sábado, 21 de noviembre de 2015

Narcotráfico y religión en la Guerra contra el Narco

  • sábado, 21 de noviembre de 2015
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    Por Juan Carlos Reyna/Ilustración por Gabriel Escalante.
    NARCOVIOLENCIA “Fui agente del Ministerio Público mucho antes de terminar la carrera de Derecho. Como era el más morro de la unidad de Homicidios Culposos, todos me traían a pan y verg*.

    Trabajaba 48 horas de corrido por 24 de descanso; el primer día, como era de esperarse, estaba que me cargaba el payaso de puro sueño. Mi Lic, me llamaron los honorables compañeros, Usté no se preocupe por el jale: váyase a dormir y acá le hacemos el paro cuidándole el changarro; Cómo creen, no hay pedo: está cabrón acostumbrarse, pero de que se puede se puede.

    La bola de cabrones me miró de reojo mientras cabeceaba, ni el café me hizo el paro (tan pendejo que era en ese entonces: ni sospechaba la trabadera de quijada que traían éstos). Finalmente las di diciéndoles Ni pedo, me voy a dormir a la camioneta unos minutos. Y me fui. Puse la alarma para que sonara en 30 minutos. Y me dormí. ¡Puta cuando desperté! Grité A la verg*; o no dije nada y nomás grité un grito a lo pendejo, y sentí que me moría.

    Los hijos de la ching@da habían retacado la camioneta de bolsas negras con los cadáveres que había recibido la morgue esa misma noche. Los habían amontonado a mis costados, aún no apestaban. Seguí de gritos y los culeros estos cagándose de risa, viéndome detrás de las ventanas de la oficina. Aguanté vara. Ni pedo.
     Así fue mi primer día de MP. El segundo fui asignado a investigar la aparición de 12 cadáveres en un rancho allá por el rastro, a la salida de la ciudad, en el que también habían encontrado droga. No tenían señas de haberse muerto violentamente. Estaban acomodados alrededor de un niño como de unos tres o cuatro años.

     El niño no estaba muerto, sino dormido. El anciano que cuidaba el rancho, el mismo que llamó a la policía, no se animó a levantarlo de ahí ya que entre los cuerpos y el niño había velas y manchas de sangre. El ruco estaba asustado. Yo también: en las paredes había dibujos como de cabras pero con forma de personas. A pesar de la sangre, te digo que los cadáveres no se veían ni mutilados ni cortados.

    El ruco me dijo que su patrón, un mafiosillo que estaba en la cárcel, le había mandado decir que aquí se iba a construir una iglesia. Entonces empezó a ser frecuentado ciertas noches por esta gente que ahora estaba muerta. ¿Qué tipo de misa celebraban por aquí? Pos sabe, Lic. Al niño lo llevaron al hospital para hacerle sus chequeos.

    Fui a ver cómo estaba antes de que terminaran mis 48 horas, a pesar de que estaba bien pinche cansado. Tardé en agarrar la onda cuando las enfermeras, bien asustadas, me pidieron que llamara a más policías: el morrito había desaparecido. Ni los guardias, ni los doctores, ni las enfermeras habían visto por dónde se había salido o quién se lo había robado. Mi turno terminaba en una rato: ya no era mi asunto. Hablé con mi relevo para que se adelantara. Yo me fui al cantón. Ya no supe qué pedo. Esa noche creo que soñé con el morrito. No recuerdo exactamente qué, pero de que lo soñé, lo soñé.”

    **********************
     Al igual que la relación entre religión y droga en México, que puede rastrearse a los rituales prehispánicos, la relación entre narcotráfico y religión se origina en la psique profunda mexicana. El narco fue durante décadas benefactor de la Iglesia Católica. El sentimiento de culpa arraigado en generaciones delincuenciales del pasado, aunado a la otrora hegemonía autoritaria del Dios-Padre cristiano, permitió que el narco aprendiera a resolver su posición ante la divinidad de manera sencilla: aseguró con diezmos millonarios su entrada al paraíso. De la rebelión al sometimiento divino, del mensaje de amor al mensaje de muerte, el narco se supo comprar el perdón de Dios a través de la limosna.

            Sin embargo, el escenario actual es otro. La cosmovisión y el escenario político se han resquebrajado. También el crimen organizado ha sufrido el desmoronamiento de sus jerarquías hegemónicas: las organizaciones familiares, así como la arquitectura vertical de las estructuras delincuenciales tradicionales (cárteles, alianzas) han sido sustituidas por estructuras rizomáticas, esto significa que no hay uno, sino muchos centros de poder al interior de organizaciones cada vez más virales, los cuales frecuentemente pugnan entre sí. Esto está en perfecta concordancia con el hundimiento y fracaso de los antiguos paradigmas políticos (presidencialismo, dedazos, compradazgos) que antes gestionaban simbólicamente los modos de operar del narco.

            Esta orfandad ha vuelto inoperante a la Iglesia Católica ante el crimen organizado contemporáneo (de ahí que las altas jerarquías eclesiásticas hayan comenzado a condenar ejecuciones y secuestros). La necesidad de omnipotencia, aún presente en el delirio de buena parte de los miembros de la mafia, exige recuperar los arcaicos poderes de la afectividad profunda: el mundo espiritual, lo inexplicable, lo desconocido.

            De ahí que entre los eslabones más bajos del crimen organizado sean frecuentes los rituales demoniacos o la adoración a la Santa Muerte. El sicario se entrega a una pérdida de individualidad para insertarse en un todo que lo supera. Es el demonio oscuro el que jala la sierra detrás del decapitado. El sicario mata y a la vez se lanza sin condiciones a la muerte pues, al entregarse a su fe ya está “del otro lado”.

            Es este apego a la religiosidad la que ha vuelto más cruentas las ejecuciones. Hay algo de Guerra Santa en la Guerra contra el Narco. La espiral de violencia que aparentemente atenta contra la moral judeocristiana es, en el fondo, una reiteración de las formas en que la carne es sacrificada por una causa mayor, cual crucificado. Pero no es la religiosidad moderna, politizada y empeñada en adaptarse al conocimiento científico, sino la concepción teísta más primaria la que alimenta el imago general mexicano; uno en el que aún late simultáneamente lo mágico y lo moderno.
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