sábado, 5 de diciembre de 2015

La desgarradora historia de Arnoldo a quien el narco le arrebato a su hija

  • sábado, 5 de diciembre de 2015
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    Esto es uno de los testimonios que hemos recopilado y que forman parte de Los NarcoRelatos un proyecto que recopila las historias que se cuentan a diario en México, son las huellas que a dejado la guerra contra el narcotráfico y que damos testimonio aquí.
    La historia de Arnoldo Juárez consta en la averiguación previa 089/2011 de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Michoacán.
    Por Óscar Balderas
    NARCOVIOLENCIA.-De ti, Arnoldo Juárez, se puede escribir suficiente: que tienes 42 años, michoacano, panadero de oficio, ex jugador de futbol en segunda división, director técnico de un equipo infantil en Uruapan, árbitro ocasional y masajista profesional.

    Pero el dato más importante es que te estás muriendo. A pesar de que gozas de perfecta salud, un cuerpo entero y fuerte, ya no comes, no duermes, no ves a tu familia, cortaste las reuniones con tus amigos y las has sustituido por largas horas solitarias frente a una botella de ron.

    El día que se publique este texto habrán pasado 373 días desde que comenzaste a morir y, según tú, sólo hay dos formas de que termine ese proceso: un día la tristeza te consumirá y dejarás de existir o regresará a casa Joselyn, tu hija de 16 años secuestrada por La Familia Michoacana, y tu volverás a patear un balón y sonreír mientras horneas pan y la televisión de tu local transmite algún partido a todo volumen.
    Pero mientras eso sucede, Arnoldo, te estás muriendo. O mejor dicho: te están matando.

    ***
    Cuentas que a veces pasas hasta tres días sin dormir, enojado contigo mismo o recostado en tu cama con un ojo cerrado y otro abierto con la esperanza de que una madrugada Joselyn llegue a la calle Nicolás Romero de la colonia El Cerrito, abra con su llave el portón 38, suba las escaleras, abra la puerta y anuncie su llegada con su típico “¡Ya llegó tu nena!”

    Lo que te carcome es la culpa, Arnoldo, porque tu crees que eres responsable de la ausencia de la única persona que dices tener en el mundo. Porque tú no tienes esposa, otros hijos, mamá o papá. Eres divorciado, huérfano y tu única hija es Joselyn, quien luego de sus clases en la preparatoria iba a la panadería y con su risa te refrescaba las tardes que pasabas junto a dos grandes hornos que expelían aire caliente.

    Eso era para ti la vida perfecta: fútbol en tu televisor en la panadería, Joselyn riendo a carcajadas y tus buenas ventas. Pero un día de febrero de aquel 2011 -que no quieres recordar- eso se empezó a caer a pedazos.

    Te llegó una “invitación”, como le habían llegado a muchos otros conocidos tuyos. Alguien la deslizó bajo tu puerta. Según tus dichos, la tarjeta en blanco y escrita a mano decía algo así:

    “Ya llegamos a su comercio. Somos La Familia Michoacana y le venimos a cobrar 3 mil pesos mensuales por protección. Si no paga, aténgase a las consecuencias. Somos gente de palabra”.

    ¿Protegerte de quién, Arnoldo? De ellos mismos. Y para garantizar que no quemaran tu negocio, lo apedrearan, te robaran tus hornos o le balearan la fachada, a partir de entonces, los 4 mil 500 pesos que generaba cada 30 días tu panadería, se convirtieron en mil 500 para ti y 3 mil para ellos.

    Un joven de unos 16 años pasaba en su bicicleta cada 30 del mes. Decía que iba por “la renta” y tú tenías que darle todo en efectivo. Escaseó el dinero para la escuela de Joselyn y se terminó por completo para las cervezas para ver el fútbol, para la carne asada y la televisión de paga.

    En abril, cometiste un primer error involuntario: entre la “renta” de 3 mil pesos, diste un billete falso de 200 y te apedrearon el local; en mayo, el segundo error: pediste ayuda a la policía municipal, que –no sabías– está coludida con los criminales, por lo que echaron cuatro balazos y tuviste que cerrar el local para reparar tus exhibidores.

    Eso no le gustó a La Familia Michoacana, Arnoldo, porque pensaron que estabas preparando la huida para poner otro negocio en algún otro estado. Y antes de que pudieras explicarles, la tarde del 11 de junio de 2012, tres hombres armados visitaron la panadería.

    “¿Dónde está el dueño de esta mamada?”, preguntó uno. Levantaste la mano y con la otra empujaste a Joselyn atrás de ti para protegerla, pero fue en vano. “A ver, cabrón, para que no te andes con pendejadas. A ver si con esto aprendes a pagar”, insistió.

    Te apuntaron con una AK-47 o “cuerno de chivo”, mientras tomaban a Joselyn del brazo y la subían a una camioneta X-Trail blanca con ventanillas polarizadas. Trataste de impedirlo, pero de un cachazo te enviaron al piso, aturdido y sin fuerza. Con horror, viste como la subieron a empujones, mientras ella buscaba auxilio en la calle, pero la gente en Uruapan ya sabe que cuando “eso” sucede, es mejor voltear la cara y encerrarse en casa.

    Suplicaste que no le hicieran nada, que te llevaran a ti, que ella es sólo una niña y repetiste su edad varias veces: “¡Tiene 16, tiene 16, carajo!”.

    “Tranquilo, pendejo, no le vamos a hacer nada. La vamos a retener hasta que nos pagues un depósito por la protección de tu pinche local”, te dijo uno. “Pero si armas un desmadre, te juro por Felipe Calderón que te vas a morir”.

    Un minuto más tarde, viste como la camioneta blanca se perdió rumbo a la colonia Carlos Alberto Madrazo.

    ***

    A las 10 de la noche de ese 11 de junio, Arnoldo, te llamó un tipo identificado como “El Comandante Nacho”. Te aseguró que Joselyn estaba viva, pero que eso podía cambiar en las siguiente horas si no pagabas un adelanto por la protección.

    “A nosotros nos vale madres, queremos que pagues. Así que tienes 24 horas para darme 20 mil pesos como pago adelantado de tu ‘renta’. Si no, recoges a tu hija en pedacitos”, te dijeron.

    A esa hora, pese al toque de queda impuesto por el grupo criminal, saliste a la calle. Tocaste puertas, pediste dinero, comprometiste hasta la panadería; apenas amaneció fuiste a empeñar todo, hasta la televisión en la que veías futbol.

    Juntaste, exactamente, 8 mil 300 pesos, más lo que pudiera valer el burro de un vecino tuyo. Con ese dinero en un sobre, esperaste junto al teléfono a que llamaran para dar más indicaciones: un lugar donde dejarlo, una persona a quien buscar, un número al que llamar para que Joselyn volviera lo antes posible.

    Pero, Arnoldo, nadie llamó. El teléfono no volvió a sonar. Por tres días, no te moviste del teléfono, así que tienes la certeza de que ellos nunca se comunicaron contigo.

    Al cuarto día fuiste, otra vez, con la policía municipal y se rieron de ti. Al quinto, encargaste a una vecina estar al pendiente del teléfono y fuiste a la capital, Morelia, para solicitar apoyo a la la Procuraduría General de Justicia del Estado de Michoacán. De nuevo, un portazo en las narices.

    Te tomó un día completo para que un ministerio público integrara la causa penal 089/2011 en la procuraduría de tu estado y diste los 8 mil 300 pesos –en sobornos– para que un grupo de agentes fueran a tu casa para destrabar el secuestro de tu hija lo antes posible.

    Para entonces, ya habías perdido 12 kilos y dejaste de parecer tus 42 años para convertirte en un anciano de 70, que toma medicamentos para el corazón, la presión y la diabetes. Pese a todo, no paraste.

    Pero el expediente no se mueve. Cada vez que cambia un agente del ministerio público, llegan nuevos que no conocen el caso y la esperanza de que Joselyn vuelva se hace más pequeña.

    “Me estoy muriendo. No puedo más, no puedo. No como porque me da culpa saber que ella no está comiendo bien, no veo la televisión porque me da culpa saber que ella no se está divirtiendo.

    “No duermo, ¿cómo puedo dormir, si no sé si ella tiene una cobijita para taparse el frío? Y es mi culpa, es mi culpa, debí pagar y ya, pinche dinero…”, reclamas, Arnoldo.

    Lo peor, dices, es no saber qué le hizo La Familia Michoacana a tu hija; no saber si está viva o  muerta, perdida o retenida, en México o Estados Unidos.

    Lo único que sabes es que este 19 de junio de 2013 se cumplen 373 días de su ausencia y cada día que pasa, te estás muriendo más con la esperanza de encontrarla. De escuchar de nuevo “¡Ya llegó tu nena!”.
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