viernes, 17 de abril de 2015

Pactos con el diablo: la historia de un ex jefe del poderoso Cártel de Medellín e informante de la DEA PAGINA 2

  • viernes, 17 de abril de 2015
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    ...Toro y su familia volvieron a Tamarac. Una mañana, algunos meses después, el cártel descubrió su paradero. En un aparcamiento a algunos kilómetros de su casa, la policía descubrió en el maletero de un coche el cuerpo de una joven, una pequeña traficante a la que Toro había tratado. La habían apuñalado más de 15 veces y le habían cortado la cabeza. Toro cree que aquel asesinato fue obra de un sicario del cártel y que la habían dejado cerca de su casa para incriminarle.

    La policía arrestó a Toro por el asesinato, pero se desestimaron los cargos ya que no contaban con verdaderas pruebas que lo relacionaran con la muerte de la joven. Sin embargo, durante las 12 horas que duró el interrogatorio Toro dejó entrever que había ayudado al cártel de Medellín a comprar combustible para sus aviones. Aquello le dio al fiscal del distrito una acusación a la que ceñirse: conspiración para el tráfico de cocaína. Si lo condenaban, Toro se enfrentaría a una sentencia de cárcel por un mínimo de 15 años.

    Convencer a un jurado de su inocencia parecía más que una quimera, de hecho, Toro había formado parte de una enorme empresa criminal. Además no ayudaba que la violencia producto de las drogas estuviese sacudiendo Florida por lo que eran muchas las personas que sospechaban de los colombianos. Un colombiano inocente apenas tenía oportunidades ante un jurado de Florida por entonces; así que uno culpable con confesiones grabadas tenía aún menos.

    El abogado de Toro le propuso una alternativa: que se convirtiese en informante para la DEA. Si le proporcionaba ayuda a la agencia durante un plazo de 90 días podría oponerse al cargo por conspiración y seguir siendo un hombre libre, con su expediente delictivo cerrado.

    En caso de que la cabeza de Toro aún no tuviese precio, sabía que no tardarían en ponérselo en cuanto comenzase a colaborar con los federales. Pero 15 años en la cárcel habrían significado perder a su familia, incluidos a sus dos hijos.

    Además, tampoco le disgustaba la idea de llegar a un acuerdo pues de ese modo podría vengarse de sus antiguos compañeros del cártel que le habían dado la espalda.

    La primera tarea de Toro fue la de identificar los bienes del cártel: números de cuenta, almacenes de droga, residencias, bancos y otras propiedades que hubiesen utilizado para los operativos de narcotráfico. Su contacto era Michael McManus, un agente especial de la DEA, joven y ambicioso curtido en la guerra contra el narcotráfico que por entonces asolaba Florida.

    Toro fue de gran ayuda, y cuando finalizaron los tres meses de servicio podría haber dejado la DEA sin más, lo cual, visto en perspectiva, debería de haber hecho. Sin embargo tomó una decisión que le condicionaría el resto de su vida.

    “En mi fuero interno pensaba que cuando más colaborase con la DEA, más apreciaría el gobierno mi labor y que así podría reestablecer mi vida como un ciudadano normal”, cuenta Toro, que se toma un respiro después de recorrer sin parar toda la habitación del hotel y se sienta en una cama frente a mí. “Sé que lo hice mal y me vi en la necesidad de remendar mis errores, y así es como me siento aún hoy día”.

    Toro llegó a un acuerdo con la DEA para ampliar sus funciones y se entregó al trabajo de una forma casi obsesiva. El trabajar encubierto le proporcionaba muchas de las cosas que le llevaron a unirse al cártel: subidones de adrenalina, un lujoso estilo de vida y un sentimiento de importancia.

    “Es divertido ser un camello con permiso: ser un narcotraficante dentro de la legalidad. Salgo de mi humilde apartamento en Miami para al día siguiente ir a dormir a la suite presidencial de un Hyatt en París, y luego voy a alquilar un coche que sale a 800 dólares el día para moverme por París, y por reloj tengo un Rolex de 5.000 dólares”.

    Durante los siguientes años, Toro contribuyó en las investigaciones que llevarían al arresto y extradición de Lehder en 1987 y de Triana en 1988, así como un buen número de otros miembros del cártel y sus aliados en los Estados Unidos, el Caribe y Sudamérica. Los rumores que relacionaban a Toro con la operación llegaron hasta Colombia donde se convirtió en un paria en su país de nacimiento y sus familiares recibieron amenazas de muerte.

    Toro, Mariana y sus hijos se pasaron casi dos años en el Programa de Protección de Testigos, viviendo en Estados Unidos bajo identidades falsas, mudándose de ciudad a ciudad para evitar que los localizasen. Cansados del trastorno que aquello les provocaba, Toro y su familia abandonaron voluntariamente el programa en 1988 en contra del consejo de sus supervisores.

    Cuando no se hallaba persiguiendo casos, Toro se dedicaba a realizar los trabajos más variopintos para complementar el sueldo que recibía su esposa como asistenta de medicina. A lo largo de aquellos años analizó correos para el servicio postal estadounidense, vendió electrodomésticos en Sears, gestionó créditos y colecciones para Microsoft, trabajó de reponedor en Ford y realizó servicios de traducción para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

    Sin embargo, los chollos con la DEA, que apenas le daban para vivir, siempre se sobreponían a sus otras obligaciones y su familia sufría como resultado.

    “Financieramente la inestabilidad definió nuestras vidas” le contó el hijo de Toro, ahora de 30 años de edad, al Huffington Post. Mariana dijo que la DEA sabía que tenía el control sobre su marido y no dudaba en sacar partido de ello. “Carlos hubiera podido encontrar un trabajo y entrar en la dinámica de un trabajador normal, pero entonces era cuando aparecía la DEA ofreciéndole esas cosas que a él le gustan por naturaleza. En mi opinión le gusta esa adrenalina, esa dualidad que le complementa su yo interno. Él no quiere eso de trabajar de 9 a 5 y llevar una vida aburrida y mundana, eso no va con él. Muchas veces aceptaba encargos por ese motivo, porque se aburría”.

    ***
    En 2006 aquellos brotes de adrenalina comenzaron a menguar. Toro tenía 56 años y se había pasado las últimas dos décadas al servicio de la DEA. Con miras a una jubilación consiguió un trabajo en Costa Rica como gerente de negocios y colecciones con Hewlett Packard adonde se fue con Mariana. Consideró el contrato de dos años y medio como la posibilidad de apartarse por fin de la DEA y poner punto y final a sus problemas financieros.

    Sin embargo, menos de un año después Toro tuvo que volar hasta Chicago para asistir a una conferencia de trabajo. Cuando estaba cruzando el control de pasaportes del Aeropuerto Internacional O’Hare, la seguridad del aeropuerto lo detuvo y lo llevó a una habitación para pasarle una segunda inspección. Con la aprobación de la Ley Patriot, todo miembro perteneciente a un cártel de la droga es considerado terrorista. Habían descubierto el historial delictivo de Toro, al que declararon inadmisible: no se le permitía volver jamás al país.

    “El agente me ofreció dos posibilidades. O te largas del país por tu propio pie y vuelves al país del que vienes, Costa Rica (pagándote tú el billete) o tendremos que detenerte y pasarás por todo el proceso de deportación hasta que al final te enviemos a Colombia. Sabía que si me iba a Colombia sería hombre muerto”.

    Consternado, Toro regresó a Costa Rica. Cuando en 2009 expiró el contrato que lo unía a Hewlett Packard, le dieron 30 días para abandonar el país. Ahora era un hombre sin hogar. Toro no se podía creer que le impidiesen la entrada a Estados Unidos; una nación en la que había vivido y a la que había servido durante tanto tiempo.

    Finalmente, la DEA le ofreció una salida y le pidió que recopilase información contra una red de narcotráfico en Sudamérica. Toro desempolvó su segunda identidad de narcotraficante y se mudó a una nueva base en Perú.

    “Pensé, si vuelvo a la DEA todo se solucionará. Pronto podré volver a los Estados Unidos. Me pareció tan sencillo que tras haber trabajado durante algunos meses di por hecho que revocarían mi inadmisibilidad o que al menos harían una excepción, porque no tenía sentido que no me admitieran en un país para el que trabajaba”.

    Sólo se sintió seguro cuando uno de los objetivos de Toro lo convocó a una importante reunión en los Estados Unidos, obligando a la DEA a adoptar una resolución. En 2010 Toro volvió al país por primera vez en casi cuatro años gracias a un formulario I-512 que le concedía legalidad durante un año, siempre y cuando siguiese cumpliendo con los mandatos del gobierno federal. (Toro le enseñó al Huffington Post una copia de su formulario I-512 más reciente) y regresó con su esposa para poder estar más cerca de su hijo y nieto.

    Ahora, el control de la DEA sobre Toro era total. Cada tres meses, el Departamento de Seguridad Nacional realizaba una auditoría para asegurarse de que este trabajaba en alguna investigación y la DEA evaluaba anualmente su productividad antes de darle el permiso otro año más. Si la agencia determinaba que ya no les era de valor, revocaría su estado de inmigración y lo deportarían a Colombia.

    ***
    Este tipo de explotación es una práctica común dentro de la DEA y otras agencias de seguridad, según confirman antiguos agentes y expertos en justicia penal. Resulta muy fácil sacarle partido al estado inmigratorio. Natapoff, la profesora de derecho en Loyola, dice que “El partido que los gobiernos le sacan al estado inmigratorio es enorme, por lo que en los últimos años hemos sido testigo de historias que salen a la luz del gobierno utilizando esa ventaja de modos que dejan a los informantes muy mal parados”.

    Levine, el antiguo agente infiltrado de la DEA dijo que era muy común que un informante como Toro sintiese que había sido maltratado por el proceso, a veces con razón y otras sin ella. Pero también dice que Toro fue un ingenuo al pensar que por mucho que trabajase y por mucha dedicación que pusiese en ello iba a recibir un tratamiento especial. “Cuando te atrapan en este mundo estás solo. La regla es que no hay reglas, es un mundo ingrato, olvidadizo y egoísta”.

    En marzo de 2014, Toro recibió una llamada que le abrió los ojos. Contaba por entonces con 64 años, y un oncólogo de Miami le dijo que necesitaba pasar por quirófano de inmediato para extraerle un tumor en la próstata del tamaño de una pelota pequeña: una operación que costaba 5.000 dólares. Toro no tenía ahorros, no ganaba dinero ni tampoco contaba con un seguro médico. “Se lo dije a la DEA y me dijeron ‘lo siento, no podemos ayudarte’. Me estaba muriendo y no les importaba”, cuenta Toro. Incluso afirma que un contacto de la DEA llegó a decirle “deja de lloriquear”.

    Toro acudió a McManus, el hombre que lo introdujo en la DEA hacía 30 años. Impulsado en parte por el éxito de los casos en los que había trabajado con Toro, McManus fue escalando posiciones dentro de la agencia hasta convertirse finalmente en el jefe de operaciones en México y América Central antes de jubilarse en 2004. En el que fue uno de los mayores éxitos de su carrera, le echó el guante a George Jung, el narcotraficante retratado por Johnny Deep en 2001, en la película“Blow”. Hoy en día es un aclamado conferenciante y portavoz no oficial de la DEA.

    Cuando Toro llegó hasta él, McManus le prestó los 5.000 dólares. McManus se negó a hacer comentarios al respecto.

    ***
    Hoy, Toro vive con su esposa en un pequeño apartamento de una sola habitación. Mariana es la que aporta dinero gracias al modesto sueldo que recibe como administradora en una empresa de suministros médicos. Al no tener el estatus legal, Toro no puede acceder a un empleo ni al seguro médico. No tiene pensión ni forma de contribuir a la renta. Cuando caduque su permiso de conducir no podrá renovarlo legalmente.

    “Mucha gente escaló posiciones gracias al trabajo de mi marido. ¿Qué sacó Carlos de ello? ¿Qué sacó mi familia de todo aquello?”, pregunta Mariana. En 2010, el gobierno estadounidense le dio a Toro una “recompensa por los servicios prestados” y un cheque por valor de 80.000 dólares (a razón de 3.000 por cada año de servicio). Se trató de la única cantidad considerable que consiguió por haber sido informante. Pero lo que Toro anhela realmente es una resolución permanente a su problema inmigratorio y ponerle punto final a sus días en la DEA.

    Con el apoyo del gobierno, Toro podría acceder a un visado a una tarjeta de residencia permanente, lo que le permitiría solicitar atención médica y jubilarse en los Estados Unidos con los beneficios de la Seguridad Social que se ha ganado a pulso a lo largo de estos años trabajando como civil.

    En efecto, tan solo le pide a la DEA que haga lo correcto. Pero aunque Toro asegura que fueron muchos los agentes que cuidaron de él durante este tiempo, Natapoff dice que por lo general las relaciones entre la DEA y sus informantes no se basan en principios de equidad. “El mundo de los informantes se basa en una ética difusa, la tolerancia de la hipocresía, el trato desigual y a menudo la coacción. Es un mundo complicado como para pedirle a la gente que haga lo correcto”, dice.

    Toro dijo que la DEA le avisó hace poco sobre los peligros de hablar en público sobre su historia y le pidió a la agencia que le proporcionasen un visado. Pero el proceso podría tardar años y todavía lo requerirán para trabajar como informante.

    Con su edad y una salud en continuo empeoramiento, dijo que no podía seguir esperando indefinidamente ni seguir corriendo por el mundo detrás de los tipos malos. Tan solo quiere cerrar el pacto con el diablo que acordó con la DEA hace tres décadas.

    “Sé que me equivoqué profundamente al colaborar con el cártel. No creo que me merezca una medalla ni que deban recompensarme con dinero… pero sí creo que debería ser reconocido como ser humano que cometió un error tremendo y que lo compensó una y otra, y otra vez”.
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