sábado, 25 de abril de 2015

¿Qué tan mitológicos son los narcos? La fama de la infamia

  • sábado, 25 de abril de 2015
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    Por Carlos Monsiváis
    NARCOVIOLENCIA-La escena es tan cinematográfica que a lo mejor los participantes más ilustrados mientras la viven ya la trasladen a la pantalla. “Si la hacen en Hollywood me gustaría que mi papel se lo dieran a Harvey Keitel… No, mejor a Brad Pitt. Mi novia dice que de muy lejos me parezco un poco”.

    El escenario es inmejorable. 14 de enero de 1996, en el municipio de Villa de Juárez, Nuevo León, se detiene al narcotraficante Juan García Ábrego en una de sus cien propiedades urbanas y rústicas en el estado. Según la Procuraduría General de la República, García Ábrego intenta darse a la fuga “saltando bardas de inmuebles contiguos”. (Según otras versiones, reacias al tratamiento fílmico, la detención es muy pacífica.) ¡Qué escena! Con agilidad inesperada, García Ábrego moviliza sus más de 90 kilos y, aterrado ante el fin de su imperio, huye sin el tiempo suficiente para desquitarse del judicial que lo traicionó. (Lástima que ni la edad ni el físico coincidan, pero el actor perfecto para semejante antihéroe es el Richard Widmark, de Pick Up in South Street y Night and the City, con la angustia del universo concentrada en el semblante desencajado que se recompone a carcajadas.)

    Luego, la tensión del público amengua, y al convulso García Ábrego se le atiende médicamente y se le envía a la Ciudad de México. Corte. Se juzga “inconveniente” la permanencia del capo en el país. Corte. Salida al aeropuerto en medio del despliegue febril de seguridad. (¡Qué oportunidad para la música tremendista y el montaje frenético!) García Ábrego resiste, grita, lanza puntapiés mientras ocho agentes lo suben por la escalerilla del avión que lo depositará en los brazos del FBI. (Se sugiere como agentes a Gene Hackman y John Goodman.)

    García Ábrego tiene 51 años, un “guardadito” calculado en miles de millones de dólares, dos millones de dólares ofrecidos por su captura en Estados Unidos, un sitio de honor en la lista de Los Diez Más Buscados y la fama de ser uno de los dirigentes empresariales “marginales” de México (el otro es Amado Carrillo, el del alias maravilloso, el Señor de los Cielos, por su flotilla de aviones).

    Curiosa la leyenda en vida de García Ábrego, sin rostro conocido ni anécdotas divulgables, y nada más con la certidumbre de su poderío. A diferencia del colombiano Pablo Escobar Gaviria, y muy previsiblemente, García Ábrego no tendrá biógrafos, y cuando le llegue la oportunidad de morirse, no habrá cerca de su tumba la parvada de niños que le informen a los reporteros de televisión lo bueno que fue el muerto con esos barrios.

    Tampoco a sus compañeros del Olimpo penitenciario les han tocado las biografías, ya usuales para sus correspondientes en Colombia. No hay todavía quien de modo rápido y estremecido refiera las incursiones y excursiones de Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca “Don Neto”, Miguel Félix Gallardo, José Luis “el Güero” Palma, “el Chapo” Guzmán, “el Mayo” Zambada. (Al menos los Arellano Félix viven rodeados de numerosas bendiciones eclesiásticas.) Y sin embargo, a pesar de su relativo anonimato o de su leyenda sin imágenes, los capos se adentran en el imaginario colectivo, elementos visibles de una tragedia convertida en alucinación, con lo que la palabra narco evoca: fortunas de la noche a la mañana, políticos y jefes de la Policía Judicial en cuya noción del deber cumplido jamás intervienen la ley, asesinatos que de tan frecuentes diluyen las reacciones morales de la sociedad, encrucijadas existenciales donde el narcotraficante acepta los riesgos inmensos con tal de ampliar de modo extraordinario las emociones del poder. (Vida abreviada a cambio de cinco existencias en una.)

    En una de sus microbiografías, Leonidas Gómez recobra la trayectoria de Gilberto Ontiveros Lucero, “el Greñas”, de Chihuahua. Su origen es típico: de niño vende paletas y bolea zapatos, de adolescente se va de indocumentado a California, y de allí regresa y se establece como capo en el noreste de Chihuahua, ya con limusina Mercedes Benz y un cerco de guardaespaldas. El 9 de marzo de 1986 es una fecha histórica en la vida del Greñas: en una carrera en el pueblo de San Buenaventura le apuesta un millón de dólares a su caballo Cuarto de Milla en contra del ejemplar de un latifundista de apellido Ortiz. La escena es cinematográfica: en medio de camionetas Grand Marquis, vans y Broncos, y con la pequeña pista desbordante de avionetas, Ontiveros pierde la apuesta y paga en efectivo. Un mes más tarde va a la cárcel, de la que sale dos años después, y a la que regresa gracias a una campaña de “recuperación de prestigio gubernamental”. Desde la cárcel, donde vive con lujo, Ontiveros maneja operaciones gigantescas de droga y es el filántropo del penal. Al final, gracias a una llamada que se intercepta, confiscan una carga de 600 kilos de cocaína colombiana, el director del penal es destituido y al Greñas se le envía a un penal de la Ciudad de México.

    Otros relatos de vida son de un pintoresquismo despiadado. Miguel Félix Gallardo es en su debut guardaespaldas del gobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis, y ayudante de sus hijos; de allí pasa al narcotráfico impulsado por el capo hondureño Ramón Matta Ballesteros y protegido por Sánchez Celis y por otro gobernador de Sinaloa, Antonio Toledo Corro. Convertido en el importador principal de mariguana y la cocaína de Colombia (en un solo vuelo de su grupo, 19 mil libras de mariguana). Félix Gallardo usa los bancos para lavar dinero, se asocia con empresarios y banqueros (entre ellos Arcadio Valenzuela, presidente de la Asociación de la Banca Mexicana) y llega a ser miembro de la Junta Directiva del Banco Mexicano Somex. Es el jefe del Cártel del Pacífico en el momento en que Juan N. Guerra dirige el Cártel del Golfo.

    Gómez O. describe la imagen “pública” de Félix Gallardo: “Con frecuencia emprendía cabalgatas por la Sierra Madre para visitar a sus clientes, los viejos cultivadores de mariguana y amapola. Alternaba con ellos protegido por una fuerte escolta de hombres amados, y poseedor de una memoria prodigiosa siempre preguntaba por los miembros de cada familia, en especial por sus numerosos ahijados… Se mantenía atento a los cumpleaños y celebraciones de sus amigos o de quienes quería acercar, y les enviaba el regalo apropiado: autos, armas exclusivas, dinero o, si era el caso, una caja de fino finísimo o un buen cuadro de un pintor que le gustase al agasajado”.

    Luego de esquivar detenciones y multiplicar compadres, Félix Gallardo es detenido en abril de 1989 en Guadalajara, en una de las cincuenta casas que posee en la ciudad. Ese día, tropas del ejército se adueña de Culiacán y arrestan al director de la Policía Judicial del estado, al comandante de la policía municipal y a cientos de policías estatales y municipales. También cae preso el director de la Campaña contra las Drogas. Si algo le faltó a Félix Gallardo, fueron cómplices.
    *Fragmento de Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México (2009)
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