jueves, 21 de mayo de 2015

Mi Narcoamor Una historia de amor, peligro, dolor y narcotráfico....CAPITULO 11

  • jueves, 21 de mayo de 2015
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    CAPITULO 11
    Autor: Buchonahermosa/Julieta M.
    Esta historia fue publicada originalmente en wattpad
    Sigue en Twitter a la autora de esta historia Julieta M. @JulietaMd9
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    La cabeza me está matando, me da vueltas. Ya sé que siempre digo eso pero para mí es la peor sensación. Anoche vomité al lado de mi cama y ni siquiera me di cuenta. Estas juntas despertaron mi interés por beber de más... Que fin de semana he tenido! No sé por dónde empezar a contar todo lo que ha pasado sin salirme mucho del orden qué llevamos, pero ya veré la forma, ya basta de espacios libres qué no llevan la historia a ningún lado.

    En fin, sobre el resto de ese fin de semana en Culiacan (sí, cómo la canción) puuuuuues, puedo contarles qué comencé a darme cuenta de qué había algo muy extraño con mi sinaloense amigo (sí, «amigo» muy para pesar mío). Esa mañana Silvia se tuvo que regresar a Monterrey, porque según ella quería estudiar para un examen (para el que yo no estudié bythe way)\ Ese día me levanté como a la una nada más para bañarme y arreglarme para el bautizo. Mario me dijo que me pusiera muy guapa y pues a mi modo, pero me colgué hasta el molcajete.

    Nuevamente nos fuimos acompañados de toda la orda de machos con finta de matón y sus plebes, (cómo dirían acá) y nos apresuramos al lugar: un rancho enooooorme y muy bonito. Llegamos cuando ya casi se acababa la misa; Mario me presentó a muchos amigos suyos, y hasta a su tío el papá de Gastón terminé conociendo.
    Un padrecito muy importante fue el qué le echó el agua al niño -No cabe duda que con dinero baila el perro- pensé... La banda sonaba y sonaba, y hasta echaron centenarios en el bolo! Mucha comida, mucho que tomar, todo hasta aquí iba normal... Hasta qué en mi racionalismo limitado ya por mis muchos whiskies, me pregunté a mi misma ¿Y porqué tanta pistola?

    Yo no sabía mucho de tipos y calibres, pero sí tienes dos dedos de frente notarás qué no es normal tanta seguridad a plena luz del día. Que si te proteges tanto de algo, es porqué esperas que ese algo llegue, y para que eso llegue debe haber un motivo. Pero yo me quedé calladita y dónde Mario me dijo, no me dejaba ni ir al baño sola el canijo.

    Más tarde ese día, me di cuenta de qué no puedes esconder lo obvio, ni tapar el sol con un dedo; no puedes esconder montones de marihuana, ni extensas rayas de polvo blanco sobre una mesa, no puedes esconder a tus amigos aspirándolo, no puedes esconder a tu primo apuntándole a un vato en la cabeza y todo el lío que esto provoca. Me asusté. -Sabrá Dios qué otras fregaderas descubra si me quedo aquí- y me hubiera vuelto en cólera hacia Mario pidiéndole una explicación si no hubiera visto que el también formaba parte de la escena.

    Me seguí asustando. Y me asusté aun más cuándo me di cuenta de qué la gente del otro vato, ya también había sacado pistola y lo estaban apuntando.Todo se quedó en eso y tras que mediadores entraron en escena, la cosa se calmó; ya ni supe porqué fue el problema.

    No sabía si alegrarme porqué Mario estaba bien o enojarme porqué no entendía nada, pero en cuánto el rollo se acabó Mario me tomó fuerte de la mano y me llevo a la camioneta. No creo poder olvidar la expresión de su cara cuándo me miró...

    No hablamos todo el camino, preferí no hacerlo. Él, con la vista fija en la carretera y las mejillas rojas, aún conservaba la pistola fajada en el pantalón, y yo, confundida y sobria: del susto hasta lo borracha se me bajó. Esta vez nadie más vino con nosotros.

    Llegamos a casa y ninguno de los dos decía nada. Se bajó de la camioneta y abrió la puerta; tomó mi mano y le dió un beso; desabrochó las correas de mis zapatos, me los quitó y me cargó hasta la habitación; entonces me abrazó muy fuerte y así, sin decir nada, hicimos el amor desesperadamente.
    Ahí me di cuenta de qué lo necesitaba para sentirme bien, para estar bien, me complementaba, me daba algo que nadie nunca me había dado realmente: atención. Pero ¿Yo qué le daba a él? No podía darle nada más qué amor, más qué sexo. Y durante el sexo, y después de el, Mario no dejaba de mirarme. No despegaba sus ojos de los míos, y esa expresión inexplicable seguía pegada a su cara. Sigue pegada a su cara...

    No he podido descifrarla aún, pero me quiebra recordarla cuándo siento que lo pierdo. Me dolía y me sigue doliendo no poder conocerlo, no poder descifrarlo, sentir qué se va a ir- cada vez que no me responde el teléfono, y yo no quiero que se vaya.

    Y sin importarme nada más: Quedarte puedes, porqué la vida duele, duele demasiado aquí sin ti...
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