en quién añade por lo que pueda hacer la gente que quiera dañarlo, porque pueden utilizarlo como un elemento en su contra. Le di ese consejo y lo borré. Me volvió a mandar mensajes insistiendo, pero ya no tenía objeto, yo no quería tampoco exponerme mucho, y ahí quedó.

    DO: Algo parecido a eso te sucedió con Andrés Manuel López Obrador.

    HC: Sí. Hace poco me encontré al Peje en un aeropuerto. No necesariamente simpatizo con partidos, ni con ningún movimiento, pero es un personaje. Yo lo he visto mucho en la tele, prensa, etcétera.

    DO: ¿Te atrae?

    HC: Sí. Se me hizo de lejos un tipo muy carismático, muy sencillo y humilde, y pues la verdad se me antojó acercarme y a lo mejor saludarlo, pero pensé: “No, esta persona tiene muchos enemigos, y si alguien le toma una foto conmigo y lo quieren dañar, va a ser un camino para lastimarlo”. Me quedé con las ganas de saludarlo. Sí me hubiera gustado tener el acercamiento, pero no, lo pensé mejor.

    DO: ¿Por qué?

    HC: Por los mismos estigmas. Si hay alguien que lo quiera dañar, va a decir que tiene relaciones con personas que tienen relación con presos.

    DO: Todo el tiempo tienes que traer ese recuerdo de que eres hijo de un capo.

    HC: Sí, casi con todo.

    DO: Me imagino tu impulso detenido ante López Obrador.

    HC: Fue una cosa muy rara. Es un personaje que ves en la tele y que dice algunas cosas con las que estás de acuerdo. Te atrae buscarlo para decirle: “Fíjese, me gusta esto, me gusta lo otro”. Quizá lo hubiera hecho también con otro personaje, pero fue el que se me puso ahí enfrente. Vi que lo estaba abordando la prensa. Luego se alejaron de él y hubo un momento en que quedó solo. Iba caminando con una señora que venía con él. Me iba a acercar, pero dije “No”. Me arrepentí, y ya que iba más lejos, dije “No, chin, sí me voy a acercar”. La verdad, lo seguí un rato, pero luego dije: “Definitivamente no. ¿Para qué voy a dañar a esta persona?”

    DO: ¿A ti te interesó la política?

    HC: Sí, pero obviamente, a como son las cosas aquí, mi carrera no hubiera llegado a ningún lugar. A la sociedad no le hubiera agradado un candidato que tuviera a un familiar recluido, y sobre todo con la fama que nos han creado.

    DO: Se hereda todo…

    HC: Sí, me dirían “narcopolítico”, y eso no me resultó tan atractivo.

    DO: ¿Hipocresía?

    HC: Cuando generas beneficios, te adoran. Cuando estás en desgracia, no. “Fuchi”. Esto es normal en todo.

    DO: ¿Qué piensas de la legalización de las drogas?

    HC: No estoy muy documentado sobre cómo funcionaría. Empezando por regular la mariguana quizá se podrían ver algunos datos. Si el gobierno tuviera la producción, esto limitaría el consumo a cantidades; se delimitarían los lugares donde se pudiera consumir y establecerían límites. Quizás funcionaría de cierta manera, pero no nos olvidemos de que la mariguana no es la única droga. Y también, ¿cuál es el mercado de la mariguana, el sector que la consume? Hay otras drogas que son más populares: la cocaína, o ahora que están las sintéticas, las pastillas y todo eso. Quién sabe qué tanto funcionaría. A lo mejor algunos productores de mariguana se quedarían sin empleo, pero recordemos que no nada más se produce mariguana. ¿Cuánta solución sería la regulación de esta droga? Habría que preguntarles a personas que estén más documentadas. La verdad sería poco prudente dar una opinión completa.

    DO: ¿Te gustan los narcocorridos?

    HC: No, nunca he sido de corridos ni de música norteña, la verdad. Se escuchará raro, tonto, pero crecí viendo MTV y VH1. Veo los videos de corridos y me parecen ridículos, y las canciones también. Pintan personajes que ni siquiera existen. Yo ahorita puedo pagar para que me hagan un corrido de que soy muy bueno jugando golf o cricket o algo así, pero pues no es cierto, no sé jugar golf ni cricket.

    DO: ¿Por qué crees que hacen eso?

    HC: Vanidad. Es lo más probable.

    DO: ¿Por qué crees que los sinaloenses son la referencia del negocio de la droga? ¿Por qué Sinaloa?, ¿por qué no Guanajuato o Colima?

    HC: No sabría decirte. Quizá las condiciones socioeconómicas tienen que ver. También el que se dé muy bien la agricultura en el estado podría ser un factor para que se dé la siembra de drogas, no sé. La verdad no podría dar una opinión.

    DO: ¿Cómo describirías al sinaloense de hoy?

    HC: Amigable. Todos son amigables en general, pero no podría dar una sola descripción, porque todos los sinaloenses son distintos.

    DO: Los “sinalocos”, dicen algunos.

    HC: Pero todos somos diferentes. No creo que sea correcto estereotipar, ni decir “todos los sinaloenses son así”. Todos somos diferentes.

    DO: Tú no te involucraste en el negocio, pero otros hijos de capos sí. ¿Los comprendes?

    HC: Yo la verdad a veces siento feo porque los detienen muy jóvenes y digo: “No, les falta mucho, les faltaba mucho que hacer”. También pienso que cómo es posible que sus papás los hayan dejado meterse en el negocio. Si ganaban bien y tenían todo, ¿por qué los dejaron echar a perder sus vidas?

    DO: ¿Cómo llevas tu vida con la autoridad?

    HC: Hay que estar siempre en regla. Sacar carta de no antecedentes penales muy seguido, licencia de conducir siempre vigente, revisar el carro, que no le falle ninguna luz, respetar los límites de velocidad, los semáforos, ser extremadamente amable, el doble o triple de amable de lo que debe ser una persona normal, evitar las groserías y cualquier cosa que pueda provocar una reacción negativa o una represión por parte de las autoridades; no darles motivos, porque uno siempre está bajo una lupa. Ahorita, si me detienen, no sé, bajo el efecto de bebidas embriagantes, no van a decir que detuvieron a equis persona ebria. Van a decir que detuvieron a un hijo de un capo que andaba ebrio, conduciendo irresponsablemente bla bla bla. Entonces no, hay que alejarse de los problemas, evitar todo lo negativo.

    DO: ¿Cómo sobrellevas esta vida solitaria?

    HC: Uno anda normal.

    DO: Me refiero a tu vida emocional.

    HC: Te acostumbras desde chico. La verdad uno hace las cosas, sin… te salen sin que las pienses; entonces no buscas problemas.

    Si ahorita un mesero te sirvió mal, te trajo un refresco que no era, si te lo puedes tomar, tómatelo, no hagas lío; si la comida está salada, cómetela y ya no vuelvas. Nada que pueda dar de qué hablar, no que haces un escándalo en un restaurante, nada. Y también cuidar mucho con quién nos juntamos. Si invitas a alguien a comer y le sirven mal y te hace un escándalo, atrae las miradas hacia tu mesa, hacia donde estás tú. Alguien te puede ubicar y decir: “Vi al hijo de fulanito y tenía un escándalo con unos vagos”, o cosas así. Entonces lo vas haciendo inconscientemente, el cuidarte te sale natural.

    DO: ¿Has juzgado a tu papá por su vida como capo?

    HC: Supongo que en su momento él tuvo sus razones para tomar el camino que tomó. Como todo padre, supongo que buscaba mejores cosas para darnos, para que viviéramos mejor. Él tomó un camino, no sé si fue el correcto o el equivocado, pero lo tomó. Fue su decisión, tuvo sus razones y si hizo algo malo la ley le aplica castigo.

    DO: ¿De qué platicas con él en la cárcel?, ¿le cuentas tus problemas, tus cosas del día?

    HC: No. Si tienes problemas, no se los cuentas. Llegas diciendo: “N’ombre, maravilloso todo afuera. ¿Cómo va tu vida?, ¿algún problema? No, no, nada; todo bien. ¿Batallaste para entrar? N’ombre, eran unos amores”. ¿Por qué? Porque si le dices: “Me revisaron, me tocaron el pene”, pues lo vas a tensar y él no puede hacer nada, y con el encierro puede influir en algún comportamiento negativo, llegar a hacer que lo castiguen o algo, o tensarlo, entonces no está bien. Todo lo negativo de afuera lo eliminamos y tratamos de entrar con la mejor cara para no darle más problemas de los que tiene.

    DO: ¿De qué platicas?

    HC: Temas familiares o generales sobre cosas que ocurren afuera. Muchas veces me pregunta de computadoras o de amigos que están afuera y que yo tengo la manera de verlos; cosas familiares, negocios, todo, cosas generales, pero nunca problemas ni nada, a menos que sean muy graves y él tenga la manera de aconsejarnos.

    DO: ¿A quién quieres más: a tu papá o a tu mamá?

    HC: A los dos. Cada uno representa algo. Los dos tienen lo suyo.

    DO: ¿Tu papá qué representa?

    HC: Autoridad, la figura paterna, el apoyo, el maestro, el mentor o a quien puedo preguntarle cualquier cosa de cualquier tema; mi mamá el amor, cariño, el apoyo, su presencia, todo. Los dos juegan un papel importante, y a los dos por igual los quiero. Ojalá que no me pase, pero el día que los pierda, me va a llevar la fregada con los dos.

    DO: ¿Qué le regalas a tu papá cuando cumple años?

    HC: Tarjetas es lo único que se le puede regalar, aunque, bueno, tarjetas ya casi no dejan entrar. Cuando vienen muy elaboradas ya no. Si son de tres hojas o de hojas muy gruesas o que tengan algo corrugado, pues ya no entran. Entonces tratas de encontrar la más sencilla, con un dibujo o algo que aplique a la ocasión por la que se le da. O cartas, cartas escritas.

    DO: ¿Cuál es el día en que lo has visto más feliz estando en la cárcel?

    HC: El día que se casó mi hermano mayor. Nos tocó visitarlo y entramos desvelados. Estaba muy contento. Me imagino que también triste por no haber podido estar ahí, pero ese día se veía muy contento.

    * Fragmento del libro El cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco (Grijalbo, 2009)

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